¿Y los “autocriticistas”, qué?

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando el Comandante Chávez decía que la autocrítica era no sólo válida sino necesaria, acotaba siempre con la mayor fuerza que la misma debía hacerse con lealtad.

Pero hubo quienes no lo entendieron así. E incluso ha habido los que hicieron expresamente lo contrario.

Quienes emprendieron desde el instante mismo de la partida física del máximo líder de la Revolución el ejercicio de lo que ellos arrogantemente denominaron “autocrítica”, como si alguna clase de emergencia apocalíptica que solo ellos podrían atender hubiese sido declarada, asumieron que había llegado el momento de intervenir para indicarle al Presidente de la República, de manera hasta insolente en algunos casos, qué era lo que tenía o no tenía que hacerse.

La lealtad a la que se refería Chávez no era la de los juramentos de sumisión o la de los retiros espirituales de los monjes budistas, como gritaron ofendidos a los cuatro vientos los “autocriticistas” que eran los escarnios a los que estaban siendo supuestamente sometidos por el Presidente Maduro y por la dirigencia del PSUV en aquel momento.

La lealtad de la que hablaba era la de la vigilancia que debía tenerse frente al impacto negativo que pudiera causar la práctica del cuestionamiento al voleo entre una militancia que por el solo hecho de formar parte de un movimiento revolucionario va a ser siempre propensa a la rebeldía natural del pueblo si no se preserva el sentido correcto de la disciplina militante.

Por muy esclarecidos que fuesen los argumentos de quienes elevaban su voz en público para hacer señalamientos o solicitar correcciones en el rumbo de la Revolución, el riesgo de la ancestral tendencia al divisionismo de izquierda obligaba a medir con la mayor cautela el sentido de la responsabilidad que debía asegurarse por encima de cualquier otro interés, en un momento de tanto dolor e incertidumbre como los que padecía entonces el pueblo por la partida física de su guía fundamental.

La mayor fortaleza del Comandante era su excepcional capacidad de liderazgo, es decir; de comunicación y contacto estrecho con las masas. Como líder sabía que la idea revolucionaria en sí misma no era suficiente para movilizar a un pueblo. Décadas de fracasos de la izquierda no solo en Venezuela sino en el mundo lo demostraban. Que el líder tiene que ser capaz de convertir esa poderosa idea de la transformación de la sociedad en instrumento que comunique redención y justicia social de manera lo más clara e inequívoca posible. Que la fragilidad de los proyectos revolucionarios radicaba por lo general en la confusión que los debates estériles podían hacer germinar entre la militancia, sobre todo cuando estos pretendían colocarse por encima del interés supremo de todo movimiento revolucionario, que no es ningún otro que el de hacer la revolución.

Y más aún cuando esas ideas tan sagradas para los revolucionarios son tan ferozmente atacadas, tergiversadas y distorsionadas por la derecha contrarrevolucionaria (y por infinidad de desviaciones de izquierda, como las trostkistas), tal como se ha evidenciado hoy más que nunca que pueden poner en marcha los mecanismos de desinformación y guerra mediática al servicio del imperialismo.

De ahí que el alerta que muchos hicimos en ese sentido no fuese nunca un llamado a desconocer el derecho de ningún camarada a expresar su punto de vista. Ni mucho menos una acusación de traición como se empeñaron en hacerlo ver hasta la saciedad. Jamás caímos, quienes recibíamos como respuesta a ese alerta que hacíamos el insulto y la descalificación (“sumisos” fue lo más lindo que se nos dijo entonces) por parte de quienes se presentaban como vestales del ideario revolucionario, en la provocación de la confrontación inconveniente que esa “concha de mango” divisionista entrañaba.

No eran muchos. Ninguno llegó a calzar jamás ni remotamente la talla del conductor de masas que hubiese podido desviar la atención de la militancia hacia opciones ilegítimas o improvisadas del chavismo. Ese no era el riesgo. Precisamente el carácter individualista, mezquino y oportunista que dejaban ver con su irresponsable actuación los presentaba como incompetentes para el compromiso del liderazgo revolucionario.

Pero, ante la falta física del comandante, la obligación no era la de hacer valer a rajatabla los puntos de vista particulares de cada quien, como está todo el mundo en su derecho de hacerlo, insisto, sino trabajar intensivamente por la cohesión de la militancia y por impedir el quiebre de su lealtad al proyecto, cualquiera fuese la propuesta o la visión que se tuviera a la mano, porque esa cohesión y esa lealtad alcanzadas por la revolución hasta ese momento eran definitivamente el único seguro de sobrevivencia y perdurabilidad real del proyecto. Por esa razón, Chávez colocó su llamado a preservar la unidad entre los revolucionarios como el clamor más imperioso de toda su reflexión del 8 de diciembre del 2012. Se trataba de un simple asunto de prioridad política. Algo en lo que tampoco nadie le ganó jamás a Chávez.

El más colosal barco jamás construido por el hombre hasta hace un siglo, el Titanic, no se hundió por el peso de su inmensa carga de pasajeros y equipos, sino por un pequeño boquete que el descuido de su tripulación permitió que se produjera en su estructura externa.

Impedir que a la Revolución se le abriera el boquete por donde se le introdujera a lo interno el germen del divisionismo (que la derecha empezó a trabajar desde mucho antes de asumir Nicolás Maduro la presidencia con frases como “Maduro no es Chávez”) era la prioridad.

Pero en ningún momento los cuestionamientos de la llamada “autocrítica” acusaban al imperialismo ni al modelo neoliberal por la ineficiencia del Estado burgués, sino al presidente Maduro.

En ese sentido era perfectamente claro que el eje medular del “autocriticismo” (“soy chavista pero estoy en desacuerdo con Maduro”) era el más pernicioso de todos los problemas o fallas que ciertamente pudiera tener la Revolución, porque se convertía en el boquete por el cual el pueblo chavista, en medio de las confusiones que la brutal arremetida de la derecha sembraba en la gente, podía encontrar no solo lícito sino correcto direccionar su malestar por la ineficiencia de ese Estado burgués que la Revolución persigue desmontar, ya no contra el capitalismo ni contra el imperio norteamericano (los verdaderos enemigos históricos del pueblo), sino contra el Presidente de la República y contra la dirigencia del partido fundamental de la revolución.

Era obvio que eso, en vez de ayudar a corregir, ayudaba a desestabilizar.

Por eso el triunfo de la derecha en las elecciones parlamentarias de 2015 es uno de los fraudes electorales más descomunales de nuestra historia política. Porque no se trató en ningún momento de un avance de los sectores contrarrevolucionarios en el sentimiento popular, sino de la desmovilización de una parte de la militancia revolucionaria que fue víctima circunstancial de la trampa de la derecha que le hizo creer por un momento que el causante de la especulación, el acaparamiento, el contrabando de extracción y la guerra económica que hoy padece el pueblo, era Maduro.

De no haber sido por ese revés coyuntural, surgido de las confusiones generadas en gran medida entre esa porción de la militancia por el discurso infamante y retaliador de esa autocrítica irresponsable que no midió jamás sus consecuencias, el país no padecería hoy la violencia incendiaria de un terrorismo que vio en esa desmovilización del pueblo la llegada de su hora.

En medio de su tozudez y de sus vetustos dogmatismos de bibliotecas enmohecidas, no faltará el “autocriticista” que quiera ahora explicar esa nueva oleada terrorista de la derecha no como la oportunidad que ese sector minoritario encontró en lo que erróneamente supuso un derribamiento del chavismo, sino como el resultado de las políticas del Gobierno que desde la comodidad de sus teclados cada uno de ellos denunció. Allá ellos con su consciencia.

La inobjetable verdad, que ha determinado la vigorosa reactivación de la fuerza chavista que hoy se desborda entusiasta y comprometida como nunca antes en todo el territorio nacional, es que hay un digno hijo de Chávez, tenaz e indoblegable, que no se ha dejado abatir por los enemigos de la Patria en su lucha por el proyecto de justicia y de igualdad social que encarna el modelo revolucionario bolivariano, como lo es Nicolás Maduro Moros.

Ahí está de nuevo el alma de Hugo Chávez palpitando incontenible en el corazón del pueblo junto a su Presidente, por encima de las mezquindades y las aventuras mercenarias de los diletantes y los filibusteros.

@SoyAranguibel

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2 comentarios sobre “¿Y los “autocriticistas”, qué?

  1. Lo felicito por el artículo camarada compatriota hay gente que no sabe diferenciar o el significado de primero lealtad y segundo democracia en mi humilde opinión entiendo la lealtad como usted lo acaba de escribir en su artículo y democracia como que la opinión de las mayoría prevalece aún cuando éstas sean erradas .

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