La Constituyente de la paz

Por: Alberto Aranguibel B.

La Asamblea Nacional Constituyente electa por la inmensa mayoría de las venezolanas y venezolanos el 30 de julio pasado, nace bajo el auspicioso y esperanzador signo de la paz que gracias a esa iniciativa del Primer Mandatario nacional alcanza el país luego de meses de violencia desatada por los sectores de la derecha contra el pueblo en la búsqueda de una intervención militar extranjera que le ayude a lograr por la vía de las armas lo que jamás ha estado ni cerca de lograr por la vía democrática.

No cabe elucubración metafísica o abstracción teoricista de ninguna naturaleza para explicar el fenómeno de la automática desactivación del estado de conmoción al que nos condujo la locura desenfrenada de los sectores más radicales de la oposición venezolana, que no sea el cumplimiento de la promesa hecha por el presidente Nicolás Maduro al país el 1ro de mayo, cuando anunció su convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente como el único camino cierto hacia la paz y la reconciliación de las venezolanas y los venezolanos.

Ciertamente la paz no es un estado de la sociedad que se conquiste mediante promulgación de Ley o decreto alguno. Ni mucho menos a través de una simple declaración de buenas intenciones por parte del liderazgo político, tal como se proclama desde la óptica mesiánica de las religiones, que la asumen como una divinidad que es entregada por los dioses como premio a la obediencia y la fe.

La paz es siempre el resultado de intensos y complejos procesos de construcción de gobernanza en los que se involucran una o varias sociedades o naciones, a través de mecanismos intangibles surgidos del intercambio político al que obligan el comportamiento y las particulares condiciones de vida o de desempeño de cada sector en la sociedad en función de sus intereses.

Procesos difíciles para los cuales no existen manuales preestablecidos que orienten ni el orden ni la jerarquización de las agendas a seguir, ni que mucho menos aseguren el éxito de los empeños en procura de la paz.

Juan Manuel Santos, Presidente de Colombia a quien se le otorgara el Premio Nobel de la Paz en 2016, no logró por iniciativa propia el cese de la cruenta guerra de más de medio siglo de duración en el hermano país que acabó con la vida de unos 200 mil colombianos (según las estimaciones más conservadoras). De no haber sido por la disposición al diálogo por parte de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), todavía el conflicto sin lugar a dudas estaría en pie. Lo que en sí mismo demuestra lo difícil que puede llegar a ser el pedregoso camino hacia la paz.

Tan cierto es que Santos no habría podido alcanzar por sí mismo la conquista de la paz en su país, que el referéndum llevado a cabo para consultar a la población sobre los acuerdos establecidos en las conversaciones lo perdió de manera abrumadora, incluso habiendo obtenido ya el galardón por parte del Comité de Oslo.

De ahí el inmenso logro del Presidente Nicolás Maduro, que en medio de la más incierta y convulsa circunstancia política por la que gobierno alguno pudiera atravesar, corrió el riesgo con la mayor gallardía y perspicacia que hoy pueda reconocérsele a cualquier dirigente en el mundo, colocando en el centro de su propuesta la inequívoca vocación democrática de nuestro pueblo y el talante profundamente pacífico del venezolano.

Para él no era factible la derrota de la paz en nuestro país si la misma se planteaba en el marco del modelo inclusivo, participativo y protagónico, que en buena hora nos propuso el Comandante Chávez con su arribo a la escena política.

La ecuación aparecía infalible desde su sola concepción. Si el electorado elegía a sus Constituyentes del seno mismo del pueblo, la resultante lógica tendría que ser la del triunfo de la paz sobre la violencia que proponía la oposición, fundamentalmente porque el factor determinante sería en todo momento el carácter de imposición de esa violencia sobre la sociedad. Nadie en el país estaba acompañando el terrorismo como expresión política, sino que su accionar era siempre una muestra lamentable de foquismo de mercenarios a sueldo que eran lanzados a las calles como carne de cañón por esa derecha reaccionaria que pretende hoy hacerse del país a punta de terrorismo.

Y exactamente eso fue lo que sucedió el 30 de julio; un país valeroso y decidido asumió el compromiso planteado y selló con su voto abrumadoramente mayoritario en sendero de la paz que desde ese día transita el país, tal como lo había previsto el líder de la revolución.

Tanto los militantes del chavismo como los de la oposición, entendieron que más allá de los ardides de la dirigencia opositora que ha buscado desde siempre el asalto del poder por la vía violenta, la manera correcta de dirimir las diferencias y superar los problemas es mediante el respeto a la norma democrática del voto como expresión de las aspiraciones del pueblo.

Cristaliza así un escenario crucial para el gran debate nacional que se dará desde la Asamblea Nacional Constituyente, de donde surgirán las ideas, las recomendaciones y las propuestas de fondo que el pueblo motu propio desarrollará para hacer que esa paz alcanzada no sea solo un estadio placentero de tranquilidad espiritual para las venezolanas y venezolanos, sino que se convierta en la plataforma que sostenga el despegue definitivo del país hacia su bienestar y su progreso como nación rica y poderosa entre las más pujantes naciones del Continente y del mundo.

No será entonces la Constituyente del ’17, o la Constituyente de la renovación chavista, como pudiera calificarla algún semiólogo empedernido que quisiera etiquetar la naturaleza particular de esta excepcional congregación asamblearia del pueblo en el marco de la épica política que hoy la coloca en la historia. O como la mediática obtusa y retardataria que procura desfigurar todo lo que de la revolución surge podría terminar reduciendo a un simple “La Constituyente de Maduro”, como ya muchos de esos medios al servicio de la burguesía andan tratando de posicionar.

Será, ahora y para siempre, “La Constituyente de la Paz”, porque es el mérito esencial que se ha ganado este inmenso esfuerzo del pueblo venezolano que resume la inédita experiencia en el ámbito universal que viene a ser la Asamblea Nacional Constituyente emanada del pueblo e integrada en su más absoluta plenitud por el pueblo llano y sencillo que la integra, y que con su verbo fogoso, desenfadado y contundente, le viene diciendo al mundo desde hace ya una semana de intensos debates que el país sí tiene una vocería auténtica que lo defienda de toda agresión interna o externa. Que sí tiene una voz profunda que diga las verdades sin rebuscamientos semánticos de ningún tipo. Que sí tiene la fuerza de la pasión por la Patria que no tienen los entreguistas que la negocian. Que sí tiene quien labre el bienestar y el progreso sin arriesgar el preciado bien de la paz que con tanto esfuerzo ha construido ese mismo pueblo a través de siglos de luchas eternas y desvelos infinitos.

Corresponde ahora intensificar cada vez más desde esa Asamblea el compromiso del trabajo necesario para superar las terribles dificultades por las que atraviesa el pueblo al cual se debe, tal como lo ha pedido en todo momento el Presidente Nicolás Maduro.

En eso estamos.

@SoyAranguibel   

 

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