El voto como herramienta de liberación

Por: Alberto Aranguibel B.

“Es fundamental, en esta etapa, recuperar, reagrupar, rearticular las fuerzas dispersas, desmovilizadas o confundidas por el adversario o por nuestros errores”.
Hugo Chávez / Líneas Estratégicas de Acción Política

En la controversial serie de televisión “House of cards”, basada en la novela del ultraderechista británico Michael Dobbs y producida por la empresa Netflix para su difusión vía web, la política norteamericana es el reducto de la bajeza humana en el cual convergen en total armonía la corrupción, la vileza y la más brutal depravación, como bases sustanciales de una democracia que se presenta ante el mundo como el modelo perfecto de sociedad.

Detrás de la grotesca caricatura que por razones de rating los productores colocan como la fachada superficial de la serie, pueden captarse sin embargo los códigos de una auténtica cultura norteamericana del poder como instrumento para la construcción y la perpetuación del sistema capitalista, que en nada se parece a la democracia o a la libertad que pregona el imperio por el mundo.

En la caricatura televisiva, las elecciones norteamericanas se deciden exclusivamente por el precio de cada político y, en consecuencia, por el poder de sus líderes para movilizar de una bancada parlamentaria a la otra los inmensos capitales que eso requiere.

En la vida real, dichas elecciones son el ritual escenográfico de una auténtica “democracia totalitaria”, que suprime el pensamiento progresista con el infamante etiquetaje del anticomunismo, que impide la participación directa del elector a través de un arcaico sistema electoral de segundo grado, que niega absolutamente la posibilidad de revisión de los resultados, y que no acepta la veeduría o acompañamiento de observadores internacionales de ninguna naturaleza, con lo cual las posibilidades de verificación cierta de la intencionalidad del elector queda definitivamente anulada.

En ninguno de los dos casos, la caricatura o la realidad, lo que piensen los electores es algo que interese a los sectores hegemónicos del gran capital. Para ellos es completamente indiferente que el presidente sea republicano  o demócrata. Mientras la política (y con ello el Estado) esté en manos de esos sectores dominantes, el voto del elector no tiene la menor importancia más allá de su presencia en las tomas para la televisión concebidas para el mercadeo político.

En la realidad venezolana, la elección fue en el pasado el torneo al que asistía religiosamente el elector cada cinco años para apostar por uno o por otro candidato o partido político, sin ninguna expectativa de transformación verdadera de la economía o de la sociedad, que no fuera más allá del simbólico cambio de funcionarios de gobierno para ver, como en las loterías, si por algún prodigio del destino se producía algún mínimo logro en bienestar para el pueblo. El país estaba sujeto a la estricta dependencia al imperio norteamericano que ordenaba el Pacto de Punto Fijo.

Por eso las campañas electorales jamás fueron en nuestro país escenarios para el debate de las ideas o para la presentación al pueblo de propuestas programáticas sustantivas, sino las ferias carnestolendas en las que el fugaz abrazo farandulero con el candidato en medio de la tumultuaria festividad quinquenal era lo importante.

Los políticos cuartorepublicanos, habituados a ese frívolo ritual de la campaña electoral de la francachela y la risotada demagógica, encontraron idóneo el modelo para hacerse del poder en la medida en que, por esa cultura del insustancial contacto con el pueblo en el que el modelo capitalista no corría ningún riesgo, el elector terminó siendo valorado como factor útil en todo proyecto político.

Pedir el voto” fue entonces el medio para alcanzar el ansiado botín del cargo público al que aspiraban los adecos y los copeyanos.

Pero, la apuesta revolucionaria por el voto no tiene en lo absoluto nada que ver con esa enajenada concepción de la política que privó en el pasado.

El logro de convertir a Venezuela en la referencia mundial en participación electoral, no es fruto de un impulsivo o arbitrario afán de poder por el poder en sí mismo, sino del empeño en la construcción de la masa crítica capaz de sostener ese poder a lo largo de la transformación social y económica que se propone la Revolución.

Transformar el Estado desde lo interno es la ardua tarea que nos hemos propuesto quienes asumimos el compromiso histórico de darle la batalla al capitalismo desde sus propias entrañas. Es decir, por la vía electoral y pacífica que sigue la Revolución Bolivariana. Sin el triunfo electoral no existe posibilidad alguna de materializar de ninguna manera las bondades del sistema político que el socialismo ofrece, ni mucho menos asegurar la cohesión y movilización de las fuerzas revolucionarias que el proceso exige. Por el contrario, en un eventual revés electoral de la Revolución, la enorme capacidad del capitalismo para la alienación y el sometimiento del pueblo a través de su aparato mediático se potenciaría exponencialmente con el control del Estado, acabando en el menor lapso posible con todo vestigio de chavismo sobre la tierra.

De ahí que el Comandante Chávez no dudara en ningún momento al colocar como el Primer Gran Objetivo del Plan de la Patria, el “Defender, expandir y consolidar el bien más preciado que hemos reconquistado después de 200 años; la Independencia Nacional.

Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana en el poder”, viene a ser en la visión del Comandante la obligación más impostergable para las venezolanas y los venezolanos, no porque el aseguramiento de la inclusión social y la calidad de vida no fuera importante, sino porque sin la una (sin la continuidad del proceso revolucionario) no se obtenía de ninguna manera la otra (la justicia social).

En medio de la guerra sin cuartel que el capitalismo ha desatado contra el gobierno del presidente Nicolás Maduro, la elección ha sido la herramienta que ha permitido a la Revolución Bolivariana superar la más dura prueba a la que gobierno alguno haya sido sometido, como es la de haber alcanzado la paz, en medio de la feroz asonada terrorista de la derecha, sin disparar un tiro. Una estrategia que le ha valido ser hoy el líder revolucionario en el Continente que ha obtenido más triunfos sobre la derecha.

La posibilidad cierta de continuar en el camino de la transformación social y económica emprendida por el Comandante Chávez, está determinada en este momento por la posibilidad que la Revolución tenga de demostrar ante el mundo la solidez del respaldo popular del que goza.

El Comandante Fidel Castro se refirió en 2010 a esa importancia de las elecciones venezolanas (en aquel momento para la Asamblea Nacional) en estos términos: “Les digo simplemente lo que haría si fuera venezolano. Me enfrentaría a las lluvias y no permitiría que el imperio sacara de ellas provecho alguno; lucharía junto a vecinos y familiares para proteger a personas y bienes, pero no dejaría de ir a votar como un deber sagrado: a la hora que sea, antes de que llueva, cuando llueva, o después que llueva, mientras haya un colegio abierto. Estas elecciones tienen una importancia enorme y el imperio lo sabe: quiere restarle fuerza a la Revolución, limitar su capacidad de lucha, privarla de las dos terceras partes de la Asamblea Nacional para facilitar sus planes contrarrevolucionarios, incrementar su vil campaña mediática y continuar rodeando a Venezuela de bases militares, cercándola cada vez más con las letales armas del narcotráfico internacional y la violencia. Si existen errores, no renunciaría jamás a la oportunidad que la Revolución ofrece de rectificar y vencer obstáculos.”

En las elecciones de 2015 hubo muchos que no se enfrentaron a las lluvias ni cruzaron ríos crecidos y ganó la derecha, encendiendo la vorágine de la guerra que causó tanta muerte, tanto dolor y tanta desestabilización económica. La misma desestabilización que todavía hoy agobia a las venezolanas y los venezolanos con el astronómico incremento del costo de la vida.

En 2017, con motivo de la elección de la Asamblea Nacional Constituyente, el pueblo cruzó ríos y montañas para no dejar de votar, y se alcanzó la paz que permitió emprender el complejo proceso de saneamiento de la economía en medio de las dificultades persistentes.

¿Quedará alguna duda de la importancia del voto en medio de esta crisis que la derecha nacional e internacional ha desatado contra nuestro pueblo?

No. No se trata de “Pedir el voto” al estilo de los adecos. Se trata de “Garantizar la continuidad y consolidación de la Revolución Bolivariana”, tal como lo manda el Comandante Chávez en el Plan de la Patria.

Y como lo dice Fidel desde su infinita estatura revolucionaria.

@SoyAranguibel

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