Dramaturgia de la decadencia

Por: Alberto Aranguibel B.

“Donde quiera que haya sociedad humana, el incontenible espíritu de la actuación se manifiesta”
Brett Bailey

Dramaturgia, según el Diccionario de la Real Academia Española, es la preceptiva que enseña a componer obras dramáticas. Es decir, el arte de sistematizar de manera didáctica la forma específica de un texto ideado para su representación teatral, completamente diferente en su estructura a la composición literaria propiamente dicha.

Acepta igualmente que es el conjunto de obras de un determinado autor, época o lugar, cuya orientación dé como resultado una propuesta o contenido del tipo dramático.

Y la define como la concepción escénica para la representación de un texto dramático.

Dramaturgo es, pues, un articulador de elementos (fundamentalmente un texto, pero también una escenografía, un determinado elenco, un lenguaje, una narrativa, un apoyo musical, luminotécnico, o hasta ambiental) que en conjunto constituyan el drama.

Como en las más diversas disciplinas del quehacer humano, en la dramaturgia hay figuras prominentes que deslumbran al ser humano con su talento a través de la historia, no solo en el teatro, como lo fue desde la más lejana antigüedad, sino en la televisión, en el cine y hasta en la radio.

Desde Sófocles, Eurípides, Aristófanes, hasta Tennessee Williams, Eugene O’neill, y el mismo Mario Benedetti, pasando por luminarias como William Shakespeare y Miguel de Cervantes Saavedra, son infinitos los dramaturgos de todas las nacionalidades y los tiempos que han trascendido gloriosos en el arte de impactar y conmover al ser humano con la grandeza de sus obras.

El eje central del drama fue desde siempre, por lo general, el ser humano y sus vicisitudes o padecimientos.

El amor o el desamor, las tribulaciones del alma, la existencia misma y la incógnita de la vida y el universo, persistió como temática escogida por los dramaturgos para hacer vibrar la fibra más honda de los mortales, porque es más fácil captar la atención y lograr las más grandes audiencias a partir de lo que atañe a los sentimientos comunes a todos por igual que aquellos asuntos que solo para algunos pocos resultan de interés.

Por eso ninguna obra de teatro versa sobre las imprecisiones de la alquimia o sobre la rara enfermedad de la filariasis (que se produce por la inusual expansión de los órganos que genera la proliferación de parásitos del grupo de la filaria en las regiones de temperaturas cálidas).

Bertolt Brecht, reconocido como el más grande dramaturgo del siglo XX, comprendió desde muy temprano que el teatro era el instrumento idóneo para comunicar la vicisitud humana desde una perspectiva que atañía por igual a toda la sociedad, como lo era la política. Su propuesta del “efecto de distanciamiento” (separación del público que buscaba un cambio de actitud y de comportamiento en el espectador para asombrarlo y hacerlo cada vez más reflexivo), más que una técnica estética llegó a ser considerada como una “medida social”.

La derecha venezolana, decadente y escasa como es, carece de figuras ni siquiera medianamente ilustradas en el quehacer de la política de altura, como es sabido, pero es mucho más deficiente en el arte de la buena dramaturgia.

Los dos o tres nombres a los que indefectiblemente recurre la oposición para elaborar su discurso antichavista e imprimirle el contenido conmovedor que pretende darle para intentar sensibilizar a la sociedad y hacerla presa incauta de su propuesta neoliberal (pero sin que lo parezca, por supuesto) suelen ser los mismos tecleadores de la verborrea insulsa y degradante de la telenovela venezolana en la cual ellos se graduaron de “intelectuales”, por el solo hecho de que en alguna ocasión fueron asistentes como dialoguistas de destacados escritores que, más por razones de su grandeza que por ninguna otra cosa, aceptaron eventualmente el reto de escudriñar el demonio televisivo desde sus entrañas, como José Ignacio Cabrujas, Salvador Garmendia o Carlos González Vegas, quienes sí fueron efectivamente intelectuales de la mayor dimensión y estatura, y a los cuales esos dos o tres “letrados” de la derecha se empeñan en deformar e insultar con sus pésimas imitaciones de usurpación, ya ni siquiera en las letras sino hasta en la gestual afectada de lirismo cursi y en el tono parsimonioso del habla que tan ridículo les queda.

Ante semejante tragedia (no griega, sino política) no se entiende entonces por qué razón la mediocre derecha venezolana se empeña cada vez más en basar su accionar no en el drama solamente, sino en el melodrama (que es la versión del drama maltrecho con la estulticia del fingimiento lagrimoso y la total insustancialidad de las ideas).

Desde las falsas enfermedades terminales que desde hace más de tres lustros utilizan como invariable cartilla de liberación carcelaria, hasta la falsificación de balazos a quemarropa mediante técnicas de maquillaje barato, la pésima simulación del sufrimiento ha sido la constante en el accionar de la oposición venezolana, porque la rectitud inquebrantable del Gobierno Bolivariano y de sus cuerpos de seguridad frente a la provocación de la violencia, se ha convertido en un obstáculo insalvable que obliga a modificar de manera sustantiva el guion que les ha sido ordenado desde Washington para provocar el estallido social que el intervencionismo imperialista requiere en su pretensión de asaltar el país.

La norma de la desobediencia ideada por el decrépito conspirador estadounidense Gene Sharp, quien pretende destruir la democracia planetaria desde la terraza de su cómoda vivienda en Boston, es seguida a pie juntillas por la derecha venezolana sin incorporarle ni el más mínimo aditamento a la receta desestabilizadora.

El eje central de la propuesta de “no violencia” que plantea Sharp es procurar la predisposición de la sociedad contra el Estado, haciendo aparecer ante los medios cada vez más víctimas del gobierno que se pretende deponer, mediante la aplicación de técnicas elaboradas y muy inteligentes de exacerbación del dolor y la indignación entre la gente, pero al menor costo humano posible (al menos entre las filas de los insurrectos).

El rasgo predominante de la dirigencia opositora venezolana, como se sabe, no es precisamente el de la inteligencia. Ni mucho menos el del patriotismo.

De ahí la imperiosa necesidad de apelar a los “dramaturgos” de utilería de los que disponen, ya no como creadores sino como simples orquestadores de escena de todo cuanto el guion del Golpe Suave que la Albert Einstein Institution dirigida por Sharp ordena.

Son ellos quienes, con los mismos lamentables rudimentos de los teleculebrones en los que se formaron como intelectuales de la derecha,  instruyen a sus líderes y a sus jóvenes en el arte del falseamiento de agresiones por parte del Gobierno, para que en la pantalla de los medios de comunicación la crudeza de la victimización sea lo más impactante y desagradable posible.

Por eso, por la mediocridad de sus dramaturgos de pacotilla, hay tanto muchacho gafo en la oposición que no cuida ni las más elementales formas de la falsedad, cuando en vez de mantener la farsa de la represión una vez tomada la fotografía o el video que el plan indica, terminan haciendo morisquetas frente a la Guardia Nacional Bolivariana, con lo cual son ellos mismos quienes derrumban por completo el tinglado de la mentira del totalitarismo y la dictadura que pretenden presentar como la realidad de Venezuela.

opositores Idiotas

Es la “generación selfie”, educada en el flirteo con la cámara como única e impostergable obligación existencial de su fatua cotidianidad, que termina inexorablemente seducida y dominada por las lentes antes que comprometida con idea alguna de lucha verdadera por las causas que su dirigencia debiera enarbolar, porque es esa dirigencia la primera que se anota en cada oportunidad en el casting inagotable de la falsedad y la mentira.

Procurar la fotografía que detone la activación de la Carta Democrática por la que tanto clama el cipayo Secretario General de la OEA, es tarea prioritaria para la derecha golpista venezolana. Pero las únicas imágenes que circulan masivamente por todos los medios son las de las agresiones de los manifestantes contra las y los agentes de los cuerpos de seguridad del Estado, y eso, por supuesto, les desbarata la escena de la “crisis humanitaria” que le venden al mundo.

No tienen argumento para su perverso plan de acabar con la democracia en Venezuela. Todo es teatro.. pero del más decadente.

Eso es todo.

@SoyAranguibel

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2 comentarios sobre “Dramaturgia de la decadencia

  1. Sin duda alguna camarada, su clara expresión muestra o retrata de una manera absolutamente transparente lo que de haber tenido su habilidad o talento literario habría querido decir. Es reconfortante escuchar la voz del pueblo en una hermosa exposición como la suya.

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