La neurosis como doctrina funesta que conduce al infierno

Por: Alberto Aranguibel B.

En la esquina de la calle Campo Alegre cruce con la avenida principal de La Trinidad, existe una suerte de “muro de los lamentos antichavistas”, donde el talante guarimbero de los vecinos de esa cuadra se expresa con toda la furia de lo que pudiera llamarse ya una auténtica “ideología de la arrechera”.

En sus apocalípticas pancartas, exponen el pensamiento de un sector formado no bajo los dogmas de las doctrinas o las teorías políticas, sino bajo la lógica de una derecha sin discurso alguno que solo puede existir mediante la iracundia y el odio que pueda despertar en la gente.

ro de BerlínQuizás el bueno de Francis Fukuyama (El fin de la historia y el último hombre, 1992) no se refirió nunca a la hegemonía del neoliberalismo cuando proclamaba su inefable sentencia sobre la extinción de las ideologías a partir de la caída del bloque soviético y el derribamiento del Muro de Berlín a finales del siglo XX, sino a la incapacidad de la derecha para asumir el compromiso de enfrentarse a la humanidad con un respaldo doctrinario eficiente que se correspondiera con la lógica del pensamiento progresista que el neoliberalismo proclama pero que jamás practica.

Erigido a sí mismo en bastión del pensamiento más ultraderechista del último medio siglo, Fukuyama no descansa desde hace décadas en la búsqueda de una fórmula ideológica que le permita convertir al neoliberalismo en una verdadera teoría política, para que deje de ser la simple síntesis de postulados pro-capitalistas que los sectores hegemónicos usan para justificar su depravación explotadora y usurera en función del dinero y hacerla avanzar hacia un nivel más digno como doctrina.

La doctrina de la libre empresa no es sino la institucionalización de la antipolítica, porque el neoliberalismo carece de fundamentación teórica que le permita a la derecha explicarle a la sociedad su verdadera intencionalidad depredadora y convencerla de la sumisión a la que ella (la sociedad) debe someterse para permitir el más expedito y cómodo desempeño del modelo de acumulación de la riqueza en manos de los ricos y no de la gente.

La peor calamidad para el neoliberalismo a través de la historia ha sido siempre la perturbación de ese orden tan perfecto que solo las ideas de justicia y de igualdad social que encarnan las revoluciones tienden a descomponer. De ahí su repudio a las ideologías y a todo cuanto con ellas tenga que ver.

En Venezuela, Bolívar representa el poder de esas ideas redentoras que inspiraron a la humanidad y que la lucha independentista instauró en Latinoamérica como sustrato cultural de nuestros pueblos. Ese mismo Bolívar que empuñó la espada para acabar con las ideas de esclavitud y dominación de los ricos sobre los pobres no se basó primordialmente en las cualidades combativas de sus ejércitos sino en la necesidad impostergable de la moral y de las luces como herramientas de liberación.

Por eso la derecha venezolana sufre como una asfixiante penitencia del alma el tormento existencial entre el amor a Venezuela pero no a la Patria; entre la bandera de siete estrellas de la 4ta República y la bolivariana de ocho; entre el Bolívar “clásico” de las estatuas inánimes y desideologizadas y el Bolívar revolucionario y filósofo del Monte Sacro que inspira hoy a los revolucionarios venezolanos y del mundo.

Ese terreno baldío de la ambigüedad ideológica es el árido espacio en el que solo germinan el odio, la intolerancia y la irracionalidad como soportes del insulso discurso opositor.

En nombre de los inexpugnables intereses del gran capital y de las transnacionales norteamericanas que acechan las riquezas nacionales, el presidente de la Asamblea Nacional grita a los cuatro vientos en su discurso de salutación en el acto de entrega de Memoria y Cuenta del ciudadano Presidente de la República ante el parlamento, que él es un hombre de pensamiento revolucionario y que tiene “obra escrita” para demostrarlo.

Y en nombre del pueblo, un diputado igualmente opositor, Leomagno Flores, argumentaba furioso en la anterior Asamblea Nacional en contra de la Ley del Trabajo, sosteniendo que “los responsables de la crisis mundial del capitalismo son los sindicatos y partidos de izquierda que exigen aumentos salariales para los trabajadores”.

María Machado, la exdiputada de Panamá, erige hoy su liderazgo de motoneta y chicharrón sobre la férrea defensa de una Constitución contra la cual ella misma ha luchado por todos los medios durante casi un cuarto de siglo, incluida la brutal arremetida golpista que ella convalidó contra esa misma Constitución en 2002 y la masacre de venezolanos desatada por su inconstitucional llamado a La Salida en 2014.

Por donde se le mire, al derecho o al revés, el desparpajo y la desvergüenza en el discurso opositor es un dechado de irresponsabilidad ideológica, que de puro persistente termina por convertirse en toda una doctrina de la insustancialidad y la ignorancia.

Henrique Capriles es probablemente el más perfecto ejemplo de esa insustancialidad elevada por la derecha venezolana al rango de ideología.

Después de más de una década y media instigando la ingobernabilidad y el estallido social mediante llamados a desconocer la legitimidad democrática de los gobiernos de Hugo Chávez y de Nicolás Maduro, promoviendo la intolerancia y la desobediencia civil contra los poderes del Estado y haciendo llamados a descargar arrecheras que causaron la muerte de venezolanos, Capriles llegó a comprometerse en campaña electoral a continuar la obra prodigiosa de la revolución que encarnan las Misiones socialistas.

La asquerosa inmoralidad de esa promesa en boca de un conspicuo y contumaz conspirador como Capriles, es ciertamente vomitiva. Pero su carácter acomodaticio y oportunista trasciende los linderos del crimen contra la inteligencia humana.

Esta semana, en conversación con el alcalde Gerardo Blyde en Unión Radio, afirma con pasmosa serenidad que “la oposición no fue mayoría por muchos años…”

“Bueno –dice impúdico- la política es así; un día usted es oposición otro día es gobierno. Efectivamente, el gobierno, el PSUV, tuvo la mayoría. Ahora no la tiene, la política es así.”

Sin explicar de dónde saca él esa absurda y arbitraria cuantificación, ni por qué mandó entonces, bajo engaño, a sus seguidores a que incendiaran el país porque supuestamente ellos eran mayoría cuando en realidad no lo eran, hace una declaración todavía mucho más inquietante, en la que sostiene que “el poder es un préstamo que nos hace el pueblo”.

Asumir el objeto y la razón del poder como un “préstamo” y no como un servicio a la sociedad, es la revelación cruda y sin ambages de las intenciones saqueadoras de quienes ven el ejercicio de gobierno como un botín de guerra y la política como un negocio lucrativo para acceder a él. Lograrlo requiere solamente de la condición irracional de una sociedad despolitizada, neurotizada y violenta, que no perciba tales inconsistencias sino que las celebre y las aplauda.

Y es eso lo que dice el escueto discurso de las pancartas de La Trinidad; que la sociedad pacífica, que no monta en cólera, que no rabia, que no se arrecha como le dicen sus líderes, no es la sociedad a la que ellos aspiran.

Dice, más allá de la escritura, que la falta de una ideología propia que oriente su visión de país puede llegar a ser un flagelo mucho peor que los holocaustos que acabaron con las libertades, el derecho a la paz y a la vida misma que los pueblos reclamaron a través de la historia. Una carencia que tiene a nuestro país en vilo por el empeño de un pequeño grupo de oligarcas intoxicados por la sed de un poder que asumen como trofeo de su exclusiva propiedad, fomentando para alcanzarlo la desunión, la guerra y el antipatriotismo entre los venezolanos.

La paz es la propuesta de la Revolución Bolivariana para enfrentar esa irracionalidad y ese despropósito entreguista del neoliberalismo. Venezuela no será la Colombia sedienta de guerra que acaba de expresarse la semana pasada en el plebiscito que realizara el gobierno del presidente Santos para refrendar la paz y en el cual fue derrotado por los mismos promotores del odio que en nuestro suelo quieren controlar los destinos de la Patria.

Venezuela no se sumirá en la guerra para satisfacer las antojadizas ansias de un sector indolente con el pueblo. Nuestro país tiene en el presidente Nicolás Maduro la fuerza del alma chavista que nos conducirá a la sociedad de bienestar y progreso por la que los venezolanos hemos luchado desde hace siglos y que solo el socialismo bolivariano puede asegurar.

@SoyAranguibel

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