¿Por qué fracasa la derecha cada vez que intenta refundarse?

  Por: Alberto Aranguibel B.

Entre las acciones más delirantes que la oposición ha puesto en marcha en su nueva fase de locura terrorista, está la de impedir cuando le venga en gana que la gente vaya a trabajar y que los niños asistan a sus escuelas.

En el trance de encontrarse sin clases por culpa de las “guarimbas”, la hija de mi amiga Karen, de apenas diez años de edad, se halló hace días junto a las pocas compañeritas que alcanzaron a llegar al colegio, en el medio de la modalidad de un nuevo juego que sus amiguitas organizaban para recrear desde su muy infantil perspectiva lo que en la vida real sus padres venían practicando en las últimas semanas… ¡La barricada!

Como la hija de Karen fue la única que se atrevió a preguntar cuál era el sentido de aquel absurdo juego, que consistía solamente en amontonar las cosas en un lugar para luego no hacer nada, de inmediato fue designada por aclamación del grupo como la que haría el papel de “chavista”. El resto haría de “héroes de la resistencia”.

Siguiendo meticulosamente el ejemplo que les inculcan sus padres, el objetivo de la nueva diversión no era otro que insultar y lanzarle corotos a la hija de Karen, e impedirle pasar por encima de la hilera de bultos apilados en forma de barricada. Los gritos de “¡libertad, libertad!” completaban la pavorosa escena lúdica que llevaban a cabo, con la complacencia y la bendición de las monjas y las maestras del colegio que vigilaban el “correcto desarrollo” de la actividad “recreativa”.

En su comprensión de la vida, la burguesía asume el universo como el espacio dispuesto para el pleno desempeño de las élites pudientes y la penuria impostergable y sin solución de los menesterosos.

Las leyes destinadas a regir la vida de los primeros son las del mercado. Ellas deben consagrar siempre las más amplias libertades para el ejercicio del capital, sin restricción alguna que no sea la que dicte el poder del dinero.

Los segundos, los parias de la tierra, deberán atenerse a la incierta eventualidad de la vida después de la vida que prometen por lo general las religiones, y que la cristiandad en particular entiende como el eje doctrinario de su fe, pensadas exactamente para apaciguar la ansiedad de bienestar que pudieran atreverse a desear quienes no posean los recursos para obtenerlo.

Bajo esa lógica, agredir a un pobre no es delito. Amenazar tan siquiera de palabra a un burgués adinerado sí lo es. Y mucho. Por eso el contrarrevolucionario acepta como natural la incineración de chavistas a manos de las hordas opositoras, pero pega el grito en el cielo si a alguno de ellos se les levanta la voz tan siquiera.

El recurso argumental de esa derecha genocida en contra de la Revolución Bolivariana para justificar el talante fascista de su arremetida violenta contra el chavismo, es que el Comandante Chávez, a quien acusaron siempre de culpable de los desmanes que ella comete, habría venido a dividir a la población venezolana con un discurso de odio que habría alimentado la confrontación entre clases sociales en el país.

Una acusación que no es nueva en el lenguaje de la derecha venezolana, porque ha sido la muletilla de los sectores poderosos contra todo aquel gobierno que no les resulte en un momento determinado conveniente a sus intereses particulares como sector hegemónico en la sociedad.

En 1948, por ejemplo, en la declaración del partido social cristiano Copei con motivo del derrocamiento del presidente Rómulo Gallegos, se decía textualmente lo siguiente: “Dentro de lo social, pese a circunstanciales protestas de defensa de la paz social, el régimen se caracterizó por una siembra constante de odios para dividir la familia venezolana. El origen comunista de los principales dirigentes del Partido, se reflejó en la continua propaganda de la división y del odio social. Una crisis profunda en el terreno de la producción se hizo sentir cada vez más, a pesar de los pomposos planes de fomento, en razón de la intranquilidad social, repercutiendo en la elevación del costo de la vida y concluyendo por hacer ilusorias las ventajas adquiridas por los trabajadores. La calumnia, el insulto, fueron el arma constante de los agentes oficiosos. La administración de justicia fue integrada con el espíritu de hacerla progresivamente un instrumento partidista. Mientras para la exportación se utilizaban frases hermosas sobre la estructura democrática del régimen, cada vez corría más en el interior del país la voz de que en Venezuela no se haría otra cosa de lo que voluntariamente quisiera Acción Democrática. Era frase corriente entre ellos, la de que sólo «a plomo» dejarían el mando.”

Si se considera que eso, exactamente igual a lo que se dice hoy desde la derecha contra el gobierno revolucionario, se dijo hace setenta años, se comprende la farsa detrás de la infamia.

La masacre cometida contra los sectores más pobres de la sociedad el 27 de febrero de 1989, tuvo como elemento distintivo el acribillamiento de barriadas enteras a fuego de fusil y ametralladora, que llevó a la muerte a más de tres mil venezolanos indefensos.

Quienes sobrevivieron a la brutal andanada fue porque se apertrecharon como medio pudieron bajo sus camas, único rincón de sus modestas casas de cartón donde no alcanzaba a llegar la lluvia de balas con la que eran rociados por la cruel fuerza armada de la cuarta república.

Al contrario de aquel genocidio, la guerra desatada hoy por la burguesía contra ese mismo pueblo, consiste en ir a buscar a la Guardia Nacional Bolivariana, dónde quiera que ella se encuentre, para arremeter en su contra con la mayor saña mediante el uso de armas y explosivos caseros de todo tipo, mientras sus efectivos resisten estoicos el feroz ataque, solamente medio protegidos por un modesto escudo plástico y ungidos de su valor como abnegados servidores públicos de la Nación.

Para la derecha (una vez como gobierno y otra como oposición) no existe diferencia alguna entre una y otra batalla, porque en ambos casos se ha tratado siempre de la perpetua guerra de los ricos contra los pobres, a quienes el capital ha querido someter bajo el poder del dinero desde los orígenes mismos de la sociedad, tal como lo enuncia Marx en el preámbulo del Manifiesto Comunista.

Una lucha desigual no solo por la desproporción entre las enormes capacidades del rico frente a las muy limitadas del pobre para librar esa eterna contienda, sino por la injusticia que comprende el ensañamiento del opresor, el burgués capitalista, contra la sed de igualdad social del oprimido, el pueblo.

La noción de justicia social no es pues un escenario factible en la lógica de la burguesía, sino un camino maleable que el poder del dinero procurará siempre adecuar a su antojo y conveniencia.

Es lo que intenta explicarle a uno de sus terroristas a sueldo el diputado fascista Juan Requesén, cuando le vocifera desencajado por la narcosis que lo perturba frente a las rejas de la Base Militar de La Carlota: “¡Hoy no es día de esto, compa!”, porque la burguesía que él representa es la que debe decidir el cronograma exacto de la acción incendiaria para la cual ese lumpen al que le grita ha sido contratado.

Se trata del guion que la derecha nacional e internacional ha fraguado para acabar mediante el odio hacia los demás con un modelo humanista que el Comandante Chávez emprendió en el país y que hoy continúa el presidente obrero Nicolás Maduro con el acompañamiento de ese pueblo que la burguesía se niega a aceptar como dueño de su propio destino.

Es el odio que expresa la médica que convoca a sus colegas a asesinar mediante inyección letal a los pacientes chavistas. O la otra, también doctora, que arrolla con su carro a tres guardias nacionales porque ya no soporta ni siquiera verlos frente a ella. O el intelectual que invita a reventarle el cerebro a los chavistas lanzándoles materos desde los edificios. O la histérica que grita a los cuatro vientos en La Lagunita que prefiere quemar la ropa que ya no le sirve antes que regalársela a los pobres, porque ellos son los culpables de que Chávez haya llegado al poder.

De ahí que el patético “juego” de la guarimbita infantil que hoy les inculcan y les aplauden a sus hijos no es de ninguna manera una novedosa fórmula de educación en los principios y valores de algún capitalismo de nuevo cuño, sino la brutal demostración del fracaso de una doctrina de la dominación que no es capaz de ofrecer sino la trágica y eterna regresión de la derecha al vetusto e inservible modelo de exclusión y de desprecio que ha profesado desde siempre contra los pobres.

La derecha no puede avanzar jamás si no es apelando a la violencia porque su propuesta no es más que un eterno retorno al odio.

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3 comentarios sobre “¿Por qué fracasa la derecha cada vez que intenta refundarse?

  1. Nuestra Revolución falló en formar en estos años (2007-2017) al joven ciudadano pensante para que en base a sus propias decisiones ejecute su libre albedrío. El sistema educativo que tenemos sigue siendo colonialista: formamos ingenieros para montar respuestos en las industrias (no como fabricantes de soluciones) y al farmacéutico para que sean simples dispensadores de medicamentos (no como excelsos elaboradores de formulas magistrales) por nombrar dos ejemplos nada más; añadamos a eso la base que traen de la escuela primaria, formadora del caracter de nosotros los seres humanos… pues aquí queda esta reflexión.

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