La falacia de la guerra responsable

Por: Alberto Aranguibel B.

En la historia de los ejércitos el uniforme no nace como fórmula para el establecimiento del orden jerárquico o el régimen disciplinario, sino como una necesidad de identificación clara de los integrantes de las fuerzas de distinto signo o territorio.

Por naturaleza propia el ser humano no es propenso a la violencia contra el otro salvo por razones de instintiva sobrevivencia. La violencia en la sociedad surge de la avaricia y la voracidad de los poderosos, los terratenientes o señores feudales, cuyo poderío se erigió precisamente a partir de la sed por la dominación territorial y de sus riquezas.

De ahí que los ejércitos no se concibieran inicialmente como fuerzas defensivas al servicio de la sociedad sino como medio para la ejecución del control y sometimiento de los pueblos por parte de los poderosos.

En ello, la persuasión (el temor a la autoridad de la fuerza armada) debía jugar un papel determinante, porque permitiría ejercer esa dominación sin necesidad de recurrir en una primera instancia a la violencia sobre la gente.

Pero una vez desatada la conflagración, saber con la mayor exactitud a cuál bando pertenecía cada quien en medio de las hostilidades, era definitivamente indispensable. Se trataba de la posibilidad de visualización clara de una masa coherente que pudiera ser cuantificada y movilizada con relativo orden y control desde los puestos de mando.

El uniforme vino a ser, entonces, en esencia, un medio de diferenciación entre civiles y militares.

Por eso se les llama “civiles” a las guerras entre los ciudadanos de una nación que terminan confrontándose mutuamente mediante la violencia para solventar sus diferencias de tipo político o ideológico, a pesar de que por su crudeza, crueldad y naturaleza anárquica, la civilidad sea lo que menos se consiga en tales guerras.

Precisamente por no obedecer a régimen disciplinario alguno, la guerra civil es la más cruenta y espantosa de cuantas puedan concebir las mentes guiadas por la sed de violencia.

Ciertamente la regulación de las guerras es quizás el absurdo más elaborado del género humano. Intentar darle un sentido de responsabilidad a la barbarie en vez de suprimirla es la declaración de la incompetencia suprema de la sociedad para evitar el infierno al cual sus mismos  integrantes la arrojan por no saber dirimir sus diferencias en paz.

Sin embargo, lo que conocemos hoy como el Derecho Internacional Humanitario, surgido como respuesta de las naciones a la crueldad de las guerras (tanto nacionales como internacionales), y que tiene su precedente más emblemático en el Tratado de Regularización de la Guerra firmado entre la Gran Colombia y el Reino de España por el Libertador Simón Bolívar y el Capitán Pablo Morillo, en 1820, viene a ser de alguna manera una fórmula de contención de los niveles de crueldad que podría alcanzar hoy el mundo en virtud de los avances tecnológicos de los que dispone la industria armamentista.

Pero son muchos los que difieren del verdadero espíritu de buena fe de las potencias que impulsaron en sus orígenes ese importante acuerdo común para la mayoría de las naciones, y que se resume en los llamados Acuerdos de Ginebra que desde 1949 son la referencia fundamental del derecho internacional en el mundo.

El principio humanista de la asistencia a los enfermos o heridos, del respeto y tratamiento adecuado a los que estén fuera de combate o que hubieran depuesto sus armas,  pareciera no ser lo único que mueve los intereses de los más poderosos alrededor del Derecho Internacional Humanitario.

En dichas confrontaciones los civiles que mueren por efecto de las bombas en escuelas y hospitales suelen ser el número más elevado de víctimas que no alcanzan a ser protegidas jamás por las Leyes. A ellas se les asigna la siniestra categoría de “daño colateral”.

Estados Unidos, por ejemplo, apela siempre al carácter supuestamente multidisciplinario de sus Fuerzas Armadas para llevar a cabo los más fastuosos despliegues militares cuando se le requiere en auxilio cualquier tipo de ayuda humanitaria desde cualquier parte del mundo, lo que conlleva una grave amenaza a la soberanía de las naciones, toda vez que por lo general se convierte dicha asistencia no en una operación de apoyo sino en una ocupación militar de territorio extranjero que de humanitaria no tiene sino el nombre.

Pero las guerras civiles, aún siendo guerras internas de los países, suelen ser también susceptibles de esa invasión a la soberanía, precisamente porque su razón de ser no es la de la lucha entre ejércitos de distintas nacionalidades, sino de sectores con posiciones ideológicas o políticas contrapuestas, por lo cual es normalmente aceptada la intervención en ellas de combatientes extranjeros identificados con uno u otro bando.

En Venezuela estamos hoy a las puertas de una guerra civil signada por la irresponsabilidad de quienes han promovido la insensatez del odio como instrumento de movilización política, con visos claros de un fascismo embrionario inoculado a la sociedad de manera sistemática, fríamente calculado para desatar una guerra no de pueblo contra ejército sino de pueblo contra pueblo.

La rectitud del Presidente Nicolás Maduro Moros en hacer valer el más riguroso respeto a los derechos humanos en el uso de la fuerza pública para contener las manifestaciones violentas, ha impedido que la oposición pueda sustentar ante organismos internacionales sus infundadas acusaciones de tiranía contra el gobierno, lo cual ha evitado la pretendida injerencia extranjera en nuestro territorio.

La estrategia de enfrentar pueblo contra pueblo (que queda perfectamente evidenciada en la persistencia en el llamado de los grupos violentos a la Guardia Nacional Bolivariana a desobedecer a la superioridad y abandonar así su función de orden público, a la vez que se ensaña en la persecución y procura de linchamiento de todo aquel que sea o parezca militante del chavismo) tiene el único propósito de propiciar el ingreso al país de fuerzas mercenarias que por lo general financia y están al servicio del Departamento de Estado del gobierno norteamericano o forman parte de las Autodefensas Unidas de Colombia (pero que no son de ninguna manera ejércitos regulares de nacionalidad alguna) con las cuales puedan invertir de alguna manera la correlación de fuerzas que hoy los tiene en desventaja frente al poder del Estado.

El deseo expreso de esa oposición terrorista es que el mundo perciba una realidad de guerra civil entre venezolanos, y que la frontera, en particular el Estado Táchira, donde concentra su accionar en la forma más intensiva, sea la puerta de acceso expedita para el ingreso de contingentes de vehículos 4×4 artillados, con decenas de mercenarios masacrando sin miramiento ni conmiseración a cuanto ser viviente se les atraviese en el camino, y que nos resultan tan familiares a través de las imágenes que desde hace más de una década vimos siempre en las noticias sobre Irak, Libia y ahora sobre Siria, bajo la simple denominación de “resistencia”.

Es así como se explica la inaudita desfachatez en el accionar de la dirigencia opositora que, sin importarle en ningún caso las decenas de cámaras que captan a cada instante tal atrocidad, aparece arengando y felicitando en todas las protestas a los grupos terroristas que atentan de manera indiscriminada contra instalaciones públicas (particularmente hospitales y escuelas) y contra la vida misma de las personas.

La orden ha sido dada. La señora Liliana Ayalde, jefa civil del Comando Sur estratégico de los EEUU, la ha impartido desde que se produjera su nombramiento en ese cargo en febrero de este año, fecha en que “muy casualmente” el Secretario General de la OEA, habiendo sido derrotado ya un año antes en ese mismo organismo en su pretensión injerencista contra nuestro país, retoma sus ataques contra Venezuela y la oposición venezolana activa sin justificación alguna su fase más irracional y violenta.

Solo le faltó anotar en su fallida ecuación la indoblegable gallardía del pueblo de Simón Bolívar, que atravesó miles de kilómetros de penurias liberando naciones en todo el Continente Suramericano, y que hoy emprende junto a su presidente Nicolás Maduro el venturoso sendero de la definitiva independencia de la Patria, bajo el signo de la Asamblea Nacional Constituyente como paso fundamental y decisivo para la consolidación del modelo de justicia e igualdad social que nos legó el Comandante Hugo Chávez Frías.

Por eso… ¡No pasarán!

@SoyAranguibel

 

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Un comentario sobre “La falacia de la guerra responsable

  1. Usted lo dice MUY BIEN camarada !La indoblegable gallardía del pueblo de Simón Bolívar + Chávez con PUEBLO YA MADURO! No Volverán JAMAS!

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