¿Qué murió en realidad cuando mataron a Kennedy?

– A 53 años del asesinato de John Fitzgerald Kennedy –

Por: Alberto Aranguibel B.

La infinidad de hipótesis sobre la suerte del planeta que ha inundado los medios de comunicación del mundo entero con la elección de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, solo fue superada hasta ahora por las innumerables conjeturas sobre lo que habría sido el devenir de la historia si las balas que acabaron con la vida de John F. Kennedy no hubieran cumplido su cometido aquel 22 de noviembre de 1963.

Quienes ordenaron su asesinato, ya fuese a Lee Harvey Oswald, a quien la versión oficial presentó como el solitario autor material del magnicidio, o al grupo de asesinos profesionales contratados por la mafia en connivencia con la CIA, como se desprende de las decenas de investigaciones que se han hecho desde entonces para establecer la veracidad del más indescifrable crimen político de todos los tiempos, quizás hayan sido los únicos en saber a ciencia cierta cuáles acontecimientos pretendían modificar o impedir definitivamente con aquel atentado.

¿Por qué llega en un momento determinado el ser humano a la utilización de un recurso tan extremo como la muerte para solventar los asuntos que se supone deben estar en capacidad de resolver los seres humanos mediante el poderoso instrumento con el cual la naturaleza le ha dotado para diferenciarle del resto de los seres vivos sobre la tierra, como lo es el raciocinio… la capacidad de debatir las ideas?

La más probable de todas las razones es, sin lugar a dudas, la falta de argumentos de quienes creen que solo el poder del dinero y de las armas que él puede comprar es suficiente para imponerle al resto de la humanidad una particular visión del mundo.

Cien años antes de aquel infausto acontecimiento que estremeció al mundo en 1865, cayó abatido también por un disparo a la cabeza el primer presidente norteamericano asesinado a mansalva, dejando una estela interminable de interrogantes sobre las razones por las cuales le asesinaban.

El crimen contra Abraham Lincoln, el primero de los cuatro presidentes norteamericanos asesinados en el ejercicio del poder, marcó para siempre la vida de los estadounidenses. Por qué y para qué fue asesinado nunca se supo con exactitud. Su política de emancipación de los esclavos y el llamado “Sistema americano” con el que pretendió regular la economía, factores que a la larga generaron la desunión entre los estados del norte y los del sur, fueron solo conjeturas sobre las causas de su asesinato.

Desde Julio César, en la Roma antigua, hasta John F. Kennedy en Norteamérica, la lista de líderes prominentes cuyos asesinatos impactaron a la humanidad es infinita. Curiosamente, aún cuando no es posible hablar de una constante en este sentido, en su gran mayoría fueron siempre cultores de los derechos humanos, de la paz o de la justicia social en alguna medida.

Ya en 1830 el Abel de América (como le llamó dolido el propio Libertador) Antonio José de Sucre, caía fulminado en Colombia a consecuencia de la bala artera que sus enemigos dispusieran contra él para evitar toda posibilidad de continuación o reimpulso del sueño emancipador emprendido por Bolívar, convirtiéndose en uno de los primeros líderes americanos en morir de esa manera, si no el primero.

Francisco Madero, Venustiano Carranza, Álvaro Obregón, en Mexico; José Santos Guardiola, en Honduras; Ramón Cáceres, en República Dominicana; José Antonio Remon Cantera, en Panamá; Juan Idiarte Borda, en Uruguay; Luis Miguel Sánchez Cerro, en Perú; Gabriel García Moreno, en Ecuador; Carlos Delgado Chalbaud, en Venezuela, fueron algunos de los presidentes de países americanos muertos en el ejercicio del poder producto de atentados que nunca quedaron perfectamente esclarecidos.

Pero la lista se extiende aún más con los nombres de dirigentes o activistas sociales como Jorge Eliécer Gaitán y Luis Carlos Galán (Col); Pancho Villa, Emiliano Zapata, Luis Donaldo Colosio y Francisco Ruiz Massieu (Méx), Martín Luther King y Malcom X (EEUU), Arnulfo Romero (Sal), y los cientos de ministros, diputados, gobernadores, alcaldes o candidatos que han muerto bajo la acción de las balas. Así como la infinidad de atentados fallidos de los que fueron víctimas Fidel Castro y Hugo Chávez, entre muchas otras figuras prominentes de la política en el continente, y de los cuales salieron ilesos casi siempre más por obra de la providencia que por la perspicacia de los cuerpos de inteligencia o la capacidad de respuesta de su seguridad personal.

Sin embargo el atentado a John F. Kennedy ha trascendido a través del último medio siglo, no solo en suelo americano sino en el mundo entero, como el más traumático magnicidio que recuerde la historia. Un fenómeno que se explica en principio por la naturaleza inédita de su difusión televisiva en vivo a todo el planeta, hecho que sin lugar a dudas impactó a una audiencia masiva que jamás se había enfrentado en esa forma a la crudeza de un hecho noticioso de tal magnitud.

Pero en realidad trasciende mucho más por la extraordinaria oportunidad que el imperialismo encontró en aquel momento para instaurar en el imaginario colectivo del norteamericano, así como del resto de la humanidad, la ilusión del líder estadounidense admirado y querido por el mundo entero como lo necesitó desde siempre el imperio norteamericano sin haberlo encontrado jamás hasta que Kennedy murió.

Como una insalvable y trágica constante del destino, los presidentes de los Estados Unidos, incluso aquellos a quienes se les cubre con mantos de pretendida nobleza para imprimirles un falso rostro bondadoso (como el otorgamiento sin mérito alguno para merecerlo del premio Nobel de la Paz que le fuera entregado a Barack Obama apenas asumió su cargo), concitan hasta en los más apartados rincones del planeta el desprecio incontenible de la gente. Donde quiera que lleguen deben ser siempre protegidos por verdaderos ejércitos de fuerzas policiales acantonadas a lo largo de sus recorridos, no tanto por los riesgos de atentados terroristas (que existen) sino por la lluvia de tomatazos y huevo podrido de la que invariablemente suelen ser objeto.

Justo en el momento más álgido de la “Guerra Fría”, cuando los rusos dejaban atrás a los EEUU en la carrera espacial; habiendo Kennedy demostrado una inusual capacidad para la negociación política con sus enemigos históricos durante la crisis de los misiles; en pleno apogeo de las luchas raciales en suelo norteamericano; y con las perspectivas nada promisorias del ya muy avanzado conflicto bélico en Vietnam, las élites del poder veían demasiados peligros asechando sobre el prestigio político logrado por esa nación luego de la Segunda Guerra mundial.

Quedando como quedaron desplazados Francia e Inglaterra como competidores en la dominación mundial, en virtud del desgaste de esas naciones en las dos guerras mundiales, Estados Unidos consideró necesario reafirmar su influencia con el genocida lanzamiento de dos bombas atómicas sobre Japón, para dejar sentado que no era líder del mundo libre por default de las demás potencias sino por su capacidad real de fuego.

Fue el desespero irracional de quienes asesinaron a Kennedy lo que los llevó a cometer el que probablemente haya sido el más inútil de los crímenes políticos que se haya consumado jamás, porque ninguna de las políticas emprendidas por aquel mandatario, fiel exponente de la más acaudalada aristocracia norteamericana, indicaba de ninguna manera que su gobierno tomaría un rumbo de impensable conciliación o cesión frente a los países comunistas, o que su administración se orientaría hacia modelos de corte social contrarios a los intereses de los sectores hegemónicos del poder en esa nación.

Kennedy no habría sido sino lo que todo presidente norteamericano puede ser; un sanguinario imperialista afanado en controlar el mundo, a través del chantaje y el sometimiento económico y político que pueda ejercer mediante el uso indiscriminado de las armas, el terrorismo, la injerencia y la promoción de la ingobernabilidad en los países que no le son afectos al imperio.

Cuando mataron a Kennedy, acabaron con la vida de un prominente norteamericano y nada más. Un gobernante cuya imagen no se desgastó, precisamente por no haber tenido tiempo, como se habría desgastado indefectiblemente de seguir vivo, y que muerto permitía al mundo especular con la ilusión de que los EEUU contaba no solo con poder militar o económico, sino también con un liderazgo político admirable, capaz de trascender la historia del nuevo orden mundial que estaba emergiendo. Todo lo demás seguiría intacto.

Como seguramente seguirá en el gobierno del recién electo Donald Trump.

Solo falta saber cuánto tiempo más soportará el pueblo norteamericano sin rebelarse definitivamente contra la injusticia que ese decadente modelo comprende, para verle levantar esa nación con base no en las guerras o en la explotación cruel e inmisericorde en las que hoy se apoya, y empezar a construir su futuro a partir de la voluntad y el esfuerzo de su gente. Como debió haber sido siempre.

@SoyAranguibel

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