El Estado Comunal que repudia la derecha… y que niega la izquierda compulsiva

Por: Alberto Aranguibel B.

Alimentada en su esencia por el perverso discurso pro-imperialista de la narrativa cinematográfica, la sociedad que surge de los procesos de transculturización y alienación que Hollywood fomenta entiende el pensamiento de izquierda como una sarta de disparates desquiciados que, desde esa óptica, no responderían de ninguna manera a formulaciones teóricas fundamentadas sino más bien a rasgos salvajes del ser humano en determinadas circunstancias de opresión o de inconformidad.

Para el ciudadano común de la sociedad capitalista el revolucionario es un vulgar desadaptado cargado de odios y rencores irracionales derivados de su condición de pobre, en la que por su propia ineptitud (y no por culpa de más nadie) estaría sumido desde los orígenes de los tiempos.

Su somera, y en la mayoría de los casos inexistente, lectura de la historia, empezando por la de la Revolución Francesa, le hacen ver todo proceso revolucionario como la anárquica destrucción del orden natural de la sociedad impulsada siempre, de acuerdo a esa necia percepción, por una banda de incompetentes sin formación ni capacidad alguna para el ejercicio de la gestión de gobierno.

En la cultura capitalista el éxito, expresado de cualquier manera, se asocia indefectiblemente al capital. Por eso en el cine solo los más acaudalados serán capaces de conducir los procesos que asegurarán el éxito en cualquier ámbito. En consecuencia; los pobres serán siempre los ineptos por antonomasia.

Woody Allen, erigido por décadas en sinónimo de “genialidad” por su audaz y persistente uso del sarcasmo contra las seudo ilustradas élites intelectuales norteamericanas (lo que le valió un sobredimensionado reconocimiento de la izquierda en el mundo entero), satiriza en su película “Bananas” (1971) esa capacidad para el ejercicio de autogobierno por parte del pueblo, a veces de manera simpática y a veces en forma definitivamente repugnante.

El nombre del film en sí mismo es una insolencia contra los países centroamericanos que durante siglos fueron saqueados por empresas como la United Fruit Company, corporación norteamericana que instauró el más pavoroso sistema de explotación de esas naciones, a las que precisamente por esa circunstancia se les llamaba “repúblicas bananeras”.

Abonando la imagen distorsionada del revolucionario en el imaginario norteamericano, Allen coloca a “Espósito”, líder de la rebelión popular que asalta el poder en la ficticia república de San Marcos (que sugiere a cualquier país suramericano), como un auténtico oligofrénico que, una vez llegado al poder luego de la huida por vía aérea del dictador depuesto, comienza a dictar órdenes y decretos insensatos que contrariaban las maravillosas promesas de justicia social con las que conquistó al pueblo durante la lucha guerrillera para alcanzar el poder.

“A partir de hoy el idioma oficial de San Marcos será el sueco –dice en su primera arenga pública el nuevo mandatario en la película- ¡Silencio! –grita para contener el sobresalto de la población ante el desaforado anuncio- Además de eso, todos los ciudadanos de San Marcos deberán cambiarse la ropa interior cada hora y media. Y para que podamos comprobarlo, deberán llevarla por fuera. Así mismo, todos los niños menores de dieciséis años… tienen ahora dieciséis años”.

Algo así como lo planteado por George Orwell en su fábula “Rebelión en la granja” (1945), en la que coloca a los revolucionarios de la novela como animales que se rebelan contra humanos, incurriendo en vicios y torpezas interminables que a la larga no solo no resuelven los problemas que se proponían resolver sino que los agudizan.

Con base en esa grotesca distorsión de los procesos revolucionarios a través de la historia (alimentada, por supuesto, por décadas de anticomunismo brutal promovido por el imperio norteamericano, así como por las deformaciones que la clase dominante burguesa le inocula al individuo a través del sistema educativo formal y de las estructuras de la educación informal) es como buena parte de la sociedad edifica su perspectiva contrarrevolucionaria, incluidos sectores tanto de derecha como de izquierda cuya percepción de tales procesos termina siendo más o menos la misma.

La Revolución Bolivariana no ha estado exenta de esa percepción por parte de quienes desde la izquierda le reclaman lo que supuestamente no habría avanzado en la construcción del modelo socialista y quienes desde la derecha le acusan de exactamente todo lo contrario. Para ambos lo que existe hoy en la Revolución Bolivariana es solo una caricatura al mejor estilo de “Bananas”.

Ulises Daal, parlamentario corredactor de las Leyes del Poder Popular, sostiene que ya en el inicio mismo de la Revolución Bolivariana se emprendió la estructuración del Estado Comunal en Venezuela. En su texto “¿Dónde está la Comuna en la Constitución bolivariana?” (Ediciones de la Asamblea Nacional / 2013), Daal afirma: “La Constitución de la República Bolivariana de Venezuela (CRBV) es la primera en la historia del constitucionalismo que no fue dictada con el objeto de conservar o mantener las instituciones de la sociedad en la cual fue aprobada, como tampoco para establecer condición pétrea o inmutable de las instituciones que ella misma ordena crear. Ello es así porque al establecerse que el fin supremo de la CRBV es el de «refundar la República para establecer una sociedad democrática, participativa y protagónica, multiétnica y pluricultural», hace de nuestra carta magna instrumento para el desarrollo de un proceso de transformación social en la dirección de alcanzar ese fin supremo”.

A lo largo de los últimos diecisiete años, la construcción de ese nuevo modelo de sociedad en el que, en la lógica del autor, la democracia no es un estado sino un proceso que conduce a la materialización de las formas de participación popular, se ha pasado de la etapa inicial de superación de la deuda social acumulada, a través de programas como el Plan Bolívar 2000 en un principio y las llamadas Misiones Sociales después, a la etapa de formulación de estructuras de distribución y aseguramiento de justicia social que comprenden la promulgación de Leyes del Poder Popular desde el año 2006 con la Ley Orgánica de los Consejos Comunales, a la que se suman en 2010 las Leyes Orgánicas del Poder Popular; de las Comunas; del Sistema Económico Comunal; del Consejo Federal de Gobierno; de Contraloría Social; de Planificación Pública y Popular; de la Jurisdicción Especial de la Justicia de Paz Comunal; y para la Gestión Comunitaria de Competencia, Servicios y Otras Atribuciones.

Apoyados en las estructuras comunitarias creadas por la Revolución, más de 44.000 Consejos Comunales creados por el pueblo desde 2006 en adelante, y más de 1.300 Comunas construidas hasta finales de 2015 (http://www.mpcomunas.gob.ve), ha sido posible paliar la embestida de la guerra económica desatada por la burguesía contra el pueblo, a través de instrumentos como los Claps, concebidos no como instancia para la entrega de alimentos a la población como parte de una “política populista”, como han querido hacerla ver quienes los critican, sino como mecanismo de activación del Poder Popular para el ejercicio de nuevas formas de autogobierno.

Por eso se ha podido avanzar hoy en la iniciativa emprendida por el Comandante Chávez en 2010, con la creación de la Misión de Justicia Socialista, “Para ir a conformar las casas de Paz, para ir a llevar los fiscales, los jueces y la seguridad armada a las comunidades de los Cuadrantes de Paz. Para ir a formar a los Consejos Comunales en una nueva visión de justicia, para ir a construir realmente la paz territorial”, tal como lo afirmara esta semana el presidente Nicolás Maduro en la instalación del Año Judicial 2017.

Para Chávez, el Socialismo Bolivariano del siglo XXI, no debe ser calco de ningún otro modelo existente o intentado en el pasado, no por hedonismo ideológico de ningún tipo sino porque la idea era avanzar hacia una nueva sociedad sin reproducir los errores del pasado.

Ello obliga a una transición ardua y compleja, que la crisis del precio del petróleo y la guerra económica desatada por la derecha contra el pueblo acentúan y hacen más pesada. Pero que en modo alguno significa que no se está trabajando.

Quizás, en forma autocrítica, habría que aceptar que probablemente no se ha comunicado al pueblo de manera efectiva la complejidad de un proceso tan exigente como el de la transformación que la Revolución Bolivariana comprende, ni la significación histórica y sustantiva de los alcances logrados en la construcción del Estado Comunal al que se aspira.

Una tarea comunicacional impostergable que en efecto pareciera estar cada vez más pendiente.

@SoyAranguibel

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