La más grande farsa de la historia

Por: Alberto Aranguibel B.

Después de casi un tercio de siglo de desaparecida la Unión Soviética y derribado el Muro de Berlín, el descomunal aparato propagandístico del imperio norteamericano persiste en su afán de intentar convencer al mundo de la amenaza que representaría la Federación Rusa para la humanidad, cuando en realidad la amenaza que somete hoy en día a pueblos y países enteros al pavoroso horror de la destrucción y la muerte es precisamente los Estados Unidos, la nación más genocida de todos los tiempos.

¿Si hace treinta años el peligro era el comunismo, cual es entonces la razón del cerco con el que se pretende asfixiar hoy al gigante euroasiático?

El discurso anticomunista que tuvo vigencia hasta aquel momento, basaba su argumentación en el peligro que supuestamente se cernía sobre el mundo porque, de acuerdo a la lógica que desde los Estados Unidos se construía, la barbarie y la opresión serían la norma en los regímenes que siguieran la doctrina de la justicia y la igualdad que el socialismo proclamaba.

El capitalismo acusó siempre al socialismo de lo que en realidad era él el único culpable, solo que lo ocultaba detrás del aparataje comunicacional en el que se sostiene. La inevitable capacidad para la generación de hambre, miseria y exclusión social, que es consustancial e inseparable del inhumano modelo capitalista, es apenas una de esas infundadas y recurrentes acusaciones.

Cercar con medidas económicas arbitrarias e ilegales a las naciones que no le resultan afectas, someter a países enteros al totalitarismo capitalista que promueve Estados Unidos violando flagrantemente el derecho internacional, violentar soberanías imponiendo sanciones unilaterales a su buen saber y entender, son demostraciones más que palpables del miedo que el capitalismo le tiene al desarrollo incontenible de las fuerzas productivas del pueblo cuando estos se aferran a la idea de la emancipación.

Desde siempre el propósito del imperio fue desvirtuar el poder transformador del pueblo mediante la más infame propaganda jamás conocida, y en eso no pareciera que aceptará ceder nunca ni el más mínimo espacio.

A través de la línea editorial de las grandes corporaciones de la información a su servicio, el imperio se encargó de defenestrar con la mayor saña no solo las virtudes redentoras de un modelo cuya fortaleza fundamental radicó en todo momento en la facultad democratizadora de los medios de producción y la consecuente generación justa de riqueza que le es inherente, sino que se ocupó de destruir de manera sistemática y con la mayor mezquindad la significación y la grandeza de los liderazgos más emblemáticos de las luchas populares a través de la historia.

¿Fue en verdad Joseph Stalin el sanguinario engendro del demonio que presenta el capitalismo como líder de aquella Unión Soviética que amenazaba, según el anticomunismo, la sobrevivencia misma de la raza humana?

¿Es en la actualidad Vladimir Putin (que no es comunista) el perverso líder que se propone acabar con el mundo civilizado, tal como lo dibuja la propaganda capitalista que dirige el Departamento de Estado norteamericano?

Si algo podemos afirmar hoy enfáticamente los venezolanos con la más entera convicción y certidumbre, es que toda esa imagen perversa de líderes nacionalistas que solo perseguirían la destrucción de la humanidad pudiera ser solo producto de la más vulgar patraña propagandística, porque los venezolanos estamos padeciendo en carne viva el atroz proceso de desvirtuación que puede poner en marcha la gigantesca maquinaria comunicacional al servicio del imperio para presentar como tirano a quien no lo es.

Ciertamente asistimos en la actualidad a uno de los más brutales y deleznables procesos de construcción de una imagen falsa que se le pretende imponer a un líder revolucionario que, con sus fallas, como seguramente tiene como ser humano que es, no es sin embargo el cruel dictador que han querido hacer ver los medios de comunicación de la derecha, que procuran convencer al mundo de que Nicolás Maduro sería hoy el tirano que pervertiría como nadie los valores y principios de la democracia.

Quiéralo o no la derecha nacional e internacional que se ha confabulado en ese miserable plan de desfiguración del líder de la Revolución Bolivariana, Nicolás Maduro Moros es el segundo presidente más votado en la historia de los procesos electorales venezolanos, después del comandante Hugo Chávez. Con lo cual se convierte de manera indiscutible en el presidente más legítimo de un Continente en el que la proliferación de mandatarios que llegan al poder a través de maquinaciones leguleyas o acuerdos de conveniencia con factores fácticos, pero jamás como producto del respaldo mayoritario del pueblo, es el estándar que el imperio trata hoy de imponer.

La mediática al servicio de aquel mismo esquema de falseamiento que ha convertido en criminales a los más prominentes revolucionarios de la historia, pretende hacer realidad la infamia de un perfil infundado que el mundo entero sabe que es mentira, aun cuando algunos prefieran no reconocerlo públicamente.

Lo que hace hoy la propaganda imperialista deformando el talante profundamente demócrata del presidente Maduro, es exactamente lo mismo que hizo a través del tiempo en sociedades que no contaban con los avances tecnológicos de los que se dispone hoy para la comunicación de masas, habituadas como estuvieron en el pasado a la “verdad” que vertían a su antojo los sectores dominantes que lograron preservar su omnímodo dominio en virtud precisamente de esas distorsiones de la realidad a las que acostumbraron desde siempre a los pueblos.

Es exactamente lo que pretendieron hacer en todo momento con Hugo Chávez, al que no dejaron ni un minuto en paz en la inclemente persecución que le montaron para buscar destruir a través de la mentira y la calumnia contra su figura el inquebrantable afecto que el pueblo le profesó desde el primer instante de su aparición en la escena política.

No tiene fundamento alguno el descrédito contra Nicolás Maduro, como seguramente no lo tuvieron nunca las inclementes campañas contra el modelo soviético, ni como lo tienen las que se urden a diario desde el Departamento de Estado y del Pentágono contra Rusia y contra su presidente.

Para un imperio voraz e inescrupuloso como el norteamericano, no son dictaduras las monarquías europeas que a estas alturas del siglo XXI continúan presentándose como democracias sin haber sido electas jamás por nadie.

Ni son tampoco actos tiránicos los genocidios que se cometen bajo el amparo de la más repugnante oligarquía en Colombia, México, Paraguay o Perú, para exterminar los liderazgos populares y asegurar así su perpetuación en el poder.

Mucho menos son ilegítimos esos mandatarios que, como la mayoría de los integrantes del ridículo grupo de Lima, son “electos” con porcentajes tan exiguos que en la mayoría de los casos son infinitamente más multitudinarias las manifestaciones populares de repudio a sus inhumanas políticas neoliberales que la cantidad de votantes que los eligieron.

Para ese imperio arrogante, farsante y manipulador, solo son dictadores quienes defienden a sus pueblos de las agresiones internas y externas que pugnan por someter a sus economías. Los que buscan fortalecer las barreras de soberanía que le les son tan preciadas a la luz del derecho internacional y a la libre determinación de los pueblos y que procuran el bienestar de los desasistidos, los excluidos e invisivilizados de siempre.

Aquella gran farsa que podía urdirse impunemente desde la Casa Blanca para destruir los auténticos liderazgos populares de la historia, tendrá cada vez menos espacio en el alma de los pueblos emancipados del mundo.

La infamia difundida hoy desde los cenáculos del poder imperial contra el líder de la revolución bolivariana terminará revirtiéndose más temprano que tarde contra sus propios gestores, porque los pueblos conscientes de Venezuela y del mundo que conocen la calidad irreductible del compromiso de lucha de los hijos de Chávez, saben de la entereza, la rectitud y la convicción profundamente democrática de Nicolás Maduro.

Es exactamente así como lo demostrará el bravío pueblo venezolano el próximo 20 de marzo, cuando con la más contundente mayoría reelija en la presidencia de la República al conductor de las grandes victorias, Nicolás Maduro Moros.

@SoyAranguibel

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s