¿Es democrática una elección no partidista?

Por: Alberto Aranguibel B.

 La violenta reacción de la oposición venezolana a la convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente formulada por el Presidente Nicolás Maduro, pone una vez más de relieve la imperfección del modelo de democracia representativa que todavía hoy, luego de casi un cuarto de siglo de la profunda democracia participativa y protagónica que vive el país, la derecha pretende presentar como el modelo más conveniente para una sociedad como la venezolana.

Apenas pronunciada por el Primer Mandatario nacional la frase “Convoco a una Constituyente ciudadana, no una Constituyente de partidos ni de élites…” en su discurso del 1ro de mayo en la Avenida Bolívar de Caracas, la dirigencia opositora pegó el grito en el cielo para denunciar lo que de inmediato calificó de “fraude”, sin entrar ni en lo más mínimo en la esencia doctrinaria de la fórmula invocada por el líder de la Revolución Bolivariana.

Quienes de buena fe dudaron en un primer momento si la propuesta presidencial contaba o no con el debido sustento legal que le permitiera avanzar sin necesidad de llamar primero a Referéndum Consultivo, entendieron luego de las debidas explicaciones técnicas aportadas por los constituyentistas más calificados del país, que tal duda era completamente infundada.

Se trataba de una jugarreta más de la derecha golpista que pretendía capitalizar en esta oportunidad la campaña de difamación que difundió desde el 2015 hasta el pasado año, en la que acusaba al Presidente de negarse a un llamado a Referéndum que permitiera determinar si se revocaba o no su mandato.

Aquel Referéndum, concebido por la Constituyente del 99 como una herramienta para el ejercicio de la participación y el protagonismo del pueblo que nuestra avanzada Constitución consagra, es una opción pero no una obligación. Quien pretenda la revocatoria del mandato de los cargos de elección popular, en este caso el del Presidente, deberá cumplir primero con una serie de requisitos para lograr activar tal consulta. La oposición (aún a pesar de todas las triquiñuelas y marramucias que armó para intentarlo) no logró completar tales requisitos y el Referéndum no se activó.

¿Por qué no logró su cometido la derecha en esa oportunidad? Porque no contó con el respaldo de los electores en la recolección de las firmas. Porque no obtuvo ni siquiera apoyo del electorado para legitimar sus partidos políticos ante el CNE. Porque no tiene discurso ni propuesta que no sea el odio contra todo lo que tenga que ver con Chávez y el chavismo. Y eso no sirve para activar un Referéndum.

Por eso, entre muchas otras razones, la derecha venezolana se opone de manera tan inflexible a todo cuanto contiene nuestra Constitución como mecanismos de participación y protagonismo del pueblo.

Esas élites, que se habituaron en el pasado a la placidez de un sistema electoral diseñado específicamente para asegurar su control sobre las elecciones y perpetuar así el modelo de democracia representativa, no creyeron nunca ni remotamente posible que el pueblo pudiera alcanzar un nivel tal de madurez política que le permitiera escoger con criterio propio quiénes debieran ser sus candidatos y cuáles debieran ser los compromisos que estos asumieran en función del interés de los electores y no de las cúpulas partidistas.

Son muchas las razones que llevan al elector a tomar su decisión definitiva en cada proceso electoral. Pero en la mayoría de ellas, el partido político, componente esencial de la democracia representativa, considera que posee el más perfecto nivel de control a través de la campaña electoral y de la cultura eleccionaria que ella genera.

De acuerdo al estudio de Franklin Guzmán en su Manual de Campañas Electorales (1992), la decisión del voto para la mayoría de los electores está tomada desde mucho antes de la campaña electoral. Sólo un 30%, según él, sería susceptible de ser influenciado por el mensaje publicitario o propagandístico durante ese periodo, lo cual no significa que el 70% restante no amerite “reforzamiento” de su decisión en esa fase.

Ese 30%, que termina siendo el factor decisivo en todo proceso electoral, es el objetivo central de las campañas.

“¿Votan los electores ideológicamente, o por lo menos con cierto sentido clasista del voto? –se pregunta Guzmán- ¿Son capaces los electores de reconocer las ideologías subyacentes en los partidos y candidatos y asociarlas con los problemas del aquí y ahora? ¿Hay una relación lineal entre la ideología y el partido preferido con la decisión del voto? ¿Cómo se reproducen las identificaciones partidistas e ideológicas entre los votantes? ¿Qué factores marcan el comportamiento electoral por largo tiempo y cuáles por corto tiempo? ¿Qué puede hacer que el militante o simpatizante de un partido vote por otro partido en una elección determinada?”

Tal cantidad de inquietudes atormentó desde siempre a los partidos políticos en la medida en que veían avanzar la concientización del pueblo respecto de la verdadera naturaleza y causa de los problemas que agobian a la sociedad. Pero fue muy poco lo que hicieron para adecuarse a esa nueva realidad. Por el contrario, la profundización en la búsqueda de tecnificar cada vez más las campañas electorales para procurar someter al elector a su antojo fue lo que privó en el ánimo de esa élite partidocrática que solo veló por sus intereses particulares y jamás por los del elector.

A través del evento ferial en que los partidos de la derecha convirtieron el debate político durante la campaña, se banalizaron sistemáticamente los temas más relevantes para el elector, convirtiendo incluso el acto mismo de la votación en una suerte de competencia de trivialidades que solo contribuía al secuestro de la democracia que los partidos llevaban a cabo con esa idea de representatividad que jamás representaba al elector, quien, desvalido como estaba frente a aquel asfixiante sistema, terminaba creyendo que la absurda modalidad del llamado “voto cruzado” (una forma de votar por un partido con una tarjeta grande a la vez que votaba contra ese partido con una tarjeta pequeña en un mismo acto de votación) podría haber servido como recurso de salvación para el electorado.

La campaña electoral se convirtió en el Alfa y el Omega de los partidos políticos de la derecha y de sus candidatos, a tal punto que ya su propuesta discursiva es virtualmente inexistente. Tal como lo demuestra la constante variación (y contradicción en la mayoría de los casos) en el discurso del liderazgo promedio de la oposición venezolana respecto de los más diversos temas. Como por ejemplo el tema Constituyente, por mencionar solo uno, en torno al cual esa dirigencia ha pasado sin solución de continuidad desde la solicitud más empecinada y terca por convocar una nueva ANC, al más categórico y desvergonzado rechazo a tal posibilidad.

Fiel a esos principios de la democracia representativa burguesa, la oposición venezolana va a evitar siempre toda elección que sea una consulta directa al pueblo, en la cual no tenga cabida la convencional campaña electoral partidista donde pueda utilizar a su antojo la inmensa cantidad de recursos de la que dispone, su capacidad de movilización, sus poderosas corporaciones mediáticas, sus empresas encuestadoras y sus laboratorios de mercadeo político, para tratar de influenciar a los electores.

Pero en Venezuela no estamos construyendo hoy un modelo de democracia representativa, sino uno donde la participación y el protagonismo del pueblo son los activos esenciales.

Bajo esa visión, el llamado del Presidente Maduro es lo más irrefutablemente democrático que puede hacerse para convocar a una Asamblea Nacional Constituyente, gracias a una Constitución como la bolivariana que permite tal posibilidad por primera vez en nuestra historia, al facultar expresamente al Primer Mandatario para ello a través de los artículos 347, 348 y 349.

El viejo modelo electoral, de las tarjeticas de colores y de la insensata cultura del “voto cruzado”, gracias a Dios ya no existe. Fue superado por la revolucionaria concepción de la inclusión social que nos trajo el Comandante Chávez y que el presidente Maduro hoy pone de nuevo en marcha con la sectorización de la consulta popular a la que nos ha convocado, asegurando así la posibilidad cierta de que la voz del pueblo esté presente de manera directa en la construcción de la Patria a la que aspira.

Algo que será siempre posible solamente en Revolución.

 

@SoyAranguibel

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