De propinas y de limosnas

Por: Alberto Aranguibel B.

Hay temas tan confusos para la gente de la derecha que la mayoría de las veces suponen que con ellos acorralan a los revolucionarios y logran algún tipo de triunfo ideológico, cuando en realidad los atrapados son ellos mismos.

Es común en las filas opositoras escuchar a alguien celebrar como un triunfo del capitalismo (y como supuesta evidencia de la farsa que sería el socialismo) el que un chavista vista con alguna camisa de marca o porte un celular de determinado modelo de alta gama.

Por su propia ineptitud y profunda ignorancia, no entienden que los revolucionarios no estamos enfrentados a un celular o a una camisa sino al capitalismo, y al imperialismo que lo promueve, como formas de enajenación del ser humano que explotan al trabajador para producir la riqueza y los lujos que unos pocos ostentan.

Como esos mismos celulares de marca y esas camisas que los capitalistas fabrican en China pagando salarios de esclavitud que ni siquiera en los EEUU les aceptaría ningún trabajador.

Colocan como inmoralidad que un revolucionario use tal o cual prenda, cuando la verdadera inmoralidad es la apropiación inescrupulosa que hoy en día hace la mayoría de la clase pudiente de esa derecha farsante con los beneficios que la revolución, con el mayor esfuerzo que gobierno alguno haya mostrado jamás, le tiene destinados al pueblo, como los vehículos chinos, los equipos electrónicos y de línea blanca para el equipamiento del hogar, y los subsidios a la educación, la salud y la alimentación.

Son farsantes porque, beneficiándose más que nadie con las políticas del gobierno, pretenden sin embargo derrocarlo, únicamente por su arrogancia de clase pudiente que no acepta que el pueblo mande.

Para ellos el pobre tiene derecho solo a las limosnas que la gente de poder adquisitivo, como un acto de expiación de culpas, pueda eventualmente regalarle.

Por eso la difusión tan extendida hoy en día en Venezuela de la propina. Un insulto más de la gente adinerada contra el pueblo, que en realidad no es sino una limosna que se aprovecha de la necesidad del pobre al fomentar la perversa cultura del rebusque y del desprecio al trabajo en la que el rico ve realizada su superioridad de clase.

La propina, hay que decirlo, no es justicia social. Es vejación del ser humano.

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