Consignas libertarias

Por: Alberto Aranguibel B.

“¡A que no te atreves, Maduro, a ponerme preso!”, fue la primera que gritó Leopoldo López frente a una multitud de unas 40 personas en las inmediaciones de la Plaza Venezuela, días antes de anunciar públicamente su plan de “la salida”.

La consigna evidenciaba el interés de mostrarle al mundo el arrojo y la valentía que han fingido siempre los opositores para hacerle creer a la gente en una supuesta irreductibilidad del nuevo liderazgo contrarrevolucionario, que anhela desplazar a la desvencijada y decadente oposición venezolana que no se atrevía a incendiar las calles ni a provocar destrucción y muertes por decenas, tal como lo propone esa nueva derecha.

Su gente salió, incendió y asesinó y lo metieron preso.

De ahí en adelante, después de 43 muertos, 800 heridos, miles de millones en pérdidas alcanzados con la destrucción por él promovida, se activa el plan verdadero; viajar por el mundo pidiendo la libertad del “preso político” para fabricar un liderazgo que catapulte a López a la presidencia sin tener que lidiar con nadie en La MUD.

“¡Liberen a Leopoldo!” fue entonces la segunda. Exigir primero que te metan preso para pedir luego que te liberen no tiene mucho sentido. Pero eso es lo que hay.

Aparece la tercera: “¡La libertad no se negocia!”, ideológicamente mucho más elaborada y con una carga emocional bien calculada que demuestra la inequívoca convicción de una gente que no acepta acuerdos y que está dispuesta a incendiar de nuevo lo que sea en defensa de sus ideales.

Gritar a los cuatro vientos que la libertad no se negocia, después de recorrer el planeta rogando por la libertad a como diera lugar, no es muy coherente que se diga. Pero, ahora, eso es lo que hay.

Una vez instalada la Mesa de Diálogo que el país pide con desespero, lanzan un nuevo grito de guerra: “¡Si no liberan a Leopoldo, nos paramos de la mesa de diálogo!”, demostrando que la libertad no se negocia… salvo que sí haya que negociarla.

Se alistan las líneas aéreas para recibir a la viajera de la libertad, esta vez cargada de cadenas con las que se amarrará en medio de la fría soledad de la medianoche frente al Vaticano.

La valentía opositora es distinta a las demás; es maleable, acomodaticia y multifuncional. Sus consignas son una clara demostración de ello.

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