Retrato de una asquerosa guerra contra el pueblo

Por: Alberto Aranguibel B.

Cuando el periodismo se presta dócil y entusiasta a la rastrera tarea de hacerle el favor a la oligarquía, construyéndole a diario una narrativa que oculte o que justifique su desprecio hacia los pobres y enaltezca sin miramientos la depravación explotadora de los ricos, se incurre sin lugar a dudas en la peor de las ignominias.

Que las guerras sirvan para vender más periódicos y alcanzar mayores niveles de audiencia en la radio y la televisión a partir de la exaltación morbosa de la sangre y de la muerte, es ya de por sí repugnante. Sin embargo, es mentira que esa vocación necrofílica sea la causa de la vulgarización en el ejercicio del periodismo bajo la concepción capitalista que hoy prevalece en las grandes corporaciones mediáticas del mundo.

La verdad es que el contenido mediático, cargado de perversiones que alientan esa lascivia por la crueldad, es lo que conduce a las sociedades a su enajenación progresiva, en la medida en que, por vía del hábito a la exposición cotidiana de lo más perverso del ser humano, convierte toda depravación en cultura.

El afán por la visibilización de la penuria como expresión de la realidad, no es de ninguna manera la fórmula imprescindible para la superación de las calamidades del mundo, como lo ha argumentado desde siempre la gran prensa para aparentar una falsa vocación de contraloría social y de servicio público que jamás ha tenido en la práctica.

El medio se sirve de la calamidad para aumentar sus utilidades a costa del sufrimiento ajeno, y punto.

De ahí que las guerras que se libran hoy en el mundo están determinadas siempre por el mismo factor mediático que las origina y las promueve, a partir de esa particular capacidad para la distorsión y la manipulación de la realidad que ya ha pasado a ser parte consustancial a la vida moderna de las sociedades en todo el planeta, sin distingo alguno de su orientación ideológica o modelo político.

Mediante el secuestro de derechos que le corresponden a la sociedad antes que a las empresas, el medio de comunicación ha violentado desde siempre la posibilidad del ser humano para acceder a la verdad, no solo de su entorno sino del universo mismo. Verdad que le es falseada de acuerdo al poder y a los intereses particulares de los dueños de esos medios que paulatinamente han ido erigiéndose en pontífices inobjetables y eximios tanto del bien como del mal.

Un ejemplo de esta saña morbosa por obtener réditos con el sufrimiento ajeno, sin importar en lo más mínimo la ética que debiera regir el ejercicio del periodismo, es sin lugar a dudas la publicación que recientemente encontramos en la página editorial del ultraderechista diario argentino La Nación, en la que el periódico hace gala de una proverbial capacidad para el retorcimiento de los hechos y el montaje infame de matrices de opinión que atenten a como dé lugar contra la dignidad de un pueblo ,en este caso el venezolano, y en particular de un niño al que con un arbitrario e infundado comentario, urdido por la mente calenturienta de la redactora de turno, se ultraja y se humilla sin conmiseración alguna.

Barbería Migrante

La foto, como la mayoría de las fotos, no necesita explicación. Se trata de un niño que mira a cámara con la curiosidad común en todos los niños del mundo cuando ven a alguien frente a ellos, justo en el momento de ser afeitado por una persona que al parecer integra un equipo de ayuda internacional en algún campamento desconocido (porque no se identifica en la foto) pero que pareciera francés por los colores azul, blanco y rojo, así como las letras que apenas medio se leen, en las capas de los barberos.

No se percibe en la imagen sufrimiento alguno, que no sea el que tenían en mente quienes han querido convertir el fracaso de la oposición venezolana en un show contrarrevolucionario de alcance internacional con el tema de la migración que han protagonizado venezolanos víctimas de las mismas campañas de desinformación y de terror orquestadas a través de los medios por esa misma derecha, y que en virtud del engaño han terminado retornando al país con el mismo desespero con el que se fueron huyendo hacia el exterior hace apenas unos meses.

Bien pudiera ser un “falso positivo”, porque ni los migrantes venezolanos están siendo recibidos en Bogotá por ningún cuerpo de ayuda humanitaria, como explica la nota, ni los que están en Cúcuta son atendidos por ninguna misión francesa. Mas bien pareciera tratarse de algún niño árabe en el norte del Africa, como los hay hoy por decenas de miles en la condición de refugiados.

Pero Diana Fernández Irusta, la periodista de marras, le acomoda un texto de pretendida factura poética (como para ocultar la carga virulenta y ponzoñosa que el comentario lleva como objetivo político soterrado) haciendo alarde de una empalagosa jerga sensiblera que apesta por lo rebuscado y decadente.

Para hacer aparecer al niño como una víctima más de la supuesta “dictadura” que estaría asolando a Venezuela, lo retrata como “Puro ojos, pura belleza”, pero inmediatamente lo conecta con el canallesco discurso de la manipulación que ha preparado, en un punto y seguido que desliza un “Todo interrogantes”, sacado del más nauseabundo baúl de la cursilería.

A modo de “respuesta”, infiere el resto de la escena fotográfica con el veneno que le da a su trabajo el fulgor de la infamia que sus jefes le exigen: “La peluquería, intuimos, tiene algo de improvisada. “Brigada social”, llama el epígrafe de las foto a quienes -ay esos barbijos, esos guantes de plástico- emprende la tarea de rasurar estas cabezas. Cabezas de inmigrantes. El niño es venezolano, está en Bogotá, a metros de la estación de micros. Ignoramos con cuántos integrantes de su familia habrá viajado, durante cuánto tiempo, a través de qué dificultades. Solo tenemos su mirada; descomunal de enorme, abismal en la inquietud, la pregunta, el desconcierto. El niño mira al fotógrafo con algo aún más lacerante que el miedo. Sus labios callan, pero sus ojos dicen que ya no hay casa, ni juegos, ni escuela, ni rumor de dibujos animados por la tarde, con los cuadernos listos para hacer la tarea. No hay nada, salvo este saberse repentinamente sobrante. Objeto incómodo, sujeto de asepsia.

La pestilente nota no alcanza a dar una explicación ni siquiera medianamente cercana a la realidad del fenómeno de la migración venezolana, creado por la derecha latinoamericana a través de los medios de comunicación y su gran poder de influencia sobre la sociedad. Pero sirve para alimentar el ego de la flabistana, quien con toda seguridad así se siente emparentada con la rutilante Angelina Jolie en eso de “velar por los niños que huyen de la barbarie socialista”, razón por la cual no tendrá jamás obligación alguna de escribir ni una línea sobre los verdaderos desplazados latinoamericanos que desde hace décadas abandonan por millones sus países regidos por gobiernos neoliberales que hambrean y pueblan de miseria al continente.

¿Qué es eso de “la mirada descomunal de enorme”? ¿Qué es lo “más lacerante que el miedo” con el que el niño mira al fotógrafo? Nada. Todo en la redacción de los periodistas del neoliberalismo es fatuo, inconsistente y sin esencia.

Su propósito no es desarrollar idea alguna, sino causar dolor, generar odio, hacer sufrir a sus lectores con la rabia que ella cultiva con su verbo repugnante, cargado de falsedades, mentiras y de infamias contra un pueblo que a ella en verdad le sabe al mismo estiércol que sus manos destilan sobre el teclado de la computadora que le presta La Nación.

No son periodistas quienes como ella trafican irresponsablemente con la verdad para imponer la falsedad del mundo capitalista, sino mercenarios de una guerra emprendida por el odioso poder del dinero contra una nación que ha decidido ser libre e independiente, y que no se someterá jamás a los designios ni de las grandes corporaciones norteamericanas, ni de los grandes medios de comunicación que se han confabulado con el imperio para intentar asaltar a nuestro pueblo para robarnos no solo nuestras riquezas y nuestro bienestar sino nuestra esperanza y nuestro futuro.

@SoyAranguibel

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Un comentario sobre “Retrato de una asquerosa guerra contra el pueblo

  1. Eso es lo único que les importa y así dominar subjetivamente y objetivamente las mentes. A bolsonaro lo eligieron y ahora vienen un montón de explicaciones del por qué. Pues viendo los sucesos en Brasil y Argentina, además, de las explicaciones, también hay un factor a considerar: en el gob. de Cristina hubo paros indeseables muy organizados sobre todo de transporte y en Brasil, con Dilma, paros y protestas sobre todo por las Olimpíadas realizadas y un mundial de fútbol, en ambos casos no se hizo lo necesario para que la población, por unos cuantos, no fuera afectada en muchos aspectos y eso forma parte de la dejadez e indolencia con que se trata estas situaciones, que en muchas ocasiones su objetivo es mostrar la debilidad del estado y sus instituciones como ente regulador de situaciones manipuladas en la mayoría de los casos. ESO han que tomarlo en cuenta: mismo caso con diferentes maniobras se está aplicando en nuestro país, acotando que hay mucha viveza y aprovechamiento de las situaciones generadas y creadas por la opo.

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