Comunicar Petro

Por: Alberto Aranguibel B.
(Foto: Dado Ruvic / Reuters)

 

Si algo le ha costado resolver a la Revolución Bolivariana desde sus orígenes ha sido el aspecto comunicacional, tal como lo denunció desde siempre el Comandante Chávez.

La comunicación no es un asunto simple que se reduzca a la capacidad profesional o a la buena disposición del funcionario encargado de esa materia en el gobierno, sino que responde a multiplicidad de variables de naturaleza social, cultural, política, tecnológica, o incluso científica, que en la mayoría de los casos resultan mucho más complejas de lo que un ministerio puede manejar con propiedad y eficiencia absoluta.

Pero comunicar con eficiencia no se refiere exclusivamente a la capacidad para transmitir oportunamente toda aquella información que el Estado necesite dar a conocer a la población, ni a hacerlo ateniéndose solamente a la manera objetiva y veraz a la que está ética y legalmente obligado, sino a la forma correcta en que debe informar para lograr la debida comprensión y provocar la respuesta esperada por parte del receptor del mensaje.

No es eficiente quien comunica pensando solamente en los requerimientos estructurales de su mensaje, es decir; el que procura asegurar solamente la pulcritud de lo que necesita comunicar, sino quien logra alcanzar el más alto nivel de comprensión de lo que está comunicando.

En ello el dominio de los códigos culturales y de lenguaje de la gente a la cual se dirige el mensaje es determinante. El tema del aumento de la gasolina, por ejemplo, es un asunto complejo en Venezuela porque comunicacionalmente no está lograda la suficiente comprensión de la sociedad con este asunto tan importante para la economía nacional. Se evade incluso el estudio de fórmulas que permitan hacer eventualmente aceptable un ajuste en el precio del combustible, porque de tanto postergársele terminó convertido en “tabú”. Ahí la realidad cultural ha determinado el comportamiento de la acción política.

Un buen periodista será siempre aquel que describa con exactitud la llegada de una gran personalidad a un país como México, por ejemplo, hablando con todo lujo de detalles sobre su comportamiento, su gestualidad, o su vestimenta. Pero si escribe que esa personalidad estaba trajeada con “una gran chaqueta”, no será nunca un buen comunicador. En México “chaqueta” quiere decir “masturbación”.

Y si está en Argentina y explica que esa personalidad se trasladó hacia su hotel en el carro de algún amigo, con la frase “le dieron la cola”, seguramente se meterá en muchos problemas como comunicador, porque lo que comprenderán sus lectores será algo completamente distinto a lo que en realidad quiere decir.

Hoy, cuando nos encontramos ante la avalancha de intentos por explicar desde los más diversos escenarios mediáticos e institucionales de la vida nacional qué es una “criptomoneda”, un Bitcoin, y cuál es la verdadera significación del “Petro” creado por el Gobierno del Presidente Nicolás Maduro, sin que ninguno de esos intentos logre ni medianamente el objetivo de aclararle a la población de qué se trata todo este tema y cómo esas divisas virtuales pueden resolver el problema del desabastecimiento y los altos costos de la comida en el país, aparece como urgente la necesidad de abordar más a fondo el aspecto comunicacional del mismo, no sea que este tan importante proyecto termine fracasando no por inviable desde el punto de vista económico, sino por falta de comprensión por parte de la gente.

El problema comunicacional para el lanzamiento de una moneda cualquiera es innegable. Todo aquel que se enfrenta a un billete de cualquier denominación distinta a la que usualmente maneja, siente en principio desconfianza, confusión o inseguridad. Es el proceso natural de aprehensión (o de precaución, en todo caso) frente a lo desconocido.

Ahora, si la nueva moneda es electrónica, es decir; no posee la tangibilidad del dinero, del billete, o incluso de la tarjeta de crédito o del cheque, entonces la barrera de desconfianza es mucho mayor, porque a lo largo de la historia contemporánea el bienestar y las posibilidades mismas de la vida han estado siempre asociados a esos billetes, a esas tarjetas y a esos cheques, sean cuales sean.

De ahí que no resulte nada fácil para nadie entender la conveniencia de un instrumento de canje distinto al conocido, cuando a lo largo de miles de años se ha establecido en la sociedad que el único que tiene valor es aquel que ha sido aceptado desde siempre por el mundo entero. El valor del Dólar es precisamente el haber logrado esa aceptación universal, aún sin poseer respaldo alguno que lo avale como instrumento de pago.

Más incompresible todavía es para la gente que se le hable de “minería” para explicar lo avanzado de un revolucionario concepto monetario electrónico, cuando ese término a lo único a lo que remite en el imaginario común es a picos y palas en medio de polvorientas e insalubres cavernas a kilómetros de profundidad bajo tierra.

El rol del técnico monetarista es el de definir el concepto bajo la denominación que corresponda de acuerdo a la naturaleza y la ergonomía tecnológica del sistema que busca introducir en la economía. Pero el papel del comunicador es convertir eficientemente esa definición técnica en un mensaje no solo comprensible para el ciudadano común, sino a la vez en tangible.

Más aún cuando hablamos desde el escenario de un proceso revolucionario cuya propuesta es el derribamiento de las viejas estructuras burguesas para instaurar el avanzado modelo profundamente humanista que comprende el socialismo.

Ese derribamiento, por supuesto, no debe estar circunscrito exclusivamente a lo estructural del Estado y de la sociedad, sino fundamentalmente a lo cultural. Y con ello, a lo comunicacional.

La búsqueda del texto correcto para explicarle hoy al país la naturaleza y significación del “Petro” para la economía nacional, y cómo ella será determinante en la recuperación del bienestar al que aspira el pueblo, tiene que fundamentarse en el uso intensivo de recursos didácticos verdaderamente esclarecedores, que no se limiten a la explicación tecnicista que hasta ahora se le ha dado al asunto.

Se necesita empezar por educar a la población en la historia y razón de ser de la moneda como instrumento de canje de bienes y servicios, pero no desde la lógica simplista y acomodaticia del banquero capitalista, sino desde el lenguaje social y político mediante el cual se comience a entender con la más entera propiedad en las comunidades, en la fábrica, en el barrio, el sentido correcto que Marx le imprimió al análisis de cada uno de los fenómenos que intervienen en la economía, sus causas y sus efectos, y que el Comandante Chávez tradujo a la realidad particularísima del modelo socialista bolivariano.

No es la mejor forma de explicar ese carácter revolucionario del “Petro”, diciendo en una cuña de televisión que se trata de una divisa altamente segura y confiable “…porque permite evadir el sistema financiero”, como reza textualmente una cuña puesta al aire por el Banco Central de Venezuela, ya no solo porque tal afirmación vendría a ser a todas luces contraproducente en tiempos en que las campañas de difamación contra nuestro país se centran hoy en tildar a Venezuela como un vulgar reducto de narcotraficantes legitimadores de capitales por el mundo, sino porque resulta un verdadero contrasentido que el principal ente financiero de la República haga una afirmación tan tajante pero de una manera tan escueta.

Como ese, son muchos los “baches” que tiene la comunicación de esa nueva y revolucionaria forma de soberanía económica impulsada por el Presidente Maduro.

Hay que explicar el Petro en lenguaje cristiano, para decirlo en términos llanos. Un lenguaje que le permita a la sociedad toda no solo entender al Petro sino asumirlo y aplaudirlo como una medida verdaderamente redentora del bienestar social por el que tanto clama el país en momentos en que precisamente la economía se ha convertido ya no en el sistema que debiera regir las relaciones de producción en la sociedad, sino en el enemigo número uno a vencer en medio del agobio histórico más grande que jamás haya padecido nuestro pueblo.

Resolver ese dilema comunicacional es responsabilidad prioritaria del Gobierno Revolucionario. Pero es obligación de todas y todos los venezolanos abrir la mente a una innovación, como el Petro, que definitivamente podría significar mucho más que la solución puntual de un problema coyuntural de abastecimiento y de precios para un pueblo.

En esto podríamos estar a las puertas de una concepción completamente distinta del desarrollo y del bienestar de la humanidad.

No se trata, pues, solamente del anuncio de un nuevo e ingenioso logro de gobierno.

@SoyAranguibel

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