Periodistas defensores de CNN; abogados de la sumisión

Por: Alberto Aranguibel B.

En nombre de la libertad, la democracia y la defensa de lo que ellos llaman “el estilo de vida norteamericano”, los Estados Unidos ha perpetrado las peores atrocidades contra los derechos humanos y la soberanía de los pueblos.

En su propio suelo, esa nación ha estado asolada durante siglos por la inclemencia de un brutal racismo, que hoy coloca nada más y nada menos que en la jefatura del Estado a uno de sus más energúmenos y connotados exponentes.

El anticomunismo, una guerra de verdadero terrorismo sicológico ejercida también en nombre de la libertad y los derechos humanos por los sectores dominantes del gran capital norteamericano contra su propia sociedad, no menos salvaje como cultura que el racismo que ahí se practica, es sin lugar a dudas mil veces más abyecto que todo aquello de lo que el propio imperio ha acusado durante décadas a los regímenes fascistas contra los cuales dice luchar.

La demencial carrera de los organismos militares y de seguridad de la que se presenta a si misma como “la nación más amenazada” del mundo, supuestamente para erradicar el terrorismo, lleva a ese país a ejecutar una destrucción sistemática de pueblos y hasta civilizaciones enteras a lo largo del planeta, infinitamente mayor que la muy eventualmente causada por el terrorismo. Ese genocidio institucionalizado hoy por los Estados Unidos en el mundo a través de su brazo legitimador, la OTAN, se libra también en nombre de la libertad, la democracia y los derechos humanos.

La presentación de esa atroz realidad como una serie de acontecimientos naturales inocuos que no entrañan peligro alguno para la sociedad ni violan principios éticos ni legales de ningún tipo, sino que, por el contrario, en la medida en que su tratamiento por parte de las grandes corporaciones de la información como simple mercancía de entretenimiento los convierten en un activo cultural más para el común de la gente, corresponde a estructuras mediáticas perfectamente desarrolladas para servir específicamente a los intereses del gran capital en su afán de asegurar el respaldo de la sociedad a su modelo económico del libre mercado.

Hoy por hoy las guerras y sus causas o justificaciones no son debatidas en los escenarios del intercambio multilateral entre las naciones de acuerdo a sus intereses geoestratégicos o políticos, sino que son presentadas al mundo por esas corporaciones mediáticas como productos pre digeridos según el criterio de esos consorcios que al espectador solo le es permitido percibirlos como simples hechos consumados.

Lo que se debate en el mundo actual en los escenarios de la multilateralidad diplomática de las naciones, es entonces lo que resulte como necesidad de cada país a partir de su posición en el contexto noticioso mundial. La noticia que tenga mayor impacto en la sociedad será siempre la determinante o desencadenante de los nuevos acontecimientos. De ahí la importancia de primer orden que adquiere el medio de comunicación en el entramado de las superestructuras de la dominación. Utilizar el hecho noticioso para convertirlo en instrumento discursivo que sirva a esos intereses corporativos, es la tarea más urgente e impostergable para la hegemonía dominante hoy en el mundo.

Ese producto es lo que se conoce hoy en día como “información”; hechos procesados desde la óptica del poder del gran capital tras el medio de comunicación por el inmenso plantel de periodistas y comunicadores de las más diversas especialidades y categorías informativas, que sirven a su empleador como auténticos soldados de un gran ejército de asalto para tratar de imponer el neoliberalismo en el mundo.

Quienes emprenden hoy sus airadas protestas contra la disposición cautelar del Estado venezolano de suspender las transmisiones de la cadena de noticias norteamericana CNN en Español en Venezuela, en virtud de su ataque sistemático a la democracia de nuestro país, al derecho de nuestro pueblo a la paz y a la tranquilidad, a la soberanía nacional y a la legitimidad del gobierno bolivariano, lo hacen argumentando la defensa de la libertad de expresión y en apoyo al derecho de información que supuestamente se le estaría violando a la ciudadanía con la medida, usurpando una vez más los derechos de la sociedad en busca del aprovechamiento de los mismos en beneficio de los dueños de esas grandes corporaciones mediáticas y del sistema capitalista imperante.

En particular, llama poderosamente la atención que gremios de profesionales del periodismo como el Colegio Nacional de Periodistas (CNP) y el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP), sean los primeros en denunciar la medida, cuando se supone que su razón de ser debiera estar orientada precisamente a velar por los intereses de sus agremiados frente a los atropellos del patrono, erigido cada vez más en una poderosa estructura de poder pretendidamente universal y omnímodo cuya voracidad le ha convertido en la más infernal maquinaria de acumulación de riqueza que haya conocido la humanidad, al reducir el control de las casi tres cuartas partes (3/4) de la riqueza mundial a manos de un escaso uno por ciento (1%) de la población. Una apropiación de la riqueza que surge fundamentalmente del control de los medios y de su poder de manipulación de la realidad.

Poder que se demuestra precisamente en la condición rastrera de quienes abogan por el opresor siendo apenas asalariados suyos, al servicio de un interés que jamás podrá ser el de la sociedad porque no emana de ella bajo ninguna forma de expresión soberana del pueblo, sino que deriva del poder del dinero y de su naturaleza perversa y depredadora.

Con su ardorosa defensa de los “derechos” de una corporación mediática cualquiera que esté al servicio del gran capital, los periodistas de esos gremios dejan claro ante el mundo que en su ejercicio regular como trabajadores de la información no son profesionales de la verdad (como algunos llegan temerariamente a sostener) atenidos a principio ético alguno, sino que, tal como lo sostenemos desde la Revolución Bolivariana, son más bien indignos abogados de facto y a la vez artesanos de la urdimbre de la mentira en la que se sustentan hoy esos medios y en definitiva el capitalismo mismo en el mundo.

Más aún si esas corporaciones, como es el caso de CNN en Español, fomentan de manera recurrente la desestabilización, la ingobernabilidad y el estallido social, con el único objetivo de provocar el derrocamiento de un gobierno legítimamente electo, tal como ha sido su práctica sostenida contra Venezuela. Es colocarse abiertamente en contra del débil, del desposeído, del que sin tener acceso a medio de comunicación alguno es víctima insalvable de la manipulación y la tergiversación que desde el medio emana. Es decir, es colocarse en contra de las grandes mayorías de la sociedad.

Surge así de nuevo la impostergable necesidad y el sentido clamor de los pueblos por la democratización del medio de comunicación, a través de un proceso profundamente revolucionario que trascienda los linderos culturales de esa misma pléyade de comunicadores formados bajo la lógica burguesa de la comunicación, y que dé paso definitivo a nuevas formas, nuevos códigos, nueva narrativa, bajo una nueva y más humana concepción del universo.

El filósofo Fernando Buen Abad nos alerta y nos orienta en esa dirección.

 “La Revolución de la Comunicación –dice Buen Abad- debe radiografiar los huesos mismos de toda estructura de comunicación, explorarlos críticamente, desde sus entrañas. Ya la anunció Nicolás Maduro y es indispensable que empujemos entre todos, que hagamos nuestra tal batalla, que ayudemos y nos ayudemos a aprender. Inventar o errar al lado de todos los pueblos. Levantemos continentalmente la bandera de la Revolución de la Comunicación que tiene un futuro magnífico, nadie puede hacerse sordo, todos estamos obligados a levantar la voz.

¿De qué manera hay que explicar lo importante que es la convocatoria de Nicolás Maduro a una Revolución de la Comunicación armada con cuantos medios sea necesario para liberar a la humanidad de todo aquello que la hace prisionera en los límites de sus más elementales necesidades? Habrá que disponer de los mejores logros tecnológicos y las mejores experiencias sociales para convertirnos en militantes de la verdad, transformadores revolucionarios de la conciencia para la creación de una sociedad sin clases, sin propiedad privada. Revolucionarios de la Comunicación militantes en la ciencia, la educación, la tecnología… la poesía, para activar todas las fuerzas sociales en la resolución de los problemas de la vida práctica.”

Esa revolución empieza por ejercer la plena soberanía sobre nuestro espectro radioeléctrico. Tal como lo hace hoy el Gobierno revolucionario del Presidente Nicolás Maduro en nombre de nuestro pueblo.

@SoyAranguibel

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