MUD: La quimera del triunfo

Por: Alberto Aranguibel B.

Fracaso tras fracaso, la MUD reincide terca y persistentemente en tropezar de nuevo con la misma piedra, sin que ninguno de sus integrantes les alerte acerca del desatino de aplicar siempre la misma errada lógica de negarse a prevenir la derrota. Su visión es la de una clase prepotente y arrogante que a través del tiempo ha aprendido a regocijarse cada vez más en la insustancial idea de la supremacía que le es tan propia.

Todos, absolutamente todos los opositores, son víctimas del mismo síndrome de Disneylandia, que les hace creer con la mayor pasión que en cada nueva actuación del antichavismo hay una inevitable inminencia de triunfo total y definitivo de quienes han fracasado siempre, precisamente por su empeño en aferrarse obcecadamente al mismo esquema de la ilusión sin sustentabilidad. Exactamente el mismo formato de las comiquitas, donde las soluciones están determinadas más por la magia del deseo que por la certeza ineluctable de la realidad.

La burguesía (y los igualados de la clase media que se asumen como burguesía) no ansía la riqueza para realizar el disfrute del confort al que su doctrina la obliga. Bajo su filosofía, la acumulación de riqueza en pocas manos no está determinada por postulado ideológico alguno, sino que emana de su impostergable necesidad de utilizar el poder del dinero para mantenerse por encima de los demás.

La guerra que esa burguesía ha desatado contra la economía y la democracia venezolana es el escenario perfecto para quienes asumen la ilusión como la fórmula liberadora de las fuerzas telúricas que logren por fin el ansiado reacomodo del orden universal, tal como ellos lo conciben.

A diferencia de sus incontables fracasos anteriores contra el chavismo (en los que llegaron a prometer hasta “hallacas sin Chávez” y decenas de “marchas sin retornos” y “últimas trancas” de manera interminable desde hace casi veinte años) el de esta oportunidad está determinado por un condicionante particular; la arrechera. Aquella de la cual sus líderes dijeron que sería el acicate absoluto e indispensable para desatar la furia incontenible de la supremacía de clase por la que tanto han luchado sin resultado alguno.

No solo en boca de su líder más prominente, sino en cientos de miles de pancartas, carteles, avisos, y millones de mensajes por las redes sociales, insistieron con la más frenética terquedad en la urgencia de activarse todos usando la fuerza desencadenante de la ira como detonante de su redención como clase pudiente del país.

Hoy, cuando en verdad puede decirse que están bien arrechos, los signos de esquizofrenia delirante son más que evidentes entre los opositores. Con lo cual se infiere que en algún momento de ese largo trayecto de penurias debe haberse producido el fenómeno de la sobredosis en la inoculación del odio que desde hace tanto practican entre los suyos.

El problema con ellos no es ideológico, pues, sino neurológico.

Linchar venezolanos en la vía pública, incinerar con gasolina todo aquel moreno que les parezca chavista, degollar indiscriminadamente a quien tenga la mala suerte de pasar frente a una guaya invisible colocada por ellos, hacer saltar por los aires heridos de gravedad a funcionarios que son atacados con explosivos detonados a control remoto, incendiar centros materno infantiles llenos de pacientes y personal médico, matar en turba a batazos a un individuo desarmado y maniatado como a tantos les han hecho en esta ola de demencial criminalidad que ellos insisten en denominar “protestas pacíficas” para esconder su cobardía y su miseria humana, no es un planteamiento político sino una aberración que solo puede derivar de la insania mental crónica y en grado definitivamente terminal.

Sin embargo, para ellos no se trata de una cadena de aberraciones criminales sino del anuncio del triunfo tan añorado y tan largamente postergado por el que tanto han luchado.

En su perspectiva cada muerto es un avance. Cada pierna o brazo desgarrado por la acción del terrorismo que han desatado hasta contra su propia gente, es un nuevo anuncio de la cercanía de la meta anhelada. Cada explosión, cada destrucción de un bien público o privado, es la buena nueva de la asunción al poder.

En Colombia, sin ir muy lejos, las FARC mantuvieron el más cerrado combate contra el ejército de esa nación por más de medio siglo. Más de veintidós mil hombres y mujeres organizados y entrenados, en pie de guerra y armados hasta los dientes con el poderoso armamento del que disponían (y del cual seguramente todavía disponen), jamás pudieron hacerle ni mella a la estructura militar colombiana, ni mucho menos derrocar a ninguno de los trece gobiernos de derecha que se sucedieron mientras duró la insurrección. Más de doscientos veinte mil muertos le costó a Colombia esa guerra.

Quien en las filas opositoras pueda estar pensando que asesinando Guardias Nacionales o incendiando establecimientos públicos con cuarenta o cincuenta terroristas en uno que otro de sus municipios puedan llegar a derrocar un gobierno cuya mayor fortaleza es la férrea cohesión cívico-militar que lo sustenta, es definitivamente un deschavetado de cerebro carcomido por su deliro de supremacía.

Estupidez que se agiganta con la concepción de democracia que han terminado por asumir como su propuesta más consistente al país. La de llevar a prisión a todo aquel chavista que no logren exterminar físicamente en el supuesto negado de llegar a poder, siempre en nombre de la libertad y de la lucha por los derechos humanos que dicen defender.

De ahí que una organización que durante más de quince años se ha presentado como defensora de los derechos humanos, la ONG Provea, sea la primera en amenazar hoy con la más brutal persecución a los trabajadores de la Administración Pública que voten en la elección de la Asamblea Nacional Constituyente prevista para el 30 de julio, en el quimérico caso de ser la derecha gobierno en el país.

Ni siquiera Hitler, Franco, Mussolini o Pinochet, se dirigieron a la opinión pública en el tono amenazador de muerte y persecución con el que la derecha venezolana, absolutamente todos los líderes y militantes de la oposición, se refieren hoy a lo que harían ellos con el chavismo. Ninguno llegó a abrazarse públicamente con los terroristas a quienes les ordenaban los exterminios en masa que cada uno de ellos perpetró contra su propio pueblo, como lo hacen aquí frente a las cámaras los líderes de Voluntad Popular y Primero Justicia.

“La mejor noticia de esta mañana –bufa un opositor en su cuenta tuiter- logramos que le cerraran la cuenta a Winston Vallenilla”, celebrando el brutal ataque a la libertad de expresión que esa arbitraria medida del gigante de las redes sociales comprende.

Todo ello en función de la misma demencial noción de democracia que supone que no habrá libertad en el país hasta tanto no lleguen al poder los que jamás logran reunir una mayoría verificable en los votos. Algo así como un torneo interminable donde el juego no se acaba hasta que no gane el que siempre pierde.

La manera más acabada de llevar a cabo ese siniestro plan de persecución y exterminio de millones de venezolanos, es la de convertir su lucha en una recreación exacta del mito de los dioses contemporáneos que representan las figuras de los héroes de las tiras cómicas que han alimentado el pueril imaginario de la clase con mayor poder adquisitivo en la sociedad, para que no exista posibilidad alguna de verse confundidos con el pueblo. Disfrazarse de superhéroe no es nada más una ridícula forma de lucha, sino una patética y decadente manera de establecer distancia con el populacho al que engañan y aborrecen.

Se les ha metido en la cabeza (o en lo que pueda quedarles de ella) que a medida que transcurran más días de muerte, destrucción y terrorismo en los dos o tres rincones de sus muy pocos municipios guarimberos, más cercana estará su posibilidad de triunfo.

¿Qué clase de triunfo puede ser para una oposición que después de cien días intentando derrocar a un gobierno, los ministerios, la banca, los comercios, las empresas, las escuelas y universidades, el transporte, los servicios públicos, los restaurantes, las clínicas, los medios de comunicación y los cines sigan funcionando con entera normalidad y el Presidente siga siendo el mismo?

Solo los imbéciles acostumbrados a ver la vida como una tira cómica, no entenderán jamás que ahí lo que hay son más de cien días de costosos fracasos continuados.

@SoyAranguibel

 

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3 comentarios sobre “MUD: La quimera del triunfo

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