Entre yuca y percepciones

Por: Alberto Aranguibel B.

La más irrefutable demostración de la inviabilidad del modelo capitalista para resolver los problemas de la humanidad, es su obsesivo empeño en destruir todo modelo alternativo, ya no solo económico o político, sino incluso religioso, que pudiera existir sobre la tierra como resultado de la legítima aspiración de la sociedad a procurarse por voluntad propia el destino de su preferencia.

Bajo el aura de nobleza que el ser humano le imprimió desde siempre al carácter emprendedor del deporte en la búsqueda de la superación personal del individuo, el capitalismo toma para sí el concepto de la competitividad y lo utiliza como justificación de su abominable modelo de destrucción del prójimo en función de su muy particular beneficio.

La “libre competencia”, tal como se denomina a esa abominación en la lógica capitalista, no es sino la fachada de un esquema perfectamente definido en el que la superación de unos está determinada por la capacidad de rebasar a otros en términos ya no de la cualidad o cantidad de atributos y beneficios que los productos de las empresas puedan tener sobre aquellos fabricados por sus competidores, sino por la efectividad de sus estrategias de obstrucción y, en definitiva, de exterminio de los mismos.

En esa barbarie, toda opción es un arma válida y valiosa. En el ámbito del mercadeo de productos de consumo masivo todas ellas son utilizadas de manera exhaustiva más que en ningún otro escenario. El consumo masivo provee al sistema financiero más del 80% de la liquidez de dinero real (M2, se le denomina en economía) que se mueve en toda economía, porque es el que surge del salario del trabajador, convertido hoy en consumidor gracias a las reglas del modelo neoliberal imperante.

Guiados por ese inmoral principio, los directivos de dos de las más grandes empresas del mundo protagonizaron en 1985 uno de los episodios más escandalosos de la historia corporativa, conocido como “La Guerra de las Colas”, en el que los gigantes Pepsi y Coca-cola, se enfrentaron a muerte a un costo de billones de dólares, virtualmente lanzados al cesto de la basura gracias a la demencial carrera entre ambas por destruirse mutuamente. Suceso que afectó no solo la estabilidad de la más importante industria de refrescos del mundo sino que impactó incluso el sentido de patriotismo de los norteamericanos.

El lanzamiento de la fórmula “New Coke”, con el que la Coca-cola respondió a la agresiva campaña “Pepsi Challenge de su competidor, que le hizo descender del 60 al 22 % del mercado en pocos meses y perder más de dos billones de dólares en el proceso, fue considerado por un alto porcentaje de consumidores norteamericanos como el equivalente a “un escupitajo a la bandera norteamericana”, aun cuando inicialmente la aprobación del nuevo sabor fue casi unánime, razón por la cual el producto hubo de ser retirado de la venta apenas a días de su lanzamiento para reponer en los anaqueles la presentación clásica del mismo.

Investigaciones realizadas entonces determinaron que la animadversión del público no se debió al nuevo sabor sino a la modificación del envase tradicional, y que se estaba en presencia del fenómeno de sesation transference descrito medio siglo antes por Louis Cheskin, quien demostró que el cerebro humano reacciona de tal manera a los códigos visuales con los que está familiarizado (diseño, colores, forma, etc.) que su alteración puede afectar incluso el sentido del gusto en el individuo.

Exactamente el mismo fenómeno que la guerra económica desatada por la derecha contra los venezolanos ha utilizado como parte de su armamento de destrucción de la credibilidad del pueblo en su gobierno y en su país. Michael Porter, ideólogo del corporativismo neoliberal norteamericano, ha sostenido desde hace décadas la tesis de la “competitividad de las naciones”, a las cuales se les podría aplicar según él exactamente la misma lógica depredadora del mercadeo.

La creación de percepciones basadas en falsos supuestos para modificar con ellas la conducta del venezolano y hacerle permeable al insustancial discurso neoliberal de la derecha, es uno de los frentes más intensos de la dura batalla de falsedades e infamias que libra el neoliberalismo hoy contra el país para intentar retornar al poder haciéndole creer a la gente que el chavismo es solo una alteración accidental e inconveniente del curso natural del modelo de sociedad al que se debe aspirar.

En el marco de esa guerra, que persigue crear mediante el desabastecimiento inducido de productos esenciales la sensación de desesperanza en la población, la gran empresa capitalista pretende que el venezolano no solo deseche su lealtad al proceso revolucionario, sino que se apegue a las marcas de los productos que cada una de esas corporaciones trasnacionales produce con materia prima importada de sus casa matrices y que pone a la venta en el nuestro a precios dolarizados.

Es por ello que la que padecemos hoy los venezolanos no se trata solo de una guerra económica desatada por un poderoso sector corporativo contra un gobierno en particular, sino de todo un sistema económico contra una nación y sus posibilidades de soberanía económica y de autoabastecimiento. Algo que Chávez visualizó con proverbial claridad ideológica cuando se planteó la lucha contra el Alca.

El caso de la intensiva campaña contra uno de los alimentos fundamentales en la dieta autóctona del venezolano, como lo es la yuca,  puesta a circular en los últimos días a través de las redes sociales, medios de comunicación y declaraciones de todo tipo por parte de los sectores más miserables de la oposición, es solo una muestra de esa brutal guerra que va mucho más allá del ataque al chavismo y que en definitiva no es sino contra el país en general.

Mediante la infame campaña (iniciada ya a finales de 2014 con el intento desestabilizador de MacDonald’s utilizando las papas fritas que supuestamente el gobierno no le permitía importar y que luego se comprobó que era toda una manipulación para generar zozobra) se afirma que la yuca es altamente venenosa y que quien la ingiera podría estar expuesto incluso a la muerte por intoxicación con un componente natural del tubérculo. La yuca, como se sabe, es parte esencial de la dieta en casi todos los países del continente desde mucho antes de nuestros orígenes como Repúblicas, pero la alarma es desatada solamente en nuestro país, a partir del terror que causa entre la gente la sal de ácido cianhídrico contenida en la yuca, al que “casualmente” es asociado el régimen nazi con el que la derecha ha querido comparar siempre a la revolución bolivariana.

La docente e investigadora de la Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela, Delia Polanco, afirma categórica que nada está más lejos de la realidad que la amenaza que se le vende hoy al país con un producto tan indispensable en la mesa de los venezolanos.

“Para nosotros -sostiene la experta en la materia- la campaña mediática contra la yuca amarga es parte de una guerra cultural incitada desde los intereses del agronegocio y la agroindustria contra las alternativas originarias y ancestrales que está buscando nuestro pueblo en la yuca y el maíz, ambos frutos de la tierra fundamentales en nuestra cultura alimenticia… somos hombres y mujeres de la yuca y el maíz”.

Así mismo aduce que, por el contrario, son los productos fabricados por esa gran corporación transnacional la que está plagando de enfermedades y padecimientos de salud a la población del mundo entero, como consecuencia de “prácticas agrícolas y de comercialización asociadas a los alimentos globalizados para preservarlos en sus kilométricos viajes; todos los estándares utilizados por esa industria son para satisfacer esa cultura de producción y consumo corporativa”.

Nos recuerda la Dra. Polanco la infinidad de casos en los que esas toxinas generadas por la agroindustria han desencadenado en la actualidad las más importantes pandemias en el mundo, como las muertes ocasionadas por pepinos contaminados en Europa en 2011 con la bacteria Escherichia Coli; la crisis de las vacas locas; la de aftosa; los pollos con dioxinas; las carnes saturadas con antibióticos y hormonas; cereales con aflatoxinas; leche contaminada, entre otros.

La saña del gran capital de las trasnacionales de los alimentos contra nuestro país no tiene límites porque su signo es la inmoralidad. Es decir, su vocación es estrictamente crematística, como lo manda la filosofía capitalista, y de ninguna manera estará sometida en el mundo neoliberal al interés del ser humano ni mucho menos al derecho de éste a su propia autoctonía alimenticia.

Generar el hambre y la miseria que genera a su paso es quizás el más repugnante ángulo del capitalismo. El otro, sin lugar a dudas, es pretender hacerle renegar al pueblo de sus más queridas y valiosas creencias y tradiciones culturales.

@SoyAranguibel

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