Asamblea Nacional Constituyente: El ahora o nunca de todo un país

Por: Alberto Aranguibel B.

El deporte es una de las creaciones más inexplicables del ingenio humano. Su origen, que se remonta hasta los tiempos más antiguos de la civilización, tiene su razón de ser en el afán de superación del hombre ya no frente a la adversidad de la naturaleza y del entorno como fue desde siempre, sino frente a sus propios semejantes no por una necesidad de sobrevivencia sino por la satisfacción del triunfo por el triunfo en sí mismo.

La sed de competir es la esencia de una lucha que busca la supremacía del individuo (o del grupo afín) por encima de quienes aspiran exactamente a lo mismo y por las mismas razones o deseos. Es, en definitiva, la búsqueda perpetua de la desigualdad entre los iguales.

Pero, si el evento se libra a partir de la igualdad en las condiciones físicas de los atletas, entonces el triunfo de uno solo de ellos por encima de los demás es en el fondo una severa contradicción en la naturaleza altruista del deporte.

Fue en virtud de esa semejanza de principios y derechos que el deporte les otorga a los individuos y a los grupos de deportistas para diferenciarse del resto en “igualdad de condiciones”, que surgió la inevitable necesidad de regular la competencia y establecer los límites de la misma.

De no ser así, la sed indetenible del hombre por su superación frente al resto de los mortales no se habría expresado jamás a través de una actividad enaltecedora como el deporte, sino mediante las fórmulas de exterminio del prójimo a las que habría apelado para saciar su innata aspiración de supremacía.

En la política, fruto de la aspiración humana por alcanzar el bienestar común surgido de una valoración de derechos que deberían ser iguales para todos, la racionalidad de los pensadores en la búsqueda del perfeccionamiento de la sociedad condujo a una solución de armonización semejante, en la que todos tenían las mismas prerrogativas y deberes a partir de normas y límites perfectamente establecidos. A esa solución, los teóricos la denominaron “democracia”; el poder del pueblo.

En la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela vigente, emanada del voto popular en 1999, un Artículo en particular, el 20, establece perfectamente los alcances y límites para el ejercicio del derecho de cada individuo en la sociedad venezolana. Dicho artículo, segundo del capítulo referido a los Derechos Humanos y Garantías y Deberes, establece con total claridad que “Toda persona tiene derecho al libre desenvolvimiento de su personalidad, sin más límites que las que derivan del derecho de las demás y del orden público y social.”

Quienes quebranten este principio, esencial para el desempeño armónico de toda sociedad democrática, atentan contra su propia vida como ciudadanos, y como seres humanos incluso, porque afectan y enajenan el espacio vital que le es común a todos y cada uno de los integrantes del cuerpo social en su conjunto.

El problema hoy en Venezuela es por qué existe gente que se considera con derecho a quebrantar esa sagrada norma de la convivencia democrática, mucho menos por razones políticas verdaderas que por el simple deseo de hacerse del poder como un trofeo de campeonato.

Para nosotros es perfectamente claro que factores nacionales e internacionales interesados en generar la destrucción del entramado social en nuestro país están detrás de la neurosis que ha llevado a sectores importantes de venezolanos a expresarse mediante la violencia, asaltando el derecho al libre desempeño de los demás y hasta de la vida misma de la gente inocente que no comulga con su forma de entender la política.

Sabemos que mucha de esa gente que hoy es presa del paroxismo inoculado durante años para provocarle la ira que le conduzca a la conflagración contra sus propios compatriotas, lo hace sin ninguna otra razón que no sea el empeño antojadizo de quienes desde las élites todo poderosas del gran capital y de sus partidos políticos entienden el poder como un vulgar botín de guerra y usan a sus seguidores como carne de cañón en tan miserable despropósito.

Haberles hecho llegar a esos venezolanos que se han expresado en contra del proyecto de justicia e igualdad social que hoy impulsa la Revolución Bolivariana al extremo del odio irracional que los puso a enfrentarse incluso entre ellos mismos en la forma brutal en que han terminado haciéndolo en sus propias barricadas de la demencia y la insensatez, que solo son instrumentos de su propio auto secuestro y su auto engaño, no puede ser sino un crimen de indolencia.

Hacerles creer en la la supuesta dignidad patriota que implicaría el sueño de entregarle el país al imperio más genocida y depredador de la historia, colocando como un anhelo maravilloso el estrago que causaría la invasión de nuestro territorio con las tropas sanguinarias de un ejército extranjero, es en definitiva un crimen de indolencia.

A toda esa barbarie había que ponerle coto.

Había que cerrarle el paso al terror en el que las fuerzas oscuras de la intolerancia, la irracionalidad y la anarquía estaban sumiendo al país acabando no solo con la tranquilidad y la vida de venezolanas y venezolanos, sino con nuestra economía, con nuestras posibilidades y oportunidades como nación en el área de la productividad y el crecimiento industrial, en el ámbito del desarrollo humano, social y político.

Era un deber impostergable con el país ir más allá de lo que con tanto esfuerzo, sufrimiento y dolor hemos intentado para superar las diferencias que desataron los demonios del odio y la intemperancia entre nuestro pueblo.

La Constituyente que hoy ha elegido ese pueblo mediante el voto secreto, universal y directo, es el evento que abre la posibilidad cierta de ponerle fin a esa locura sin solución a la que nos llevó una desquiciada e irresponsable dirigencia opositora que no entendió al país ni supo comunicarse con él sino mediante la violencia.

Una dirigencia que no puede seguir secuestrando el deseo de paz de la gran mayoría de sus propios militantes, que saben que solo siguiendo las normas y límites que impone la democracia para asegurar la convivencia armónica de la sociedad es posible reclamar el derecho a ser reconocido, respetado y valorado como ciudadano.

Por eso esta nueva experiencia civilizada y civilizatoria que encarna la Asamblea Nacional Constituyente que hoy entra en funciones no puede ser entendida ni como el fastuoso logro de una poderosa fuerza política como la que definitivamente es el chavismo en el país, ni como el punto de partida de una nueva y demencial arremetida de la oposición para evolucionar su violencia hacia ningún otro nivel en su escalada.

La oportunidad fundamental que abre como escenario provechoso y esperanzador esta ANC, es la posibilidad de hacer una recomposición profunda de nuestro entramado como sociedad para replantear la confrontación política bajo el signo de la sensatez y la racionalidad de los argumentos y las propuestas sustantivas de fondo que sirvan de base a un panorama tangible de prosperidad en el que se estimule el reencuentro entre las venezolanas y venezolanos no en razón de los intereses partidistas sino de una verdadera e inquebrantable unión nacional.

Las venezolanas y los venezolanos tenemos que entender que no quedan ya más escenarios o eventos de aquí en adelante para sellar ese acuerdo común en función de la paz sin claudicaciones o entregas de principios ni para uno ni para otro sector. Si no lo entendemos así, en lo sucesivo vendrán jornadas de enfrentamiento político cada vez más intensas y dolorosas de las cuales no vamos a poder salir sino mediante la inmisericorde crudeza de la guerra entre nosotros mismos. De ello solo sacarán provecho quienes persiguen despojarnos de nuestras riquezas y potencialidades como nación.

No cometamos el error de la arrogancia con la historia. No despreciemos la oportunidad que se nos abre como nación para asumir los exigentes retos del futuro con consciencia, madurez y buen juicio.

Entendamos que quien ganó hoy fue Venezuela.

Que no perdió nadie, que no hubo fraude contra nadie, ni nadie se ha impuesto sobre nadie. Que lo que se impuso fue la lógica del funcionamiento de la sociedad que no hemos debido perder de vista jamás. Que se impuso la democracia, y que si a ella nos atenemos, ganaremos todos porque de nada le sirve a nadie triunfar en la aridez de la postguerra a la que nos enrumban la intolerancia y la anarquía.

Venezuela no puede seguir en guerra hasta que gane el que siempre pierde. Menos aún si el que siempre pierde no da muestras de apego alguno a la regla esencial de toda competencia, como es la de respetar el resultado final de la contienda.

Vamos todos a construir juntos el país que queremos.

@SoyAranguibel     

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