Lecciones que salvan pueblos

Por: Alberto Aranguibel B.

Venezuela debe ser una escuela donde todos aprendamos muchas cosas
Hugo Chávez

Desde siempre, y hasta el último instante de su vida, el Comandante Chávez insistió en la necesidad del estudio y de la formación ideológica como instrumentos de liberación. No omitió jamás en ninguna de sus reflexiones orientadas a la construcción de la sociedad inclusiva, de justicia e igualdad que la revolución se propone, la importancia del saber pensar.

Alertaba cada vez que se comunicaba con el pueblo acerca del peligro que representaba la deformación burguesa del interés por lo material sin pensar en lo humano, en lo colectivo, en lo social. “No basta con la voluntad revolucionaria –decía- es la racionalidad revolucionaria la que se impone también.”

Para él la formación se concebía no como un medio para elevar la categoría intelectual del individuo, como se asume en el capitalismo, sino como una herramienta de transformación para hacer realidad el modelo humanista bolivariano, a partir del desarrollo de la conciencia popular. “La conciencia es el resultado del conocimiento. Por eso hay que estudiar, leer y analizar mucho.”

Su eterna preocupación por habituar a las venezolanas y los venezolanos a pensar con criterio y buen juicio, se tradujo en una enseñanza practicada por más de tres lustros de ejercicio pedagógico constante (casi ininterrumpido), con el cual el pueblo se formó en las ideas del socialismo, pero también en las formas de defenderlo y de preservarlo para asegurar y perpetuar la felicidad social que el modelo se propone alcanzar.

Por eso cuando en el mundo se preguntan por qué razón la revolución venezolana es tan difícil de derrocar, por qué los cuantiosos recursos invertidos por el imperio norteamericano en desestabilizar el país no son nunca suficientes para destruir la democracia venezolana, por qué a pesar del padecimiento que, en virtud de la inmisericorde guerra desatada contra él, el pueblo sigue apoyando masivamente a la revolución bolivariana, la respuesta siempre es la misma; por el alto grado de conciencia revolucionaria alcanzado por ese pueblo.

De ahí que el ataque más brutal de los poderes fácticos del gran capital contra el país, es el que procura el quiebre ético y moral de la población, a través de un proceso de enajenación que coloca el interés por lo material, por lo insustancial y lo efímero, en el centro de la aspiración del individuo, al que se lleva a despreciar toda noción de proyecto en colectivo y todo principio de lealtad a ideal alguno de nobleza, de independencia o de soberanía. Se trata de destruir uno de los más valiosos activos alcanzados por la revolución, como lo son las enseñanzas profundamente humanistas sembradas en el alma del pueblo por el comandante Chávez.

Pero son muchas y muy poderosas las amenazas que hoy se ciernen sobre ese pueblo. El olvido del horror del cual venimos, de las causas y formas de expresarse ese horror, es solo una de esas amenazas que, entre tantas, pueden colocar una vez más al país al borde del precipicio y hacer fracasar las extraordinarias perspectivas de recuperación económica que las medidas anunciadas y puestas en marcha por el presidente Maduro auguran.

Dejarse llevar en este momento por una irracional ansiedad y una expectativa sobredimensionada, así como por la desinformación y los rumores que la contrarrevolución difunde con el claro propósito desestabilizador en función de su proyecto entreguista y vendepatria, sería exactamente lo mismo que rendirse al enemigo en medio de la batalla sin disparar ni un tiro.

Olvidar cómo empezó la vorágine, cómo actuaron sus propiciadores, cómo engañaron al pueblo haciéndole creer que era Maduro el causante de las desgracias que padecía, sería sin lugar a dudas el detonante de una coyuntura de grandes dificultades que postergaría, quién sabe si para siempre, el bienestar y el progreso que el Programa de Recuperación, Crecimiento y Prosperidad Económica comprende.

Desde el primer día del gobierno de Nicolás Maduro, el pueblo vio cómo los especuladores fueron orquestándose en un alza intempestiva y sin justificación alguna de los precios de decenas de miles de productos a lo largo y ancho del país en forma simultánea, con el propósito de desbordar la capacidad fiscalizadora del Estado y hacer ver así al presidente como incapaz para gobernar. Por eso la respuesta del sector privado a las medidas de control impuestas en aquel momento por el gobierno a los especuladores (caso Daka), en vez de ajustarse al cumplimiento de las normas, no fue otra que la masificación de la especulación.

Hoy el pueblo sabe perfectamente que no es solo con multas o con cárcel como se frena una guerra económica de las dimensiones de la que se ha desatado contra nuestro país, porque a lo largo de todos estos años de revolución, y de gobierno de Nicolás Maduro, en particular, ha aprendido que el alza de precios en los productos de primera necesidad es apenas un componente de esa perversa vorágine depredadora. Que las tenazas de esa guerra se extienden mucho más allá de los locales comerciales y abarcan no solo el territorio nacional sino el ámbito internacional donde el imperio ejerce su control del sistema financiero, de subordinación de los gobiernos lacayos a sus designios, y pone en acción su amenazante poderío militar.

Se conoce la extraordinaria capacidad de mutación que el capitalismo aplica a sus distintas modalidades y formas de ataque al sistema económico para reducir su capacidad de respuesta a los embates que procuran su destrucción. Se sabe que el capitalismo pasa de la usura al acaparamiento. Luego al ocultamiento de la mercancía. Después a la manipulación de la producción y la distribución. La generación de todo tipo de mercado negro; de divisas, de productos para el contrabando, para el bachaqueo, de sustracción del cono monetario.

Es más que sabida su perversidad en el estrangulamiento de la economía mediante acciones ilegales, violatorias del derecho internacional humanitario, como los bloqueos o las sanciones arbitrariamente impuestas al país.

Y se sabe, muy fundamentalmente, que los medios de comunicación internacionales están al servicio de la infamia, la orquestación de campañas infundadas contra nuestro pueblo, para fabricar artificialmente una dictadura inexistente en la realidad y hacerle creer al mundo que Venezuela es un país forajido cuyo gobierno participativo y protagónico tendría que ser derrocado con la anuencia de la comunidad internacional para darle paso a una modalidad de democracia neoliberal impuesta desde la Casa Blanca.

Corresponde a la revolución librar una batalla en la que las lecciones aprendidas sirvan para avanzar hacia el logro efectivo de los objetivos que se propone el auspicioso programa de recuperación económica puesto en marcha y no para retrotraernos a escenarios que la realidad nos ha probado que son definitivamente inconducentes, e incluso inconvenientes.

No volver a caer nunca más en la trampa de las confrontaciones irracionales entre venezolanos, es una primera lección. El opositor de a pie, no el de su destartalada e inoperante dirigencia, ha comprendido ya que el formato de la violencia de unos contra otros no es el camino para labrar el porvenir al que aspira el país. Eso lo demostró con su masiva participación en los cuatro procesos electorales que han sido convocados este último año y con su persistente desatención a los llamados de la derecha a recrudecer la desestabilización.

Pero el chavismo tiene que comprender también que le toca hacer valer ahora más que nunca toda la sabiduría que en buena hora le legó el comandante Chávez cuando alertaba sobre las asechanzas que debían ser sorteadas en revolución.

Corresponde, pues, a los revolucionarios, al pueblo de Venezuela, entender que la solución al alto costo de la vida, al problema del desabastecimiento y a la falta de acceso a los productos de primera necesidad, de necesaria dignificación de la calidad de vida, de justicia y de igualdad social, no es ninguna otra que el socialismo.

Que no vinimos aquí a perfeccionar el capitalismo. Ni a procurar que el modelo económico, consumista e inhumano sea el que satisfaga la ancestral sed de inclusión y de justicia social que la humanidad ha reclamado desde hace siglos. “Socialista somos, socialismo hacemos, y socialismo haremos.” al decir de Chávez.

Y, lo más importante en este momento; Que en todo ello, la confianza y la lealtad que el pueblo le brinde a Nicolás Maduro, al liderazgo revolucionario y a su gobierno, es esencial y determinante. Confianza que se ha ganado con su capacidad de respuesta como estadista frente a la adversidad. Y lealtad que se merece como digno hijo de Chávez que no se le ha rendido ni se le rendirá jamás al enemigo.

Vacilar sería perdernos.

@SoyAranguibel

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