Los conejos de Bernal

Por: Alberto Aranguibel B.

Parte fundamental de la guerra que el capitalismo ha desatado contra el pueblo venezolano para provocar mediante el hambre y la desesperación su deserción del proceso revolucionario, ha sido el intento por hacerle pensar a la gente que no hay tal guerra y que el padecimiento que hoy sufre es solo producto de erradas políticas económicas del gobierno.

El precio del cartón de huevos en la calle, por ejemplo, ha alcanzado niveles astronómicos de la noche a la mañana y la gente le dice a uno que “ya basta de fábulas con el cuento de la guerra económica; que lo que hay que resolver es el precio del huevo”, sin percatarse que la prueba de que sí hay en efecto una guerra económica es precisamente el precio del huevo, cuyo nivel ha sobrepasado sin ninguna razón justificable el margen del diez mil por ciento de incremento en poco menos de un año.

Un símbolo apenas de una inflación inducida que abarca la casi totalidad de los rubros esenciales para la población, determinado por un fenómeno instaurado en el país con la perversa lógica del llamado “bachaquerismo”, a través del cual los precios se incrementan exponencialmente a medida que se le agregan eslabones a una inusual cadena de comercialización que se extiende desde el convencional productor o mayorista hasta el quiosco de periódicos, pasando por el distribuidor, el supermercado, la bodega, o la carnicería, pero ahora también la frutería, la venta de CDs quemados, y hasta uno que otro chichero, que se compran unos tras otros un producto de larga duración con la ilusoria esperanza de hacerse de un dinero extra con poco esfuerzo, lo que termina por hacer sumamente difícil el control por parte de los mecanismos de regulación del Estado precisamente por su naturaleza informal.

Meter preso a todo el que venda huevo en las esquinas (que seguramente son quienes menos ganan) es entonces una medida irracional. Obligarles a vender a pérdida, es todavía más insensato porque, como hemos dicho, quien marca el precio de ese producto no es el pequeño vendedor de la bodega o el buhonero, sino el mercado capitalista, alterado como está por la presión alcista de los poderosos sectores especuladores del gran capital nacional y transnacional que hoy se confabulan contra nuestra economía, utilizando para ello los cientos de miles de millones de dólares que por décadas han sacado del país a la espera de una situación de dificultades para el bolívar (como la que hoy experimenta nuestra moneda producto de la caída del ingreso petrolero y de las distorsiones económicas que afectan al sistema como parte de esa guerra) reinyectándolos a nuestra economía al precio que ellos mismos establecen desde el imperio a su buen saber y entender a través de una página web de su propiedad, apoyándose para ello en los mecanismos de transferencias bancarias electrónicas que hoy en día facilitan esa posibilidad.

La guerra no es, pues, un evento militar o político siquiera, sino un fenómeno social y cultural complejo en el que intervienen, además de los factores económicos que por supuesto la determinan, componentes de naturaleza sicológica que han estado presentes a lo largo de todo el ataque del capitalismo contra la revolución bolivariana y en particular contra el Gobierno del presidente Nicolás Maduro.

Los hábitos alimenticios de la población son un aspecto esencial en el estudio que llevan a cabo las agencias especializadas acerca de cuáles mecanismos pudieran resultar más “idóneos” en las guerras de desestabilización que promueve el imperio norteamericano hoy en el mundo contra aquellos países que considera insumisos a sus particulares intereses de potencia hegemónica.

Uno de los primeros ataques de esa guerra sicológica que usó como arma el apego de la población venezolana a ciertos rubros alimenticios, en este caso importados mediante la trasculturización impuesta por el consumismo, fue el llevado a cabo en 2014 por la empresa norteamericana MacDonald’s, cuya comida chatarra es considerada desde hace más de treinta años por buena parte del sector pudiente de la sociedad venezolana como un alimento esencial y maravilloso, que connota además el carácter “glamoroso” que para ese sector representa su predilección por cualquier marca norteamericana.

En esa oportunidad el ataque consistió en un intento por provocar la ira de la población contra el gobierno por la incapacidad de vender papas fritas a la que se veía obligada la empresa por la supuesta falta de divisas necesarias para adquirirlas en su casa matriz en los EEUU.

La reacción inmediata del gobierno bolivariano, que demostró que tal escases de papas se debía a una huelga de trabajadores en los EEUU y no a falta alguna de asignación de divisas, impidió que prosperara el plan desestabilizador que adelantaba esa corporación en el país.

Sin embargo, no fueron pocos quienes expresaron su malestar por lo que consideraron un “atentado” contra la costumbre de darle de comer a sus hijos las papitas del payaso Ronald, en vez de un condumio criollo de propiedades excepcionales como la yuca, tal como lo denunciaron a través de diversos mensajes en las redes sociales algunas madres indignadas en aquel momento.

Un alcalde opositor (hoy prófugo de la justicia por promover el terrorismo en su municipio) decía en su cuenta tuiter que “Después de las papas fritas se irán las hamburguesas, y con ellas McDonalds y sus puestos de trabajo. Consecuencias del modelo fracasado…”, lo que dejaba al descubierto la macabra estrategia golpista de la derecha internacional que pretendía utilizar la alimentación del pueblo en tal despropósito.

Se quiso usar entonces el hábito alimenticio de los venezolanos para provocar rechazo al gobierno, tal como se intenta hacer hoy de manera despiadada con la propuesta del dirigente revolucionario Freddy Bernal, quien ha sometido a consideración del país la posibilidad de aprovechar las cualidades proteicas del conejo como un alimento sano y altamente provechoso, sobre todo por su propiedad prolífica y de bajo costo.

La capacidad de respuesta es no solo imprescindible a la hora de enfrentar una guerra, sino que es una obligación y una responsabilidad impostergable para todo gobierno. Estudiar los distintos escenarios en los que pueden presentarse los ataques, así como la preparación meticulosa de sus fuerzas para contrarrestar la embestida del enemigo, es la tarea suprema y más importante a asumir sin dilaciones ni titubeos de ninguna naturaleza.

La concientización y preparación de la gente frente a la amenaza es igualmente una labor de primer orden en todo ello.

Fue así, mediante la organización efectiva de sus pueblos, como salieron adelante a lo largo de la historia las sociedades sometidas al asedio de las fuerzas enemigas que en algún momento intentaron cercarlas y exterminarlas no solo mediante el uso de las armas sino con la inclemente presión del hambre a la que conducían los bloqueos que se les imponían.

Es lo que hace hoy el gobierno del presidente Nicolás Maduro a través de acciones y programas audaces e inteligentes, orientados a impedir que la devastación que desatan las guerras capitalistas contra los pueblos alcance hoy a las venezolanas y los venezolanos.

En eso los Claps, que no es otra cosa que una poderosa forma de organización popular para enfrentar la arremetida del imperio, vienen a ser una verdadera demostración de las infinitas capacidades de nuestro pueblo para superar cualquier obstáculo que se interponga en el camino de la construcción del modelo soberano de justicia e igualdad social que se ha propuesto.

Quienes se horrorizan hoy frente a la idea de consumir la carne de conejo como una fórmula de superación del modelo rentista importador al que se nos sometió por más de un siglo (exactamente el mismo horror que sienten, por ejemplo, los hindúes cuando nos ven comiendo carne de res, o que sentimos cuando nos enteramos de que los chinos comen carne de perro de manera regular) no lo hacen en verdad porque consideran despreciable su exquisitez, sino porque lo propuso un chavista.

Pero no es como político que Freddy Bernal asoma la posibilidad de adecuar nuestros hábitos a lo que en verdad estamos en capacidad de producir, sino como revolucionario a carta cabal que piensa en nuestro beneficio como país y como pueblo por encima de cualquier otro interés.

Frente al cruel bloqueo económico contra nuestro pueblo promovido por la dirigencia opositora en el extranjero, el conejo es una opción sensata, oportuna y necesaria, que beneficia fundamentalmente a la gente humilde que hoy sufre los embates de una inflación perversa desatada por el capitalismo contra Venezuela.

@SoyAranguibel

 

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5 comentarios sobre “Los conejos de Bernal

  1. Solo le comento camarada, como VEGETARIANA y férrea defensora de las VIDAS de la Pachamama, que NO pierdo la esperanza de que la revolución INCLUYA en sus políticas el DERECHO que tenemos MILLONES a DEFENDER alternativas VEGETARIANAS para la alimentación que NO incluya VIDAS INOCENTES ASESINADAS para el consumo de la “y que humanidad???”. Ojalá que pueda verlo…

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  2. totalmente de acuerdo, siempre saldran los opinadores sabelotodo que a la hora de la verdad no saben ni sembrar una mata, muy acertado tu comentario

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  3. no cosa de comer conejo o no es cosa de que la produccion sea sostenible y sustentable….lo digo con propiedad.. ya pasamos por la soya resulto no resulto. hasta avestruces..inventando .sacaron cuentas o por mientras tanto… NO HAY REAL PA TAR TIRANDO FLECHAS..

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  4. Acure, compadre: en los años noventa en mi barrio lo criaban con puro monte, verdor que alcanza más de dos metros de altura con nuestro sol de 360 días al año. Teníamos que usar bragas de mecánico o camisas manga larga para cortarlo porque la orilla de la hoja corta como sierra filosa microscópica, aparte de eso ¡CÓMO SABÍAN DE SABROSOS ASADOS A LA LEÑA Y COCUY!
    El problema con los conejos es que son más grandes y pesados y con apetito voraz hay que darles “alimento concentrado” (ALLÍ ESTÁ EL “REVIENTE” DEL COSTO DE PRODUCCIÓN) pero con que se pongan de acuerdo con los administradores de mercados al aire libre de verduras y recoger todo lo que sobra antes que caiga al piso o la basura para alimentarlos ¡LOS AÑOS NOVENTA ENSEÑARON MUCHAS COSAS BUENAS! Lástima que la memoria de mucha gente sea tan corta.

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