Asamblea Nacional Constituyente: Un año de realidad verdadera

Por: Alberto Aranguibel B.

El 30 de julio de 2017, hace exactamente un año, nadie sabía cómo podría alcanzarse la paz por la vía del voto, al cual el presidente de la República había convocado hacía apenas dos meses antes en medio de una vorágine incendiaria y criminal desatada por la derecha venezolana con apoyo del Departamento de Estado de la más poderosa potencia de la tierra para intentar derrocar al gobierno venezolano mediante la desestabilización y la ingobernabilidad que la violencia generaría.

Sin embargo, la inmensa mayoría de las venezolanas y los venezolanos acudió masivamente a ejercer su derecho al voto, por encima incluso de las presiones y amenazas de la oposición terrorista que había dispuesto operativos de cerco a los centros de votación para impedir la realización del evento electoral en los municipios bajo su control.

El voto fue la respuesta de la sociedad venezolana al terror del cual toda la población era presa, víctima como era entonces de esa violencia que afectaba a chavistas y opositores, haciendo temblar de miedo a todas y todos por igual con la sola idea de ser quemados vivos en la vía pública por la sola eventualidad de no tener la camisa adecuada o el color de piel del gusto de los facciosos que por desgracia se tropezaran en cualquier urbanización opositora del país.

Todos, absolutamente todos los que acudieron a votar aquel día, lo hicieron movidos por el desespero de alcanzar la paz que el jefe del Estado había prometido el 1ro de mayo en su convocatoria a Asamblea Nacional Constituyente.

“Yo convoco el poder constituyente originario para lograr la paz que necesita la República; para derrotar el golpe fascista; y para que sea el pueblo con su soberanía quien imponga la paz, la armonía, el diálogo nacional verdadero… ¿Quieren diálogo? Poder Constituyente. ¿Quieren paz? Poder Constituyente. ¿Quieren elecciones? Poder Constituyente”, fue exactamente lo que dijo entonces el presidente Nicolás Maduro.

Desde el instante mismo de proclamados los resultados de aquel histórico evento electoral, la paz tuvo lugar en absolutamente todo el territorio nacional sin que ningún integrante de ese nuevo actor político disparara un tiro o agrediera a ningún opositor.

¿Por qué un evento cívico como una elección lograba disolver de la noche a la mañana el terrorismo que mantenía a la sociedad en vilo, y reinstauraba la paz que el presidente de la República había prometido como tarea indispensable para emprender el proceso de recuperación de la estabilidad y la gobernabilidad que le permitieran al gobierno avanzar entonces en acciones de carácter propiamente económicas?

Porque la función de esa Constituyente no era la de la lanzarse a las calles en una contra ofensiva armada para sofocar la violencia a sangre y fuego, sino cumplir una labor de naturaleza estrictamente política, pero también mediática, como lo era la de demostrarle al país y al mundo mediante el voto universal, directo y secreto, que la verdadera mayoría en el país no era el grupo que había engañado a millones a través de la televisión y la prensa nacional e internacional con la infame tesis de su supuesta superioridad numérica frente a los millones que respaldan al presidente legítimamente electo.

Quienes pretendieron utilizar de manera fraudulenta el circunstancial triunfo electoral obtenido en 2015 en la elección de la Asamblea Nacional para dar un golpe de Estado bajo el formato institucional que la derecha ha venido utilizando para asaltar el poder ganado en las urnas electorales por los presidentes progresistas de la región, le vendieron al mundo que los votos por ellos obtenidos entonces eran el aval y el instrumento suficiente para sacar del poder a Nicolás Maduro, siendo que ninguno de aquellos electores los eligió al frente del poder legislativo para tan inconstitucional y descabellada función parlamentaria, toda vez que no existe en la carta magna atribución alguna que sustentara tal despropósito.

A lo largo de esos dos años, que van desde el 2015 hasta el 2017, la derecha fue abultando mediáticamente la farsa de su supuesta mayoría, hasta hacerle creer a millones, no solo en Venezuela sino en el mundo entero, que Nicolás Maduro (a quien empezaron entonces a calificar de “dictador” para reforzar la falaz matriz según la cual el presidente estaba completamente solo en el palacio de Miraflores) no contaba con el respaldo popular que le había llevado al poder, por lo cual tenía que ser desalojado del mismo. Al final de aquella vorágine de falseamiento de la realidad, los opositores aseguraban haber obtenido más de 14 millones de votos en la elección de la Asamblea Nacional, lo que incluso muchos incautos del chavismo terminaron creyendo.

La innegable verdad que el poder plenipotenciario del pueblo puso al descubierto, desmontó la farsa y desactivó ipso facto a los terroristas.

Más de quinientas mujeres y hombres, jóvenes, trabajadores de la ciudad y del campo, indígenas, personas con capacidades diferentes, cultores populares, intelectuales, empresarios y voceros del poder popular organizado, asumieron ese compromiso de hacer valer la verdad de una realidad que estaba siendo burlada por la mediática nacional e internacional en su intento por poner el país en las manos de los apátridas que han luchado siempre por el mismo empeño de entregarle Venezuela al imperio norteamericano a cambio de una bastarda comisión en dólares.

La mayoría de esas y esos constituyentes jamás han sido funcionarios públicos. La mayoría ni siquiera conocía la capital, ni mucho menos sabía cómo movilizarse en ella de un lado al otro. Todavía hoy muchos no conocen más allá del recorrido que transitan semanalmente en las idas y venidas desde las residencias constituyentes, ubicadas en Fuerte Tiuna, hacia las sesiones en el Palacio Legislativo en las que se han aprobado Leyes y Decretos “vitales para la vida nacional”, como ha dicho el propio presidente Maduro.

Su trabajo a lo largo y ancho del país, recogiendo en miles de asambleas populares las propuestas y las angustias de la gente para nutrir con ellas la reforma prevista a nuestra carta magna, así como su participación permanente en reuniones de consulta, debates públicos y programas de opinión que exigen una preparación muy completa, no solo desde el punto de vista político sino primordialmente teórico y técnico, dan fe del esmero con el que cumplen este insoslayable servicio patrio, en medio de las grandes limitaciones y dificultades que padecen, porque no son de ninguna manera los “burócratas enzapatados” de los que habla la canalla opositora (y una que otra “autocrítica” pendenciera) sino que son el pueblo mismo trabajando para el pueblo, colocando muchas veces a su familia en situación de penuria y poniendo en riesgo a cada paso su seguridad personal para poder cumplir con su responsabilidad.

Son venezolanas y venezolanos que vienen de todo el país a cumplir una tarea impostergable para la cual fueron llamados por el presidente de la República en una hora angustiosa en la que el futuro era poco menos que incierto y desolador, y que han cumplido a la más entera cabalidad con abnegación y elevado sentido del compromiso con la Patria: Han asegurado la paz que hoy le permite al Jefe del Estado poder acometer las acciones económicas por las que el pueblo tanto ha clamado desde que la oposición decidió desatar su inmisericorde y despiadada guerra de hambre contra las venezolanas y los venezolanos.

En un frente cualquiera de batalla no actúan solamente los fusileros de primera línea en la contención o reducción del enemigo. Junto a ellos debe estar siempre la unidad blindada, los paracaidistas, la armada, la aviación, así como aquella que garantice la dotación adecuada de la tropa, el apresto debido del armamento, de la logística, e incluso el equipo de salud que supla oportunamente el servicio médico necesario.

Como en toda guerra, en las que los ejércitos se distribuyen las responsabilidades de acuerdo a su área de competencia, la Asamblea Nacional Constituyente ha desempeñado junto al gobierno y al resto de los poderes públicos, una función esencial sin la cual nada, que no fuese la confrontación fratricida entre los venezolanos hacia la cual nos dirigía la oposición, habría sido posible.

Muy pocos países sujetos a la misma arremetida imperialista podrían alcanzar hoy en día esa paz sin sufrir el devastador martirio de una guerra civil. Desconocer ese aporte de la ANC en el logro de la estabilización es de una mezquindad, más que bochornosa, repugnante. Por eso este primer año de la Asamblea Nacional Constituyente debe ser conmemorado con el mayor alborozo por el pueblo. Por todo el pueblo.

@SoyAranguibel

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