El imperio conspiranoide

Por: Alberto Aranguibel B.

Galileo Galilei fue condenado por la inquisición a confinamiento perpetuo por sostener que los planetas giraban en torno al sol. El fundamento de la condena era tan bochornoso como que la cuestionada teoría no había sido escrita en latín (que era la lengua usada por la iglesia para impedir que el conocimiento terminara siendo eventualmente del dominio público) o que aún cuando pudiera sostenerla como hipótesis no podía hacerlo como verdad, a lo cual Galileo, como era de esperarse, se negó siempre.

En la premisa del ocultamiento de la verdad se basa la institucionalización a la que asistimos hoy en día de una figura contra-ideológica ampulosamente denominada “teoría de la conspiración”. Una forma sui generis de esconder la verdad que se ha convertido en doctrina de sobrevivencia para la estructura del poder hegemónico.

Como hizo el imperio romano contra Jesucristo, o la inquisición contra Galileo en la Edad Media, el imperio norteamericano proscribe sistemáticamente el conocimiento avanzado que no esté bajo su control, porque las ideas sobre las cuales se sostiene su modelo capitalista son insostenibles desde una concepción abierta del pensamiento. Una nación cuyo poderío se debe al sudor de los millares de esclavos que la construyeron, y al saqueo de los pueblos y naciones del mundo a los que atropella y somete arbitraria e injustamente, no tendrá jamás argumentación de ningún tipo para rebatir las acusaciones en contra de su inhumano y depredador sistema económico.

Con ese método del desecho de las ideas inconvenientes, Estados Unidos impone hoy su dominio planetario sobre el conocimiento, obligándolo mediante la más inmisericorde amenaza de descalificación y escarnio público a mantenerse dentro de los linderos de lo “social y políticamente aceptable”, sin importar la consistencia e irrefutabilidad de las ideas que el poder hegemónico considera revolucionarias.

Pero la teoría de la conspiración no es un asunto de ideas controversiales nada más, sino que se constituye en un atentando contra todo evento o realidad verificables, cuya proscripción es lleva a cabo por el imperio sin respetar siquiera la más elemental fuerza probatoria de sus argumentos.

Ni la prueba científica ni los llamados elementos de convicción revisten la más mínima importancia para ese arrogante imperio, que sostiene con la misma intolerancia y desvergüenza el carácter supuestamente conspiranoico de quienes alertan, por ejemplo, sobre el calentamiento global, como de quienes demuestran de la manera más incontrovertible la falsedad de la llegada del hombre a la luna; la participación de la CIA en el asesinato de John F. Kennedy y en el derribamiento de las torres del Word Trade Center en Nueva York; o el uso de la tecnología informática para el control social, como ha sido demostrado hasta la saciedad por expertos más que calificados en la materia.

Como policía del mundo, que cree en el sometimiento y la subordinación de todas las naciones a sus designios, Estados Unidos no acepta la autoridad de tribunales extraterritoriales de ninguna naturaleza, incluida la mismísima Corte Penal Internacional, a cuyos magistrados un alto vocero del gobierno del presidente Donald Trump se ha atrevido recientemente a amenazar con la cárcel, siendo el mismo tribunal al que Estados unidos amenaza con llevar a todo aquel que no se someta a la voluntad del imperio.

Persiguiendo todo aquello que le resulte amenaza, Estados Unidos ha terminado convertido en un verdadero “estado conspiranoico”, al que ya nadie le cree las fábulas del horror carcelario que existirían tras los muros del Kremlin, ni las paranoicas predicciones del colapso de la economía mundial supuestamente provocado por China, o la extinción de la humanidad a la que nos conducirían Irán o Corea del Norte.

Así como ninguna persona medianamente sensata en el mundo le ha creído la patraña de la crisis humanitaria que, según Donald Trump, habría en Venezuela.

@SoyAranguibel

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