Dianca: la dignidad y la fuerza del trabajo en revolución

Por: Alberto Aranguibel B.

Saliendo de Puerto Cabello hacia Borburata, en el estado Carabobo, un imponente paisaje industrial oculta parcialmente la espectacularidad del mar a lo largo de la costa. Cientos de contenedores apilados en medio de una madeja de gandolas y grúas transportadoras en intensa actividad, dejan claro que se trata del más importante terminal marítimo del país.

Ya rumbo a la montaña, se divisa desde la carretera el complejo fabril de una institución que desde hace más de un siglo emprendió el reto del diseño, fabricación y reparación de embarcaciones de pequeño y mediano calado, con base en el talento y la experticia de una mano de obra completamente nacional.

Una inmensa obra escultórica forjada en hierro y acero exalta desde la entrada misma del complejo la ardua labor de los trabajadores de Diques y Astilleros Nacionales, C.A. (Dianca), anunciando a la vez el alto valor que cada uno de ellos le otorga al compromiso de responder con la mayor calidad y eficiencia a la confianza que el país ha depositado sobre sus hombros.

Bajo la visión neoliberal que imperó en el pasado en nuestro país, Dianca, a pesar de sus logros en la prestación de servicios a la industria marítima nacional por más de cien años,  fue una empresa asumida por el Estado con la indolencia y el desinterés que caracterizó a los organismos de la administración pública en general, convirtiéndola a la larga en el emblema de inoperancia y atraso tecnológico que evidenciaban la montaña de chatarra, la maquinaria inoperativa y los galpones ociosos o subutilizados existentes a lo largo de sus instalaciones.

Con la llegada de la Revolución Bolivariana, una filosofía diametralmente opuesta se instala en el espíritu colectivo de los obreros, empleados y directivos del astillero, reorientando el sentido de la misión a su cargo, para mostrarle al mundo la inmensa verdad que entraña la propuesta del trabajo enaltecedor y verdaderamente productivo bajo la lógica del bienestar social que comprende el socialismo bolivariano.

Quienes desde el neoliberalismo acusan a la revolución de incompetente para la administración de empresas productoras de cualquier naturaleza, lo hacen desde la premisa de que solo la empresa privada es capaz de asumir la responsabilidad de la gestión del proceso productivo, porque desde su óptica particular solo el interés del beneficio capitalista es capaz de determinar el aseguramiento de la calidad.

Por su naturaleza explotadora el capitalismo desprecia el valor del trabajo como instrumento de dignificación y realización del ser humano. Más aún si ese poderoso instrumento es considerado piedra angular en la construcción de concepciones avanzadas de soberanía e independencia industrial o tecnológica.

Para una sociedad eminentemente consumista como la venezolana, la recuperación y optimización de una industria estratégica como la naval, tal vez no sea un área prioritaria y ni siquiera de mediana relevancia en virtud de la cultura de la dependencia y el parasitismo rentista que signó el modelo de desarrollo venezolano desde nuestros orígenes.

Desde la óptica revolucionaria, más allá de la legítima aspiración por el logro de la soberanía en todos los ámbitos del conocimiento y de la industria, está el sentido del esfuerzo colectivo como poderosa herramienta en la construcción de la nueva sociedad de justicia e igualdad que el socialismo contrapone a la idea capitalista del lucro individual basado en la competencia y el canibalismo corporativo.

La gestión de Dianca, que actualmente dirige el V/A Franklin Zeltzer Malpica, le ha dado un giro a esa perversa concepción neoliberal que por décadas plagó de vicios y prácticas dolosas a la empresa, imprimiéndole un rostro humano y patriótico al esfuerzo que día a día llevan a cabo sus trabajadores, a quienes ha incorporado a un programa integral de humanización laboral que incluye, entre otras áreas sensibles de dignificación del trabajo tanto en la planta como en las áreas sociales de la institución, un taller de soldadura para la realización de esculturas fabricadas por los mismos trabajadores con material residual del astillero, lo cual ha elevado la moral y la autoestima del personal a niveles nunca antes conocido ni por ellos ni por sus propios familiares, quienes dan hoy fe de la transformación positiva que esa nueva visión ha operado en sus vidas.

fragata-hugo-chavezBuque Guardacosta Hugo Chávez Frías, primera embarcación en su género armada en Venezuela.

Esos trabajadores, que presenciaron en el pasado el saqueo indolente de gerentes y dirigentes sindicales corruptos que siguiendo lineamientos estrictamente neoliberales ordenaban el desmantelamiento de la capacidad productiva del astillero y la desincorporación de maquinaria en perfecto estado de operatividad para serle vendida como chatarra a empresas privadas que, luego de algunas pequeñas refacciones, se la ofrecían en alquiler a la institución mediante contratos milmillonarios de los que se desprendían jugosas comisiones a costa del trabajo, la miseria y el hambre del pueblo, son hoy testigos de cómo solamente en revolución es posible sacar adelante y con la mayor pasión un proyecto verdaderamente nacionalista cuyo horizonte sea el logro perdurable del bienestar social común de los venezolanos por encima del interés puntual de la realización o la sola rentabilidad del capital.

El comandante Hugo Chávez se refirió a esta particular concepción bolivariana del trabajo: “Hemos plenado la historia venezolana de sentido: de sentido bolivariano, abierto, popular; de sentido constructivo, creativo, liberador. Antes la historia no nos pertenecía, otros la tramaban y nosotros sólo la padecíamos. Éramos simples peones de un macabro ajedrez dispuesto por el imperio y sus cipayos apátridas.”

“Eso cambió y cambió para siempre: el pueblo heredero de las grandes batallas, encarnación viva de todas nuestras luchas, le ha puesto sangre y hueso, alma y corazón a esta revolución; hemos sido y somos, todas y todos, un solo protagonista estelar de las transformaciones emprendidas. Transformaciones que no acaban aún porque se requiere seguir completando el sagrado anhelo que nos impusimos: tener patria libre, patria buena y bonita, patria socialista, para nosotros, para nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos.”

En Dianca, como en todo el país, esa revolución apenas comienza. El esfuerzo y la dignidad del trabajo que desde ese rincón de la patria realizan sus trabajadores, debe ser un claro ejemplo de valor y de compromiso para todo funcionario revolucionario.

La idea es evitar los escollos y emboscadas que puedan surgir a lo largo del trayecto, para asegurar cada vez con la mayor firmeza el triunfo definitivo del sueño bolivariano y chavista de la independencia nacional. Tal como lo dejó plasmado el Comandante como compromiso de todos en el Plan de la Patria.

@SoyAranguibel

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