Democracia: la amenaza inusual y extraordinaria

Por: Alberto Aranguibel B.

Después de tanto batallar para impedir que en Venezuela cristalizara un modelo económico y político orientado hacia la justicia social, los Estados Unidos se enfrentan hoy a una coyuntura crucial en la historia política de nuestro continente.

Las elecciones presidenciales previstas para este mismo año en Colombia, México y Brasil, tres de las naciones más importantes en la visión geoestratégica del gigante del norte y su lógica de la dominación, y ahora las de Venezuela, decretadas por la Asamblea Nacional Constituyente para antes de finalizar el primer cuatrimestre, apuntan a un escenario de severo revés para las pretensiones de retomar el control de Latinoamérica mediante la imposición de serviles gobiernos de derecha que le permitan relanzar el fracasado proyecto del ALCA en la región.

Por vía de procesos eleccionarios perfectamente democráticos, los movimientos sociales que desde hace décadas han levantado su voz en nuestra América para expresar su repudio a las pretensiones neocoloniales de los EEUU avanzan cada vez con mayor vigor y aliento, incluso en países donde hasta hace muy poco era impensable tal surgimiento del poder popular como fuerza electoral mayoritaria.

En Colombia, por ejemplo, donde a través de la historia la derecha se enquistó en el poder mediante el asesinato sistemático de los liderazgos sociales que irrumpieron en la vida política de esa nación con propuestas de profundo arraigo popular (Jorge Eliecer Gaitán, Luis Carlos Galán, y miles de dirigentes más), aparecen hoy candidatos progresistas, como Sergio Fajardo, Gustavo Petro, Clara López, Rodrigo Londoño, y Piedad Córdoba, entre otros, que encarnan esas mismas ideas por las cuales el pueblo colombiano ha clamado durante siglos de pobreza extrema, de hambre y de padecimientos que le han llevado a convertirse en la segunda población de desplazados del mundo, después de Siria.

Cualquiera de esos candidatos podría alcanzar en mayo de este año la primera magistratura de ese país, incluso sin necesidad de ir a segunda vuelta, dado el desprestigio y el exiguo respaldo popular de los candidatos de la derecha.

Por primera vez en casi un tercio de siglo la izquierda colombiana tiene la posibilidad de presentarse a un proceso eleccionario de manera libre y democrática, gracias a la intensa jornada que significó el Diálogo de Paz en la extinción de la guerra que enfrentó durante más de 50 años a esa nación.

Los colombianos han esperado una oportunidad como esa desde hace mucho tiempo. Más de doscientas mil vidas se perdieron en el intento de hacer valer las ideas de justicia e igualdad social por las que ese pueblo clamó desde siempre. Esa sola estadística debiera ser un campanazo de alerta para la derecha en ese país y en particular para el Departamento de Estado norteamericano.

En México, para los sectores aliados del imperio que desde siempre han sucumbido al entreguismo vendepatria, el panorama no es menos desalentador.

Jamás, desde los tiempos de la Revolución, hace más de un siglo, un presidente de los EEUU fue tan repudiado por los mexicanos como lo es el “presidente amigo” del actual mandatario de ese país, Enrique Peña Nieto.

Nadie ha despreciado e insultado el gentilicio mexicano en la forma tan insolente en que lo ha hecho Donald Trump, y ningún mandatario mexicano había sido tan arrastrado y permisivo con esas ofensas como Peña Nieto, quien, además del largo expediente de corrupción en el que está incurso, tiene en su haber la gestión de gobierno con más crímenes contra dirigentes sociales y violaciones a los derechos humanos que ha habido en ese país.

Andrés López Obrador, a quién le han sido robadas las elecciones en más de una ocasión por un sistema electoral atrasado, que no ofrece ni la más mínima garantía de confiabilidad ni transparencia, es hoy el candidato con mayor opción para la elección del próximo mes de julio, frente a candidatos de la derecha signados por la mediocridad y la falta de arraigo popular.

¿Apelará también la oligarquía mexicana al viejo expediente del magnicidio, tal como lo hicieron ya en 1994 con Luis Donaldo Colosio para tratar de contener el avance de las luchas populares que, al igual que López Obrador, aquel líder encarnaba?

¿O recurrirán al formato del juicio amañado tan en boga en el mundo capitalista para sacarlo del juego como pretenden hacer contra Luiz Inácio Lula da Silva los mismos poderes dominantes de la derecha corrupta que hoy gobierna en Brasil y que creen que de esa manera contendrán el avance de millones de hombres y mujeres que padecen cada vez más las inclementes políticas neoliberales que esos sectores imponen por encima del clamor mayoritario del pueblo en función de la democracia participativa y protagónica a la que ese pueblo aspira?

En Venezuela, frente al bochornoso desplome de la derecha y el indetenible avance de las fuerzas chavistas en los últimos procesos electorales llevados a cabo en el país, la reelección del Presidente Nicolás Maduro pareciera ser más un inminente e inevitable acto de ratificación revolucionaria que ninguna otra cosa.

Maduro, el más duro hueso de roer para el imperio a lo largo de todo su mandato, aparece hoy como uno de los estadistas más completos y de mayor estatura política en la región, precisamente por haber logrado derrotar con el apoyo mayoritario del pueblo la más feroz y criminal campaña de agresiones contra el país, a pesar del sufrimiento que esas campañas han desatado especialmente entre los pobres.

Si a todo ese revelador escenario se le suman las deplorables valoraciones que tienen hoy los presidentes latinoamericanos en los que la derecha cifró sus mayores esperanzas de resurgimiento en el Continente hace apenas meses, empezando por Michel Themer y su vergonzoso 6% de aprobación en Brasil, o por el mismísimo “perro echado” Pedro Pablo Kucshinsky, al borde del impeachment a menos de un año en la presidencia del Perú y, por supuesto, sin dejar por fuera la indetenible caída de popularidad de Mauricio Macri, en Argentina, ganada a punta de despidos masivos de trabajadores, a represión y violación constante de derechos humanos y a la elevación desmedida de tarifas en los servicios públicos, encontraremos que esa guerra contra el modelo de soberanía e independencia impulsado por Venezuela va a requerir mucho más que un simple decreto de amenaza extraordinaria o un arbitrario paquete de sanciones económicas.

En la medida del crecimiento y extensión territorial de esas expresiones populares  de lucha por la justicia y la igualdad que hoy se levantan cada vez con mayor fuerza a lo largo y ancho de todo el continente, la guerra del imperio ya no será contra uno que otro mandatario legítimamente electo en uno que otro país, sino que tendrá que enfrentar a millones de hombres y mujeres dispuestos a dar la vida por la soberanía de sus pueblos. Y eso son palabras mayores, incluso para el más sanguinario y demencial imperio de la historia.

El retorno de la derecha en Chile no es suficiente para decretar la reinstauración del neoliberalismo en Suramérica.

Iniciativas revolucionarias orientadas a la liberación e independencia de nuestras economías, como las del Petro, por ejemplo, destinadas a acabar definitivamente con el yugo al que hemos sido sometidos con una moneda como el dólar, que no ha generado más que hambre y miseria en nuestros pueblos, frustrarán cada vez más esas esperanzas de dominación imperialista en nuestro suelo.

Le tocará a ese decadente imperio emprender la guerra ya no solo contra Venezuela sino contra la democracia misma, como lo ha venido haciendo ya a través del estólido secretario General de la OEA, Luis Almagro, quien después de centenares de actuaciones y declaraciones solicitando el adelanto de las elecciones presidenciales en nuestro país, emprende ahora el ataque contra el llamado al sufragio hecho por la ANC; y de los necios presidente de Colombia y Argentina, que conforman la cáfila de los cuatro o cinco impúdicos rastacueros pro imperialistas del viejo y del nuevo mundo que anuncian orgullosos su negación a reconocer el proceso electoral venezolano, como si las elecciones requiriesen del visto bueno de badulaques del neoliberalismo para poder considerarse legítimas.

Una guerra contra la democracia en la que Estados Unidos y sus “aliados” ratificarán ante el mundo que su empeño no ha sido jamás por la emancipación de los pueblos, como han pregonado hasta ahora, sino por hacerse del control de nuestros destinos a como dé lugar, tal como lo  advirtió el Libertador Simón Bolívar en Angostura cuando sentenció: “Los Estados Unidos parecieran destinados por la providencia para plagar de miseria a nuestros pueblos en nombre de la libertad.”

 @SoyAranguibel

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