¿Quiénes votaron el 10D en Venezuela?

Por: Alberto Aranguibel B.

(publicado el lunes 11 de diciembre de 2017)

Desde siempre resultó chocante la impostura de esos entrevistadores de televisión que de buenas a primeras se erigen en voceros de la gente sin que nadie les haya facultado para tal cosa, interpelando al entrevistado con aquello de “La gente opina que…”, “La gente no está de acuerdo con…”, “La gente reclama que…”.

Lo primero que se le viene a uno a la mente es ¿De dónde sacó tamañas conclusiones ese periodista, que ni un modesto sondeo público tiene en la mano para apoyar lo que dice?

Por lo general no requieren de ninguna encuesta, sino que apelan, cuando mucho, al titular más destacado del día en la prensa nacional, que es a la vez colocado como noticia más importante por jefes de redacción que presumen, siempre a su muy buen saber y entender, lo que según ellos vendría a ser la opinión del total de la sociedad. Más aun si su presunción se parece al pensamiento de los dueños del medio de comunicación donde trabajan.

Lo cierto es que así opera la lógica comunicacional en la actualidad. La gente de la calle, que ha visto todos esos noticieros y programas de opinión durante el día, termina al final de la jornada convencida de que lo que ella piensa no es lo que ella piensa en realidad sino lo que dicen los medios que ella piensa. Aún cuando entre un punto de vista y el otro (el de la gente y el del medio de comunicación) no exista compatibilidad o coherencia alguna.

En virtud de la inevitable orfandad en la que se encuentra el individuo común para verificar si lo que afirma el medio de comunicación es cierto o no, termina por aceptar como verdadera la especie que le están presentando, precisamente porque su fuente de información no le ha dado jamás razón alguna (alternativas u opciones diferentes) para sospechar que pudiera haber alguna otra posibilidad diferente a lo que esos medios le dicen.

Es lo que se conoce en la ciencia contemporánea de la comunicación de masas como “generación de matrices de opinión”.

Un fenómeno que impacta a diario al ciudadano común (la mayoría de las veces sin percatarse) hasta en los eventos más insignificantes. Cada vez es mayor la cantidad de gente que relata la disonancia que ha encontrado en más de una ocasión entre lo que reporta, por ejemplo, el boletín del tráfico en la radio sobre una “inmensa tranca” en alguna vía y lo tranquilo que esa persona iba transitando en ese momento por esa misma ruta sin ningún problema.

Probablemente es mucha la gente que eventualmente se percata de que lo que le dice el medio de comunicación no tiene nada que ver con la realidad. Probablemente es poca. Pero no se sabrá nunca con exactitud hasta tanto no se acuda a un proceso de consulta apoyado en un sistema avanzado, trasparente, inviolable, y perfectamente auditable, que permita lograr un mínimo de confiabilidad entre la población para asegurar que todos tengan la misma oportunidad de expresarse y que puedan hacerlo sin la intermediación de voceros de ningún tipo que puedan alterar o poner en riesgo la verdadera intención o sentido de la opinión del individuo.

El único método hasta ahora alcanzado para lograr tal nivel de perfección en el levantamiento de la opinión pública de manera confiable, es la elección mediante el voto secreto, universal y directo. El evento electoral es, por esa razón, el gran acuerdo de las sociedades civilizadas para asegurar la convivencia pacífica. Ninguna encuesta, sondeo, boletín de prensa o programa de opinión, puede sustituir tal proceso. Si pudieran hacerlo, no existirían las elecciones. Y con toda seguridad, la democracia tampoco.

En Venezuela, a lo lago del proceso revolucionario emprendido por el Comandante Hugo Chávez en 1999, se ha producido la consulta popular más profunda y permanente que se haya visto en el mundo entero, a través de la mayor cantidad de convocatorias a eventos eleccionarios que país alguno haya llevado a cabo en un mismo periodo.

La población venezolana se ha habituado de tal manera a la elección de los cargos públicos que ya las campañas para explicarle al elector la forma de votar son casi innecesarias.

La abstención, que sigue siendo en el país (como en la mayoría de los países democráticos del mundo) un factor importante a superar, más aún de cara al reto que plantea la construcción del modelo de democracia participativa y protagónica que consagra nuestra Carta Magna, no opaca sin embargo el inmenso logro de la sociedad venezolana en la consolidación de una cultura electoral basada en la gran madurez y conciencia política adquirida a lo largo de este periodo por el venezolano.

Esa cultura, que mantiene movilizado al pueblo en las calles de manera casi permanente en función de sus ideas políticas, es la que le imprime mayor valor al proceso de transformación social que, a pesar de los tropiezos y las profundas dificultades económicas, experimenta Venezuela, muy por encima de lo que se ve hoy en términos de movilización social cualquier otra sociedad en el planeta.

Esa movilización popular que se expresa en las asambleas en el barrio, en las fábricas, en los liceos y universidades, en los espacios de la cultura, de las Misiones, y fundamentalmente en las concentraciones políticas, es la que la mediática de la derecha ha querido invisibilizar o distorsionar persistentemente, para hacer ver al pueblo como una masa reducida, informe y desalentada, a la vez que presenta a los sectores de la derecha como “la multitud mayoritaria” que clama por una libertad que supuestamente habría cercenado un régimen despiadado y tiránico que en nada se parece y nada tiene que ver con la realidad del país.

Por esa razón de la distorsión de la realidad en la que ha persistido el medio de comunicación privado para tratar de imponer como verdadera una realidad inexistente, aunada por supuesto a la proverbial ineptitud e incompetencia de la derecha venezolana, es que la oposición terminó convertida en el estercolero que es hoy en día.

Han destruido con su empeño en el falseamiento de la realidad la poca credibilidad que en algún momento pudieron haber alcanzado, incluso entre su propia gente, porque en medio de su arrogancia llegaron a creer que el venezolano es en verdad el incauto y neófito apolítico que dibujó desde siempre la mediocre caricatura mediática.

El evento electoral del 10D, como todos los anteriores, sirvió para constatar una vez más que la realidad no es lo que afirman antojadizamente los medios de la derecha sino lo que evidencia la movilización verdaderamente mayoritaria de un pueblo en la calle, que le dice con total dignidad al imperio norteamericano y al mundo entero que no habrá guerra económica ni saboteo interno de la derecha en los organismos del Estado que fracture el apego de los venezolanos a su democracia.

Que le explica a los fascistas que promueven la violencia la para ellos incompresible circunstancia del fervor democrático, aún en medio de la peor crisis económica, de imposibilidad de acceder a los productos de primera necesidad, de la más severa falta de medicinas por la que haya atravesado jamás nuestro pueblo.

El 10D, en todo caso, quien votó fue el pueblo. No fueron ni los líderes de la derecha atorrante que siempre canta fraude, ni los medios de comunicación a su servicio.

A ese pueblo, chavista o no, es al que debe respetársele su decisión cualquiera que ésta haya sido, en la dependencia que haya sido. Un respeto que debe ser acatado no solo por los chavistas o por la oposición, sino por todos. En especial los medios de comunicación, tal como lo ordena la doctrina universal de la democracia.

Es la democracia verdadera en la que nos educó el Comandante Chávez y que hoy, gracias a la Revolución Bolivariana, le sirve por igual a todas y a todos los venezolanos sin excepción que siguen y seguirán optado cada vez más por la paz y por la vida.

Como lo hicieron ayer.

@SoyAranguibel

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