¿Por qué Melania se eriza cuando ve de cerca a Putin?

Por: Alberto Aranguibel B.

La sociedad norteamericana es probablemente la más inculta y alienada que haya conocido la historia de la humanidad, como resultado de una filosofía de la dominación y el sometimiento intelectual de la gente, instaurada a sangre y fuego por las élites del poder en los Estados Unidos y extendida al mundo entero a través de la más poderosa herramienta comunicacional que jamás haya existido, teniendo siempre al ciudadano común de esa nación como su primera gran víctima.

No existe sobre la tierra religión, credo, o ideología alguna, que desencadene tan profundo y arraigado sentimiento de terror hacia algo, como lo hace la narrativa anticomunista sobre la cual se erige el modelo imperialista norteamericano y su idea de la dominación planetaria a la que estaría destinada esa nación por designio Divino.

El comunismo no es para el norteamericano promedio una ideología inviable, o tan siquiera inconveniente desde un punto de vista político, sino la más siniestra y terrorífica amenaza contra toda posibilidad de vida que pueda existir.

Para la primera dama de los Estados unidos, ver de cerca (¡y recibir un apretón de su mano!) al presidente de los mismos rusos que durante décadas han sido vistos por todos los estadounidenses como los demonios más espantosos que el cerebro humano haya podido imaginar, tiene que haber sido obligatoriamente el momento de mayor tensión física para su frágil sistema nervioso, acostumbrado desde siempre a amenazas mucho más manejables, como el personal inmigrante de su servicio doméstico, los negros de los suburbios de Washington, o los marcianos que vuelan en ovnis únicamente sobre los EEUU.

Aún con su flamante estilo de vida, Melania no es sino una norteamericana, como cualquier otro ciudadano norteamericano, que cree en la existencia de alienígenas perversos que están a punto de llegar a la tierra con el único y muy infame propósito de destruir sin la más mínima conmiseración a los Estados Unidos, mediante el pavoroso y fulminante rayo incendiario que hará cenizas en cuestión de milisegundos todo cuanto se conoce de democracia y de libertad perfectas sobre la tierra, y con ello todo cuanto de seres humanos felices y amorosos ha existido en el mundo.

Seguramente piensa ella que la única forma de salvación frente a la telúrica amenaza está en el legendario “botón rojo” que solo el presidente del imperio más poderoso de la tierra está facultado para oprimir a la hora de la conflagración final frente a los rusos, o en el refugio oportuno e inexpugnable al cual solamente una cierta élite de privilegiados norteamericanos tiene acceso en el fondo de una caverna en el estado de Nevada, conocida universalmente con el código militar de “Área 51” que identifica a la fortaleza más desconocida del mundo, y en donde, según la creencia común del norteamericano promedio, el gobierno tiene guardado, no se sabe para qué ni para cuándo, el cuerpo momificado de un marcianito de ojos achinados que mide unos 57 centímetros de altura, con una masa cerebral que duplica el tamaño de su tórax y sus dos pequeños bracitos de bebé recién nacido, parecido más bien al arquetipo del niño mexicano que tanta repulsa les causa a los texanos.

Por eso Melania seguramente ve con una grácil complacencia que su marido encierre como bestias a centenares de niños mexicanos que a él no le agradan porque les resultan asquerosos por su sola condición de inmigrantes, y quizás hasta le aplauda el candoroso gesto de dejarlos en libertad después de hacerlos pasar por el horror de la tortura sicológica que su atropello comprende, sin pagar por ello ni siquiera la más mínima condena penal.

Ella no se horroriza con las barbaries que le ordena su marido al ejército norteamericano. Se horroriza con las que no ha visto nunca que le haya ordenado a nadie el presidente ruso, que ella supone por el solo hecho de que ese presidente ruso es oriundo del país de donde emana “la peor amenaza contra la humanidad”, aun cuando esa amenaza jamás haya sido fundamentada con ningún argumento o prueba ni siquiera medianamente sustentable o creíble. El cine, forjador por excelencia de la fábula anticomunista, solo ha dicho en su aterradora narrativa que los rusos someten a la gente de la manera más despiadada y cruel, pero jamás han mostrado sino las imágenes que Hollywood ha creado a su buen saber y entender para darle corporeidad a la leyenda del horror que esa supuesta “amenaza rusa” representa.

Durante décadas, la familia de Melania vio y sufrió el espeluznante relato que escenificaban esas películas, en las que se explicaba sin el menor escrúpulo la forma en que los comunistas sometían y hacían sufrir a los pueblos que caían bajo el influjo del pensamiento revolucionario, y bajo esa cultura del temor a la proximidad o el contacto con el comunismo creció la buena niña que hoy es flamante esposa del “líder del mundo libre” (como a los norteamericanos les fascina llamar a sus presidentes sin importar lo genocidas que estos sean).

A partir de esa manera de entender el mundo, Melania no ve problema alguno en que, por ejemplo, absolutamente todos los obispos chilenos hayan tenido que ser destituidos por el mismísimo Papa en persona, dada la descomunal tasa de crímenes de pedofilia cometidos por todos y cada uno de esos obispos. Melania se habría angustiado si algún presidente antiimperialista hubiera sido encontrado culpable de hacer llorar tan siquiera a un niño (como lloran aterrados los niños de las guarderías que visita su marido, pero que ella no ve).

Ella quizás vería muy mal (y probablemente iniciaría una campaña por las redes sociales para pedir auxilio para esa nación) si al presidente de un país llamado Venezuela (“o algo así”) se le encontrara alguna cuenta personal en cualquiera de los paraísos fiscales donde siempre se le encuentran dineros estafados a sus países a los líderes neoliberales del continente, como sucede a cada rato con los presidentes de Argentina, de Perú, de Brasil, de España, y hasta de su entrañable Colombia, pero con los cuales ella no tiene por qué preocuparse porque son los “amigos” de su esposo. Y su esposo no es ningún demonio como el presidente ruso de los pérfidos rusos que tanto la atemorizan a ella y a toda su familia.

Seguramente se aterraría si alguien le llegara con la noticia de que en Rusia hace décadas que no gobierna el comunismo. Que en las elecciones en las que fue electo por primera vez ese presidente ruso al que ella tanto teme, el mismo obtuvo la victoria con un 64% de respaldo popular, cuando el candidato del partido comunista llegó apenas al 17%. Y que en las que acaba de ser reelecto, por segunda vez, obtuvo un descomunal logro del 76%, frente al significativo bajón del candidato comunista, que cayó a un 12% apenas de apoyo electoral. Con lo cual lo que queda más claro que ninguna otra cosa en las elecciones rusas es que lo que menos hay hoy en día en esa potencia asiática es un régimen comunista como el que ella y todos los norteamericanos tanto temen.

Un temor que nadie en la cúpula del imperio está dispuesto a corregirle, ni a la primera dama ni a ningún otro norteamericano, porque además de traumático para sus pobres cerebros alienados, eso pudiera significar el descalabro de la base de sustentación de un modelo que solo existe por el temor que el anticomunismo logra infundir en su propia población y en el resto del mundo, sin importar si ese temido comunismo existe o no existe.

Por eso debe ser que el Servicio Secreto (como llaman los gringos a su servicio de protección presidencial) no le informa debida y oportunamente a esa buena señora los más elementales datos que ella debiera manejar a la hora de emprender una gira diplomática hacia cualquier parte del mundo.

Para el modelo neoliberal del imperio norteamericano, interesa más una primera dama muy temerosa haciendo el ridículo frente a un mandatario ruso, que un insignificante e inconducente saludo protocolar más.

@SoyAranguibel

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