¿Por qué la oposición necesita asesinar venezolanos?

Por: Alberto Aranguibel B.

Luego de largos años de desaciertos y reveses persistentes, la oposición venezolana logró determinar dónde exactamente estuvo la falla de Leopoldo López con su fracasada propuesta de “La salida”.

Una particularidad sorprendente de la forma de pensar de la oposición venezolana, es la recurrencia en llegar tarde a conclusiones sensatas a las que el chavismo arriba con total rapidez. Su empeño en oponerse a cualquier cosa que surja del chavismo es directamente proporcional a la vehemencia con la que, luego de transcurridos meses y años, defienden aquello por lo cual se oponían antes ardorosamente.

Así defendieron, después de oponérseles con la mayor furia, las máquinas captahuellas que se utilizan en el sistema electoral venezolano. Mucho antes, corriendo el año 2003, se habían rasgado las vestiduras en contra de la extensión del lapso para la inscripción de los nuevos votantes en el Registro Electoral Permanente (REP), aduciendo que era una treta del gobierno para inscribir colombianos que votaran por la revolución. Años después, la lucha opositora era por exactamente lo contrario, cuando exigía al Consejo Nacional Electoral que extendiera el periodo de inscripción de nuevos votantes, porque según ella, era inconstitucional impedir el registro.

Pero lo más emblemático de esa irracionalidad opositora es su contradictoria posición frente a los símbolos de la Patria. Despreciar como lo han hecho desde siempre a los Próceres de la Independencia, a quienes han acusado recurrentemente de bandoleros, asesinos y violadores, para presentarse ahora como “libertadores” (trajeados con el uniforme de Simón Bolívar, tomándose fotos en los monolitos que les rinden culto a nuestros héroes, etc.) es en verdad trágico. Ni que hablar del desquiciado corre y corre entre las siete y las ocho estrellas de la bandera nacional.

Igual a la impudicia de votar durante 17 años contra la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela, para ahora pretender presentarse como ardorosos defensores de ese texto al que han repudiado en todas las formas posibles.

No habían transcurrido ni cinco días desde el inicio de las acciones terroristas del plan “La salida” activado por Leopoldo López en 2014, cuando ya casi todo el país (más del 85%, según todos los estudios de opinión realizados entonces) coincidían en la desaprobación del método de las “guarimbas” como fórmula de protesta política. De un lado, el pueblo porque consideraba que eran una violación al libre tránsito de las personas y a la vida misma. Y por el otro los opositores, porque se percataron de inmediato que las barricadas ideadas por el líder terrorista no eran sino una agresión contra los mismos opositores que viven en las urbanizaciones de las clases pudientes del país.

El chavismo se cansó de decírselos, pero no lo creyeron.

Descubrieron, años después del fracaso de Leopoldo, que si no había gente del barrio para apoyar el intento golpista de la derecha contra el gobierno legítimo del presidente Nicolás Maduro, el gobierno no iba a caer. Que ni cacerolas ni guarimbas tumban gobiernos.

Fue ahí donde la derecha decidió emprender su plan de infiltración de algunas barriadas populosas del país mediante la importación de contingentes de paramilitarismo colombiano que pasaran a Venezuela bajo la fachada de desplazados, para así activar en la debida oportunidad la fase de “guarimbas populares” que pensaron iban a resolver las torpezas cometidas con “La salida”.

Pero la guarimba popular no cristalizó tampoco en 2017 y la derecha se ha visto en la necesidad de escalar a otro nivel en su guerra contra la Revolución Bolivariana. Los operadores políticos de la derecha (diputados de Primero Justicia y Voluntad Popular principalmente) decidieron convertirse en vulgares contratistas de malandros a sueldo para aparentar una revuelta popular mediante la violencia que compran o que intercambian por anfetaminas en los mismos municipios en los que gobierna la oposición, usando siempre los mismos 30 o 40 malandros que ella traslada de un municipio a otro como en una siniestra caravana de la muerte.

No han logrado imprimirle a su violencia el carácter de guerra civil que pretenden.

De ahí la necesidad imperiosa de incendiar toda oficina de organismos del Estado y de atacar con saña a todo aquel que medio les parezca chavista. Había que apelar al terror, ya no para movilizar a la gente, sino para impedir que ésta expresara su rechazo a esa demencial forma de protesta política y provocar así el silencio del pueblo mediante el terror.

Para el capitalismo, carente de una propuesta ideológica atractiva para los sectores mayoritarios de la población, excluidos y lanzados al hambre y la miseria precisamente por la dinámica depredadora que rige al sistema, la necesidad de la desmovilización popular es la tarea más apremiante e impostergable.

Michael Dobbs, quizás el más claro exponente del pensamiento ultraconservador de la actualidad, quien fuera Secretario General del Partido Conservador en Inglaterra a finales de los años ochenta y mano derecha fundamental de Margaret Thatcher, la creadora de la tesis del “Capitalismo Popular” que en Venezuela retoma, entre otros líderes de la derecha golpista, la inefable María Corina Machado, y de la cual deriva la lógica del “bachaqueo” como fórmula de enriquecimiento individual con la que se ilusiona a los  pobres, expresa mejor que nadie en el mundo esa ideología del terror como instrumento político.

“Ese es el secreto de los grandes hombres –dice Dobbs- Cuando un hombre tiene miedo de que lo aplastes, de que los destruyas por completo, su respeto siempre vendrá detrás. El temor más elemental siempre es embriagador, abrumador, liberador. Siempre es más intenso que el respeto. Siempre”.

Para la derecha la muerte no es solo un elemento estadístico necesario al servicio de la presión internacional contra nuestro país. Desatar el terror es para ella una forma expedita de lograr que la sociedad se sienta presa del pánico para hacerla ceder ante cualquier solicitud o deseo del terrorismo.

Por eso, frente a un pueblo que rechaza masivamente el modelo político de la barricada, que ha aprendido a organizarse para desmontarlas e impedirlas incluso en las zonas tradicionalmente más violentas, y que se niega a acompañar a quienes están cada vez más evidenciados como autores de la destrucción y la muerte, la derecha no ve otra alternativa que procurar que la barricada infunda por sí misma el temor que no puede infundir la gente con la que no cuenta. Si contara con gente que creyera de verdad en su proyecto fascista, sería esa gente la que estaría poniendo el pecho en la acción vandálica que le urge a la dirigencia opositora para crear la impresión de país al borde del abismo.

Pero no cuenta con ella.

Su objetivo entonces es crear la percepción de que quien intente desbaratar esas barricadas solitarias que proliferan hoy en los municipios gobernados por la derecha pudiera ser asesinado, para que a nadie se le ocurra ni siquiera acercárseles. En la falsa democracia fascista, esas barricadas solitarias sustituyen a la gente.

El pavor a la muerte en cualquier esquina producto de un disparo del francotirador dispuesto para tal fin por esa diabólica dirigencia, es la más cruda y brutal evidencia de las formas perversas en que operan quienes se saben sin respaldo popular en su demencial y antojadiza búsqueda del poder.

Así la comunidad afectada por ese infame método de presión social descubre progresivamente que aquellos a los que la derecha les decía que tenían que odiar, como los abnegados efectivos de la Guardia y la Policía Nacional Bolivarianas, son los verdaderos salvadores de quienes a partir de un determinado momento de sensatez y de cordura se ven en la obligación extrema de implorarles su auxilio y protección, después de semanas y meses de desprecio y de difamación sistemática contra ellos.

Una vez más los opositores llegan tarde a una verdad que no quisieron ver nunca en su momento.

Ellos, los militantes de la oposición que hoy se percatan de la ineptitud y la incompetencia de su propio liderazgo, son los primeros que debieran celebrar esa maravillosa posibilidad de Paz a la que invita el presidente Nicolás Maduro con su llamado a Asamblea Nacional Constituyente, y a la que ha convocado a todas y todos los venezolanos sin excepción ni distingos de parcialidad política alguna.

Se trata de una oportunidad única para corregir el desfase trágico que ha marcado la vida de esas venezolanas y esos venezolanos que a la larga terminan convenciéndose siempre de que la Revolución también es para beneficiarlos a ellos, y que también tienen derecho a una vida sin el tormento del terror en el que su dirigencia los ha sumido de la manera más cruel, injusta e inmisericorde.

@SoyAranguibel

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Un comentario sobre “¿Por qué la oposición necesita asesinar venezolanos?

  1. El 30 de JULIO iremos l@s CONCIENTES a VOTAR! Se verá si somos mayoría…si es así la Asamblea Constituyente definitivamente avanzará la revolucion que soñó nuestro Chávez. Si por lo contrario l@s SINCONCIENCIAS son la mayoría…pues que se calen OTRA VEZ 100 años mas de ASESINATOS, DESAPARICIONES, TORTURAS, PERSECUCIÓN, ETC…(YO YA con 60 años no lo viviré OTRA VEZ).

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