El fracasado arrogante que pretendió desconocer la historia

Por: Alberto Aranguibel B.

“No me interesan los acontecimientos que sucedieron antes de yo haber nacido”
Barack Obama

En medio de la expectativa más grande que recuerde la humanidad con el nombramiento de un nuevo presidente norteamericano, Barack Obama asumía en enero de 2009 como el cuadragésimo cuarto mandatario de la nación más poderosa del planeta, diciéndole al mundo en su discurso inaugural: “Hoy estamos reunidos aquí porque hemos escogido la esperanza por encima del miedo, el propósito común por encima del conflicto y la discordia. Hoy venimos a proclamar el fin de las disputas mezquinas y las falsas promesas, las recriminaciones y los dogmas gastados que durante tanto tiempo han sofocado nuestra política.”

Siendo el primer líder de color de la última nación racista sobre la tierra, la esperanza de millones a lo largo y ancho del mundo de que efectivamente sería la de Obama la más audaz y promisoria de todas cuantas se ofrecieron a resolver no solo los problemas de los norteamericanos, sino de la humanidad entera, fue el sentimiento general.

No importaban ya las calamidades que causaron a los norteamericanos y al resto del mundo los únicos líderes de color que lograron alcanzar antes que él decisivas posiciones de liderazgo, como las que ostentaron en el Pentágono y en la Casa Blanca Colin Powell y  Condolezza Rice, cuyas ejecutorías al frente de sus funciones como los primeros negros que en esa nación llegaban a tales posiciones, llenaron de muerte, destrucción y miseria a casi la mitad del planeta en apenas ocho años del infausto gobierno de George Bush hijo.

Ciertamente, la condición afrodescendiente le imprimía un especial matiz revolucionario a aquel comedido individuo surgido casi de la nada, cuyo aspecto y temperamento lo asociaban más bien con un modesto profesor de filosofía de alguna universidad sureña que a un dignatario ni siquiera medianamente trascendente.

En aquel mismo discurso de asunción se ofrecía sin desmesura como el redentor de modesto carisma que la gente entonces percibía, pero que pontificaba como todo un profeta estricto y riguroso con sus deberes.

“Es bien sabido que estamos en medio de una crisis –decía- Nuestro país está en guerra contra una red de violencia y odio de gran alcance. Nuestra economía se ha debilitado enormemente, como consecuencia de la codicia y la irresponsabilidad de algunos, pero también por nuestra incapacidad colectiva de tomar decisiones difíciles y preparar a la nación para una nueva era. Se han perdido casas; se han eliminado empleos; se han cerrado empresas. Nuestra sanidad es muy cara; nuestras escuelas tienen demasiados fallos; y cada día trae nuevas pruebas de que nuestros usos de la energía fortalecen a nuestros adversarios y ponen en peligro el planeta.”

Fue quizás por esa razón que apenas unos pocos meses después de aquellas fulgurantes palabras, el Comité Nobel Noruego en pleno decidió otorgarle (en presencia de su majestad el Rey) nada más y nada menos que el prestigioso Premio Nobel de la Paz “Por sus extraordinarios esfuerzos por fortalecer la diplomacia internacional y la colaboración entre los pueblos”, según explicaron los dignos oferentes en Oslo, aún cuando el recién estrenado presidente ni había hecho hasta ese momento ninguna gira presidencial importante por el mundo, ni había hablado ni una vez en la ONU, ni había enviado a ningún presidente tan siquiera una carta corporativa de salutación que permitiera hablar de él como un promotor de la diplomacia internacional.

El rebuscado “tumbaíto” de hombros, tan propio del más engreído rapero del Bronx, con el que empezó a caminar desde aquel día, dejando atrás la natural sencillez que hasta entonces le caracterizó, fue el primer indicio de que la humanidad entera lo había perdido.

Sus poses arrogantes (y hasta ridículas) fueron cada vez más insoportables hasta en los recintos más reaccionarios del mundo capitalista. Su sinuosa miradita de beatífica condescendencia frente al teleprompter sobrepasó la más elemental seriedad desde el momento mismo en que de manera completamente gratuita y sin justificación alguna le hicieron creer en Oslo que él era el bombón de chocolate que la humanidad esperaba para rendirse a sus pies.

Y así, con esa soberbia que más que de presidente es de desclasado de la más repugnante estirpe,  actuó en todos los escenarios a donde fue a llevar, no un mensaje de concordia y de amistad como sentenciaba en su perorata inaugural, sino el desplante de la prepotencia imperialista de la que se jactó a lo largo de todo su oscuro mandato.

Esa tan despreciable actitud de insoportable arrogancia, fue la que a la larga terminó minando el piso de la que pudo haber sido una notable figuración en la historia. Una historia de la que se burló en imposturas inauditas, no en una o en varias sino en infinidad de oportunidades, en las que se dio el tupé de justificar los cientos de miles de muertos causados antojadiza y arbitrariamente por la nación que él presidía, con su recurrente frase referida a la insignificancia que para él tienen los acontecimientos que sucedieron antes de que él naciera.

Poco a poco, declaración tras declaración, fue cavando su propia tumba en el último foso de la historia pero no con palas sino con micrófonos. Como aquella infeliz proclama en la que alardeaba precisando que “A algunos países hay que torcerles el brazo”, como si de su madre correteándolo por el frondoso patio de su casa se tratara.

Con esa confianza desbordada en sí mismo (exactamente igual a la de los tiranos a los que dijo siempre repudiar) lanzó más bombas sobre pueblos inocentes que ningún otro de sus predecesores desde los tiempos del genocida Harry Truman.

Mientras esa destrucción por él ordenada avanzaba, en su país renacía el horrendo engendro del racismo como no sucedía desde hace más de medio siglo cuando los negros eran cazados en las calles de ese país como si fueran animales. Se disparaba la miseria como nunca antes en la historia en tiempos de paz, llevando el hambre y la exclusión a más de 40 millones de habitantes que claman al cielo por un mendrugo de pan en esa que se dice la más grande y poderosa economía de la tierra. La cifra de ataques homicidas creció bajo su mandato como nunca antes, haciendo terrorífica la experiencia de acudir a cualquier centro comercial. La invasión a la privacidad de las personas a través de internet alcanzó niveles demenciales.

Ninguna de sus demagógicas promesas fueron cumplidas a lo largo de su extenso mandato (extendido por una reelección). Ni el cierre de ese oprobio de arrogancia imperialista que es Guantánamo, ni el cacareado sistema público de salud para los pobres del que tanto habló, sin mostrar la mínima intención apenas por impulsarlo.

Ni siquiera el desbloqueo a Cuba llegó a concretar, a pesar de la estridente fanfarria con la apertura hacia la isla.

Su insolente atropello a Venezuela declarándole amenaza inusual y extraordinaria, fue quizás la gota que derramó el vaso de su cinismo y su impudicia, al intentar destruir, cual bandolero de la peor ralea, la democracia participativa más avanzada del continente (y cuidado si no del mundo) solo por su degenerado afán de asaltar las riquezas y recursos naturales de nuestro pueblo.

No cumplió ninguna de sus delirantes promesas. Pero tampoco pudo derrocar a la Revolución Bolivariana, como a todas luces fue siempre su propósito fundamental.

Fracasó y con él fracasó el más poderosos imperio de la historia frente a la cohesión del pueblo y al sentimiento de lealtad revolucionaria que Chávez sembró en el alma y en la conciencia de las venezolanas y venezolanos de bien que creen y profesan la paz que hoy reimpulsa con la mayor entrega el presidente Nicolás Maduro.

La historia, ese innegable acontecimiento del que surge la grandeza inextinguible de los pueblos, jamás pudo ser ocultada por emperador alguno. Como tampoco pudo hacerlo Obama por mucho que lo pretendiera.

La Revolución Bolivariana seguirá avanzando, con el tesonero esfuerzo en función de la Patria que le ha permitido superar los obstáculos y las embestidas de la derecha nacional e internacional, hasta vencer, como de seguro vencerá, la canalla que desde el imperio la amenaza y la agrede.

Mientras tanto, Obama transitará languideciente el camino del olvido para convertirse de manera inexorable en el polvo cósmico al que se redujeron siempre aquellos que alguna vez intentaron rendir y arrodillar al noble pueblo de Bolívar.

¡Hasta nunca, miserable!

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3 comentarios sobre “El fracasado arrogante que pretendió desconocer la historia

  1. Toda esa madeja que se mueve detras del poder politico en EEUU. Jamas le permitira a ningun presidente cambiar, no solo cambiar sino reformar el estus quo de los grandes intereses que conforman el poder detras del poder. Asi que cualqier inquilino de la Casa Blanca tiene que seguir el libreto. Atras quedan los discursos para engañar incautos, los intereses de las grandes corporaciones no se tocan. y con el nuevo inquilino pasara igual. Amanecera y veremos.

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