Resurrección

Por: Alberto Aranguibel B.

En la tradición cristiana, la resurrección aparece como uno de los acontecimientos más controversiales. Justamente el evento que sucede al más minuciosamente detallado del Nuevo Testamento (la pasión de Jesús en la Cruz en el que los hechos se relatan casi minuto a minuto como no sucede con ningún otro relato de la Biblia) pero que sin embargo no le queda claro a ninguno de los teólogos y los científicos que han estudiado el tema desde el origen mismo del cristianismo.

Quienes sostienen la tesis de la reencarnación física de Jesús de Nazaret, se aferran a la hipótesis del Poder de Dios como factor determinante del prodigio que permitió a su Hijo elevarse al cielo unos 40 o 50 días después de crucificado.

Quienes descartan tal posibilidad, argumentan que posiblemente el fenómeno sea solo el resultado de una metáfora referida inicialmente al resurgimiento de la fe entre los judíos años después del padecimiento que condujo a Jesús a la muerte.

Para la iglesia católica, la necesidad de una reencarnación de quien era asumido por sus seguidores como un auténtico mesías, era indispensable para la perpetuación de la fe. De no existir Cristo, su impulsor más poderoso, la extinción del cristianismo sería inexorable. Como inexorable sería la pérdida de credibilidad de los fieles en el Poder de Dios.

En la teología paulina, la resurrección tiene un significado mucho más trascendental y valioso que el del milagro que pudiera representar la vuelta a la vida después de la muerte, atribuyéndole a ese deslumbrante acontecimiento un carácter fundacional. De ahí que Pablo sostenga en sus epístolas: “Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó. Y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe.”

De modo que lo más cercano a una coincidencia de puntos de vista entre incrédulos y creyentes de la reencarnación de Jesús, es la posibilidad de que en cualquier caso (verdad o metáfora) tal hipótesis estuviera determinada por la fuerza de la fe antes que por ningún otro factor.

Tal posibilidad es factible cuando se constata la persistencia del ser humano a lo largo de la historia en la creencia en una fuerza superior cuya lógica imprecisa y hasta inexplicable serviría sin embargo para dar coherencia y justificación a todo aquello que le resulta incompresible.

Si algo define el término “religión” es precisamente la capacidad del hombre a través del tiempo para reunir en un esfuerzo común la fuerza de esa fe que le es tan particular como la especie más prominente sobre la tierra. Poderosa no es la iglesia (en términos estrictamente espirituales) sino el ser humano que la integra. La misión de la iglesia es hacerle creer a ese ser humano lo contrario, utilizando la esperanza como instrumento de convicción.

En el venezolano es fácil reconocer ese comportamiento ancestral del hombre en muchos eventos que signan la vida y el quehacer de la gente, que sirven a la vez para explicar muchos de los fenómenos por los que hemos venido atravesando como nación desde la llegada de Hugo Chávez al poder.

Ciertamente nada fue más semejante al anuncio de un mesías que aquel revelador “Por ahora” del 4 de febrero de 1992, que el pueblo entendió en su momento como una auténtica anunciación.

Nada más parecido a la devoción de los humildes por aquel que solo por la fuerza de su palabra consideraban su redentor, que lo que sintieron los venezolanos que en buena hora emprendieron su andar tras aquel Comandante que se se entregó a su pueblo para recorrer junto a él los caminos de la Patria en busca de justicia para los pobres.

Su temprano paso al plano de la eternidad estuvo signado por el dolor más intenso que haya sufrido ese pueblo. Se trataba de la despedida de aquel que vino a salvarle ya no solo en el ámbito de la tierra sino en los espacios más profundos del alma. Lo que partió la historia del país en un antes y un después definitivo.

Fue exactamente de esa particular circunstancia de donde surgió la sensación de desasosiego que embargó al pueblo durante meses y años, en los que la aviesa campaña de infamantes detracciones contra la Revolución Bolivariana, y en particular contra el Presidente Nicolás Maduro, intensificó su ataque para tratar de quebrar la devoción de aquellos que habiendo abrazado la causa que predicó aquel excepcional líder, llegaron a pensar, en medio de la incertidumbre y los agobios de la más cruenta guerra económica que se haya lanzado contra un pueblo, que todo lo que el sueño bolivariano comprendía se había frustrado para siempre.

Nada ha sido más arduo, sin lugar a dudas, para el Presidente Maduro que tratar de convencer a esos millones de venezolanas y venezolanos que el sueño podía continuar bajo el signo del ideario chavista, sorteando los perniciosos efectos de la vorágine neoliberal que la derecha nacional e internacional desató contra la Revolución desde aquel triste momento de la partida del Comandante.

Pero era muy poco el crédito que se le daba a la posibilidad de un gobierno de corte chavista pero con rasgo propio, que respondiera a las particulares exigencias y realidades del tiempo histórico que le correspondía enfrentar. La gente seguía aferrada a la idea de que lo que se estaba haciendo por salvar al país de la arremetida capitalista era solo un acto de compromiso militante en memoria del Comandante, que ya no estaría más entre nosotros sino en el recuerdo amoroso que el pueblo en todo momento le ha profesado.

De ahí los tropiezos y reveses que la Revolución ha tenido a lo largo de todo ese tan complejo periodo de nuestra historia. Como el del 6 de diciembre de 2015, día en que la derecha se hace de un Poder del Estado gracias a la desmovilización de buena parte de la militancia revolucionaria que en aquel momento cayó presa de la desconfianza inoculada por los sectores contrarrevolucionarios.

Se le hizo creer a buena parte de esa población, que gracias al modelo impulsado por el Comandante Chávez fue redimida por primera vez en la historia desde que somos República, que la única opción que quedaba era regresar al modelo de alternabilidad al que apelaba el pueblo en el pasado como único recurso de salvación frente al hambre y la miseria que la democracia representativa generaban inevitablemente.

Hasta que la voracidad y las torpezas de esa derecha atrabiliaria e irresponsable colocó al país frente al espejo del fascismo, y nos tocó experimentar la crudeza y el horror del odio y de la muerte como el escenario de confrontación que esa irracional derecha proponía como única posibilidad de expresión política.

Ahí entonces el pueblo reaccionó con la proverbial sabiduría que lo ha hecho grandioso desde siempre, percatándose del error cometido con la incomprensión del momento y de la realidad por los que atravesábamos.

El sueño debía continuar construyéndose ya no como un homenaje de sentida nostalgia hacia su Comandante, sino como un compromiso impostergable de lucha permanente, tal como se lo había advertido su líder aquella dolorosa noche del 8 de diciembre de 2012, en el más sorprendente paralelismo con la “ultima cena” en la que Jesús bendijo a sus apóstoles a la hora de su despedida.

Había que replantear el dolor que millones sentían por la ausencia física de su redentor, para imprimirle, con el renovado esfuerzo por avanzar hacia el bienestar y el porvenir al cual como revolucionario se había comprometido el pueblo, el carácter de elevación a la gloria imperecedera que le debía más allá del jurado amor eterno.

Dos eventos en especial marcaron esa maravillosa impronta; el ensayo electoral del 16 de julio y la elección de la Asamblea Nacional constituyente el 30 del mismo mes.

La gigantesca y entusiasta movilización de millones de venezolanas y venezolanos a lo largo y ancho del país en dos grandes compromisos con la Revolución, que dieron al traste en menos de quince días con las ínfulas de una derecha embustera y arrogante que se pretendió mayoría durante meses sin siquiera estar cerca de ello, selló el despertar de una poderosa fuerza revolucionaria que hoy retoma su curso de la mano de un líder como Nicolás Maduro que se ha revelado como el gran estadista y estratega político del continente en lo que va de su mandato, en el cual la gente ha encontrado que puede confiar como verdadero hijo de Chávez y como gobernante que sabe exactamente lo que tiene que hacer en una coyuntura tan difícil como la actual.

Atravesando ríos e intrincadas montañas en defensa del sagrado derecho a votar para vivir en paz y con soberanía, ese pueblo que aprendió a amar a Chávez como a ningún otro líder de nuestra historia, lo hizo renacer como inspiración, como guía y como fuerza enaltecedora para avanzar con brío y convicción revolucionaria hacia el futuro y no para quedarse en los himnos y los relatos de su gloriosa gesta emancipadora.

Chávez ha renacido para comenzar a transitar la senda del futuro convertido en millones desde lo más alto.

@SoyAranguibel

 

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6 comentarios sobre “Resurrección

  1. Una vez más demuestras, amigo Aranguibel, con tu comentario, que eres uno de los más connotados intelectuales venezolanos. En el mismo contexto, yo hago esta reflexión: Si Dios realmente existe, si es Omnipotente, Todopoderoso, Sumo Creador, etc. etc. ¿por qué no oyó o atendió las oraciones, las súplicas y las peticiones que le hicieron los representantes de todas las religiones del mundo para que no le enviara la muerte a Hugo Chávez cuando estaba padeciendo el cáncer que, sin duda alguna, le inoculó el gobierno de turno en Estados Unidos?

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  2. Excelente reflexiones! YO no soy cristiana, pero entiendo el concepto !La FÉ mueve montañas! BRAVO X ese pueblo que hace de la FÉ una REALIDAD!

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