Los “equilibrios comunicacionales” del capitalismo

Por: Alberto Aranguibel B.
(Foto: AAB)

El periodismo neoliberal de hoy en día es la forma más fraudulenta de la comunicación jamás conocida por el ser humano. El periodismo revolucionario, por el contrario, es, y ha sido siempre, esencialmente honesto.

El periodismo neoliberal no puede existir sin la catástrofe, a la que debe convertir de manera permanente en espectáculo noticioso. Su base es el sensacionalismo. Porque el sensacionalismo, la muerte estrepitosa, el crimen escandaloso, los terremotos y los huracanes infernales, venden mucho más periódicos que las ideas. Ese es el placer por la noticia como insumo vital que los medios han fomentado en la gente.

En cambio el periodismo revolucionario se ocupa de difundir un pensamiento liberador, a partir de la siembra de la esperanza, generalmente basada en el raciocinio y la argumentación acuciosa de las ideas y de las propuestas de transformación de la sociedad. De eso se ocupa fundamentalmente el periodismo revolucionario.

Para el periodismo neoliberal, la democracia tiene que ser absoluta y totalitaria. No puede existir una forma de expresión distinta a la que pretende imponer el pensamiento único del neoliberalismo. Su visión de la democracia es la de la supremacía de su modelo y el exterminio de cualquier otra forma de comunicación que pueda surgir de las entrañas de la sociedad.

Por eso el imperio norteamericano cataloga de dictadura a todo régimen soberano del mundo en el que los medios no estén al servicio de los lineamientos editoriales de las corporaciones mediáticas norteamericanas.

Por eso Julián Assange y Edward Snowden, entre muchos otros a los que el imperio denomina “agentes enemigos”, son perseguidos y amenazados incluso con la pena de muerte, por el solo hecho de difundir cualquier información que no le convenga al modelo de la dominación imperialista.

Por eso los periodistas neoliberales que sí sirven a los perversos intereses del gran capital inventan sin la más mínima vergüenza las burdas historias de supuestas persecuciones de las cuales serían ellos víctimas en cualquier parte donde no puedan imponer a su antojo la falsa realidad del universo que la mediática neoliberal necesita para sobrevivir.

Como acaba de suceder en Ginebra esta misma semana, durante la presentación de Venezuela en la segunda fase de exposiciones ante el Consejo de Derechos humanos de la Organización de Naciones Unidas (ONU), en el llamado Examen Periódico Universal, en la cual una cantidad de organizaciones no gubernamentales (es decir; que no han sido electas por nadie, sino que son creadas y financiadas abiertamente a expensas del Departamento de Estado norteamericano) intervino para acusar al gobierno revolucionario del presidente Nicolás Maduro Moros, por la supuesta agresión a cientos de periodistas, entre muchas otras acusaciones vertidas por los inefables voceros del neoliberalismo que con tal finalidad se presentaron en ese escenario.

La denuncia pública contra los gobiernos es una noticia altamente rentable para la prensa. Hacerse la víctima es buscar mover la fibra más sensible de la sociedad a su favor, porque los pueblos del mundo entero han sido históricamente oprimidos por los sectores dominantes que los han gobernado. Se capitaliza siempre, en cualquier acusación contra los sectores políticos y gobernantes en general, el repudio que la misma prensa ha estimulado a través del tiempo en la sociedad apoyándose precisamente en la naturaleza inhumana de los regímenes neoliberales que mayoritariamente han prevalecido en la sociedad contemporánea.

De tal manera que el grueso del trabajo de manipulación que persiguen hacer los periodistas que se colocan a las órdenes de los promotores del neoliberalismo está ya casi plenamente hecho. Solo que bajo la premisa de la afectación que tales ataques a los gobiernos llegan a hacer contra el modelo neoliberal, las denuncias terminan por diluirse en acusaciones particularizadas contra algún empresario como eventual dueño de medio, pero jamás contra el modelo económico y social en el que se sustentan.

Cuando se trata de un gobierno revolucionario, es infinitamente más fácil sensibilizar a la gente con la victimización de la cual la prensa neoliberal se hace a sí misma protagonista, porque en la mediática neoliberal que auspicia la derecha internacional, los procesos revolucionarios han sido satanizados de manera persistente desde hace más de un siglo. Es decir, en este caso el trabajo está más que adelantado y es perfectamente capitalizable a través de cualquier campaña de denuncias, incluso sin la más elemental prueba que permita verificar las siniestras urdimbres de los periodistas neoliberales.

El periodista neoliberal se finge demócrata. El periodista revolucionario lo es. El periodista neoliberal no llega al medio en el que labora producto de la designación por parte de una autoridad debidamente electa por el pueblo en elecciones libres y democráticas, como por ejemplo el Presidente de la República o los ministros que éste a su vez designe gracias a las atribuciones constitucionales de las que está investido, sino que su posición en el medio de comunicación siempre está determinada por la decisión de un empresario al cual la sociedad ni siquiera conoce en la mayoría de los casos.

El periodista revolucionario es demócrata por antonomasia, porque su labor está determinada por el interés de la justicia social y el derecho del pueblo a darse el gobierno de su preferencia. Su tarea es verificar en todos los ámbitos donde se produzca la noticia, que la misma sea transmitida a la ciudadanía ajustada a la veracidad real de los acontecimientos y no a la conveniencia particular del dueño de uno o de otro medio. No manipula sino que contrasta. No tuerce los acontecimientos sino que los comunica. Es decir, respeta y enaltece con su ejercicio la correcta definición de Comunicador Social.

El periodista neoliberal no solo se presta para la jugada artera de los ataques con falsedades contra quien le ordene su capataz, el dueño del medio de comunicación, sino que contribuye en la campaña de tergiversaciones con su aporte más decidido porque ha sido educado en la mentira y en la infamia como instrumentos de lucha y en ellas basa su desarrollo profesional. Infinidad de columnistas que surgen del periodismo neoliberal y no de las luchas sociales en el barrio, son la demostración palpable de esa tragedia de la comunicación capitalista. La permanente riña entre la ética y el confort o el prestigio que brinda el dinero, al que no le importa el dolor o el sufrimiento del pueblo.

Esos periodistas neoliberales, que lloran el cierre de medios que atentan contra la paz de nuestro pueblo y que conspiran contra la legitimidad constitucional de nuestro gobierno, son ya no cómplices del atentado a la verdad que desde esas grandes corporaciones transnacionales se hace, sino que son actores esenciales y determinantes en la destrucción de la democracia venezolana y del mundo que se proponen los halcones del imperio norteamericano en su afán de dominación planetaria.

Son los que fueron a intentar mal poner a nuestro país en Ginebra esta semana, hablando de cientos de periodistas supuestamente agredidos en Venezuela, cuando en realidad no existe ni siquiera un solo venezolano, revolucionario u opositor, periodista o no, que pueda avalar tan atroz infamia. Son falsas de toda falsedad las denuncias de atropello al periodismo o a la libertad de expresión en Venezuela, y ellos, los periodistas neoliberales, entreguistas y serviles como son, lo saben y no pueden negarlo bajo ningún respecto.

A su propio fracaso le llaman “ataque del gobierno”. A su ineptitud le dicen “persecución”. A su incompetencia la denominan “violación de derechos”. En todo lo que demuestra su incapacidad son víctimas y necesitan apoyo. Apoyo que se traduce siempre no en aseguramiento o restitución de los derechos supuestamente vulnerados, sino en beneficios fiscales de algún tipo, trato preferencial en asignación de divisas, o impunidad en su afán conspirativo.

Exigen el cese de la (por ellos denominada) hegemonía mediática del Estado, cuando son ellos quienes secuestran el medio de comunicación para ponerlo exclusivamente al servicio de los poderosos. Decenas de canales de televisión privados, entran cada vez con más fuerza en los hogares de hasta el más apartado rincón del planeta, sometiendo a cada vez más gente a los dictámenes de un neoliberalismo cruel e inhumano que solo procura saciar su sed de dinero hasta el infinito sin importar el hambre o la miseria que a su paso genere.

Es ese el equilibrio informativo que demandan en los escenarios del mundo. Es esa la conquista que pretenden en su afán de derrocar al gobierno revolucionario; imponer la libertad absoluta del modelo servil que pregona el periodismo neoliberal asalariado del imperio a hacer con la verdad lo que le venga en gana sin que exista ni siquiera la más mínima posibilidad de verse sometido a Ley o pacto social alguno.

Es el equilibrio perverso por el que clama la oligarquía capitalista hoy en el mundo.

@SoyAranguibel

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