De Cuba a Siria

Por: Alberto Aranguibel B.

La mañana del 15 de febrero de 1898, el acorazado Maine de los Estados Unidos estallaba en pleno centro de la Bahía de La Habana, en Cuba, dando pie a la Guerra Hispano-estadounidense con la cual el imperio norteamericano interfería la lucha independentista del pueblo cubano contra el imperio español, para quitar a España del camino y hacerse del control de la isla.

Diez meses después, en diciembre de ese mismo año, Estados Unidos interfiere de nuevo en una guerra, esta vez la de las Filipinas contra España, presentándose falsamente como “aliado” de los independentistas filipinos, para imponer en definitiva su dominio sobre el archipiélago del Pacífico.

El presidente de los EEUU, William McKinley, declaró entonces: “En verdad, no quería las Filipinas, y cuando las recibimos como un regalo de los dioses, no sabía qué hacer con ellas. Caminé por la Casa Blanca noche tras noche hasta la medianoche; y no me da vergüenza confesar que me arrodillé y más de una vez apelé al Todopoderoso en busca de guía y guía. Y una noche tarde me di cuenta: primero, que no podíamos devolverla a España; eso sería cobarde y deshonroso; en segundo lugar, que no podíamos dejarlos a Francia o Alemania, nuestros rivales comerciales en el Este; eso sería un mal estilo de negocios y un descrédito; tercero, que no podríamos simplemente dejarlos a ellos mismos; no estaban listos para el autogobierno, pronto habrían tenido anarquía y una peor mala administración allí que el español; En cuarto lugar, que no había nada más que hacer que educar, elevar, civilizar y cristianizar a los filipinos, y hacer lo mejor para ellos con la gracia de Dios, así como también para nuestros semejantes por quienes Cristo también murió. Luego me fui a la cama y me quedé dormido y dormí profundamente. A la mañana siguiente, convoqué al ingeniero jefe del Departamento de Guerra, nuestro cartógrafo, y le ordené que pusiera a las Filipinas en el mapa de los Estados Unidos, y ahí están. Y permanecerán ahí mientras que yo sea presidente.”

Seguramente esa misma inspiración Divina le vino a Donald Trump en medio de sus cavilaciones nocturnas sobre qué hacer con el planeta, y lo puso a lanzarle una noche cualquiera de abril 110 misiles a un centro de investigación científica a nueve mil quinientos kilómetros de distancia de la Casa Blanca.

Como les vino a todos los presidentes del imperio que masacran con bombas a los pueblos del mundo en el nombre de Dios.

@SoyAranguibel

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