MUD: Cuando la proyección sobrepasa la cordura

Por: Alberto Aranguibel B.

El 15 de febrero de 2003 se produce en el mundo la mayor movilización simultánea que se haya dado jamás por una misma causa.

La protesta contra la inminente invasión a Irak que anunciaba el llamado “trío de las Azores” (el presidente de los Estados Unidos, George W. Bush, el primer ministro británico, Tony Blair y el presidente del gobierno español, José María Aznar) sobrepasó por millones la cantidad que cuatro décadas atrás habían concitado las manifestaciones mundiales contra la guerra de Vietnam.

Solamente en Roma se batió el record de asistencia popular en una misma concentración, sobrepasando de acuerdo al libro Guinness de Records los tres millones y medio de asistentes.

Casi en ninguna parte del planeta se produjeron manifestaciones a favor de aquella brutal violación al derecho internacional.

España, donde José María Aznar gozaba por causa de esa sumisión a Bush de la más baja popularidad que haya tenido un jefe de gobierno en ese país, vio en aquella ocasión la movilización de unas muy pocas personas en apoyo al atropello promovido por el imperio norteamericano que con su ilegal acción contravenía las resoluciones del Consejo de Seguridad de la ONU y se ganaba el repudio de la casi totalidad de las naciones.

El único otro punto del mundo en el que se escenificó un respaldo a aquel bochornoso e indignante acto de soberbia imperialista, fue Miami. Ahí la manifestación estaba integrada (como era de esperarse) por la llamada “gusanera cubana”, opositores a la revolución liderada por el Comandante Fidel Castro, y por los venezolanos autoexiliados que han ido a protegerse allá de la que ellos denominan “la dictadura chavista”.

Aquella vergonzosa circunstancia de ver nuestro gentilicio expuesto ante el mundo de manera tan ignominiosa, dejaba claro que el problema de la oposición no era desde entonces un asunto de tipo meramente ideológico. Que había allí un tema siquiátrico que debía estudiarse a fondo para comprender con propiedad las razones por las cuales un sector del país reaccionaba en el sentido exactamente contrario a lo que el juicio común de la humanidad entera estaba dictando.

Habrá quien, argumentando a favor de los desquiciados mayameros, sostenga hoy que se incorporaban a esa demostración de apoyo al impune asesino de más de un millón de seres humanos (por su solo antojo y sin ninguna prueba contra Irak que justificara su crimen) porque con ello procuraban obtener de manera expedita la ansiada “Green card” que todo buen escuálido desea poseer como paso previo a la aceptación definitiva por parte del imperio en calidad de “exiliado político”. La proverbial “viveza criolla” del venezolano pudiera explicar esa posibilidad. Pero no disculparla.

Los problemas mentales son en buena medida de los más complejos para la ciencia médica, no tanto por la inaccesibilidad instrumental al delicado órgano del cerebro, que es cierta, o por la particularidad clínica de su patología, sino por el carácter asintomático o no reconocible del padecimiento a simple vista.

El llamado “trastorno de bipolaridad”, por ejemplo, es uno de esos padecimientos usualmente difíciles de detectar hasta para los más meticulosos especialistas de la siquiatría. Se requieren muchos estudios (sobre todo en el ámbito familiar y social del paciente que permitan conocer las alteraciones de su carácter) para determinar con exactitud la presencia de la afección.

Según la siquiatría, “el trastorno de bipolaridad es una afección mental en la cual una persona tiene cambios marcados o extremos en el estado de ánimo, y en el que los periodos de sentirse triste o deprimido pueden alternar con periodos de felicidad o hiperactividad, o malhumor e irritabilidad.”

Entre sus muchos síntomas, el portal medlineplus.gov de España destaca los siguientes:

  • Tristeza o estado deprimido diariamente.
  • Problemas para concentrarse, recordar o tomar decisiones.
  • Sentimientos de minusvalía, desesperanza o culpa.
  • Pérdida del placer de realizar actividades que alguna vez disfrutaba.
  • Pérdida de la autoestima.
  • Alejarse de los amigos o actividades que alguna vez disfrutaba.
  • Pensamientos de muerte o suicidio.

Es decir, cuando se está en presencia de un antichavista existe una muy alta probabilidad de que su comportamiento irritable, contradictorio e inconsistente, no obedezca exclusivamente a la precariedad ideológica del liderazgo que en muy mala hora le ha correspondido tener como orientador de su pensamiento político, sino más bien a un severo padecimiento de bipolaridad. Los síntomas clínicos son su vivo retrato.

Cuando escuché hace poco a un muy joven periodista, casi un niño en verdad, de un noticiero de televisión tratando de acorralar al gobierno del presidente Nicolás Maduro con lo que él seguramente entendía como un muy ingenioso análisis económico sobre el verdadero costo del boleto del teleférico de Mérida, se me reafirmó con perfecta claridad que efectivamente en la oposición no hay formas de pensamiento político alguno medianamente estructurado, sino síntomas de esa enfermedad mental, generalizada y muy profunda pero a la vez muy avanzada, de la cual probablemente no se percate a primera vista el común de la gente.

En la nota (económica) el joven fablistán argumentaba en tono de acusación, que era falso que el costo del boleto fueran los tres mil quinientos bolívares establecido por el Sistema Mukumbarí de Teleférico de Mérida, dado que para llegar hasta allá el visitante tendría que pagar primero boletos de avión, hospedaje, alimentación y taxis, tanto para él como para su grupo familiar. Con lo cual el precio del paseo en el funicular vendría a ser realmente de unos ciento cuarenta mil bolívares fuertes.

El pueril análisis equivale a decir que las hamburguesas que venden los carritos de comida rápida en Nueva York costarían entre veinticinco y treinta mil dólares, si aplicáramos esa absurda lógica de la inversión requerida para llegar hasta allá, digamos desde la Plaza Francia de Altamira o desde la redoma de Petare. De ser así, lo mínimo que debieran hacer los neoyorquinos sería llamar ya no a un revocatorio contra Barack Obama, sino exigir para él la horca.

Es obvio que ese tipo de “periodismo” no es el que enseñan en la universidad a la que debe haber asistido ese joven por muy reaccionaria que ella fuera. Con toda seguridad su deformación deriva de la recurrencia en la mentira, en la manipulación y en la derrota, a la que es llevado por una dirigencia inepta e incompetente como la de la MUD, cuya vocación para el fracaso va rumbo a cumplir dentro de unos pocos años su primer cuarto de siglo, si consideramos que su antichavismo se inicia desde mucho antes de las elecciones del ‘98.

Contra ese mismo perfil patológico me tocó lidiar recientemente por las redes sociales en la persona de un prestigioso encuestador muy de moda en las filas de la oposición, que presentaba en un grupo de periodistas opositores en Whatsapp una “encuesta” que según él demostraba que el ochenta por ciento de la población estaría en contra del Gobierno Nacional, a partir de un trabajo de campo en el que dice haber realizado la friolera de “un millón doscientas mil entrevistas”.

La lacónica respuesta del “experto” investigador de opinión cuando hice por esa misma vía el comentario que, de haber sido así, me parecía entonces que para reunir a toda esa gente las entrevistas debían haberlas hecho en la pista principal del aeropuerto internacional Simón Bolívar de Maiquetía, fue que la cifra de los entrevistados era una simple “proyección estadística”. Algo tan arbitrario e irresponsable como: “Esto habrían dicho las personas si yo en verdad las hubiera entrevistado”.

Fue así como comprendí de qué habla la oposición cuando en sus concentraciones públicas, a las que asisten quizás unas diez o doce mil personas, dice que asistieron tres, cuatro o hasta cinco millones de antichavistas. Se trata en cada caso, según ellos, de una… “proyección estadística”.

De ahí su loco empeño en buscar cuanto antes un revocatorio contra el presidente Maduro; la creencia de que cuentan con una cantidad de electores que solo existen en sus proyecciones mentales y la convicción de que tal disparate pueda resultar válido en un proceso electoral.

Por eso es que tienen que cantar “fraude” cuando pierden las elecciones. Los números de la mente siempre son distintos a los de la vida real. Incluso si se proyectan.

@SoyAranguibel

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