La mentira de la propaganda como herramienta de los nazis

Por: Alberto Aranguibel B.

Si alguna acusación se le ha hecho a Adolfo Hitler a lo largo de las últimas siete décadas y media (después de la de genocida, por supuesto) es la de haber sido un obseso manipulador de la opinión pública mediante el uso enfermizo y casi criminal de la propaganda.

Manipulador porque, de acuerdo al relato histórico que nos presenta la mediática occidental desde entonces, habría sido un mentiroso compulsivo que habría ideado perversos mecanismos de engaño para cautivar a la gente.

Enfermizo y criminal porque habría apoyado el inmenso poder que llegó a alcanzar, no en favor de la democracia sino en beneficio de la barbarie antisemita que llevaba a cabo. Para lo cual el medio de comunicación habría sido un instrumento fundamental.

Pero Hitler no convocó jamás una rueda de prensa. Ni dispuso tan siquiera un espacio para recibir a los periodistas de ningún medio, como las modernas salas de prensa que acogen hoy en la Casa Blanca a decenas de los comunicadores más importantes de los Estados Unidos y del mundo.

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Obama periodistas1

La grandeza de Hitler, cualquiera que haya sido, no se construyó encerrándose en un estudio de televisión o en una imponente oficina de connotaciones imperiales, como el Salón Oval, por ejemplo, sino a través del contacto directo con la gente en mítines multitudinarios, fastuosas paradas militares y presentaciones públicas de toda índole, que desmentían la imagen del propagandista que los “aliados” fabricaban de él desde mucho antes de la Segunda Guerra mundial y explicaban a la vez el arraigo popular en la Alemania de la preguerra de la idea supremacista sobre la cual se sustentaba en realidad el proyecto político que él encarnaba.

Infinidad de estudios de importantes investigadores alemanes y de otras naciones, principalmente norteamericanos, han establecido que el afán de Hitler no era la dominación mundial o el imperio de los arios sobre el resto de la humanidad (como lo presenta la narrativa occidental) sino la búsqueda de la superación de la más grande crisis económica padecida por Europa en toda su historia, y que el Führer atribuía a la ancestral vocación usurera de los judíos capitalistas diseminados por Europa, tal como hoy en día se constata en la lógica explotadora del mercado financiero mundial, controlado casi en su totalidad por el sionismo internacional.

Hitler se proponía el rescate económico a partir de la reunificación del pueblo germánico originario cuyas raíces se remontan a los tiempos de la antigua Persia, conocido ancestralmente como “ario” no por razones raciales sino sociales. Para los indoeuropeos, “ario” era quien pertenecía a las clases nobles de la sociedad. Por eso su proyecto se presentaba como un movimiento “nacionalsocialista” (que nada tenía que ver con el socialismo propuesto por Marx, a quien Hitler despreciaba particularmente por su ascendencia judía).

Sin embargo, el discurso de los vencedores (capitaneados siempre por los Estados Unidos de Norteamérica) reduce la dimensión de todo aquel drama histórico por el que venía atravesando Europa desde casi la edad media hasta la primera mitad del siglo XX, al simple antojo personal de un desquiciado enceguecido por el poder.

Quienes tratan de explicar el fenómeno argumentando que las atrocidades nazis fueron posibles porque, supuestamente cegada por la propaganda, la población desconocía lo que estaba sucediendo, dejan de lado el hecho de que hoy en día los presidentes norteamericanos cometen las mismas o peores atrocidades contra los pueblos, ufanándose de ello frente al mundo cada vez más abiertamente.

No fue Hitler quien uso la propaganda para convertirse en lo que fue. Fueron sus enemigos, en particular el imperio norteamericano, quienes la usaron para fabricar un demonio necesario sobre quien la gente pudiera hacer recaer su desprecio eterno y olvidar así el atropello del cual el mundo es víctima permanente por parte de la potencia del norte. En función de eso lo fueron presentando con un discurso que se iba amoldando a sus intereses a través del tiempo; en un principio lo presentaron simplemente como un brutal genocida; décadas después le añadieron el carácter “socialista” que algunos han querido acuñarle forzando la lectura del término “nacionalsocialista”; y finalmente, en la actualidad, le adosan el rasgo de drogadicto (como lo presenta recientemente un reportaje nada más y nada menos que de la BBC de Londres), todo lo cual resume hoy en día el perfil del criminal más abominable de acuerdo a la lógica de la propaganda capitalista.

¿Qué le reclamó en definitiva el mundo civilizado a Adolfo Hitler para permitirse abalanzar contra él todo el poderío bélico imaginable hasta entonces? ¿Que osó invadir aquellos países que representaban algún tipo de amenaza a los intereses de Alemania?

¿Qué podría decirse entonces de Estados Unidos, que desde hace casi dos siglos ha fundamentado su injerencia financiera o política en la casi totalidad del mundo en la supuesta obligación de preservar sus intereses económicos como nación? Con la eliminación del nazismo, quienes controlan (y han controlado siempre) el inmenso poder de los medios de comunicación, apartaron del camino un obstáculo para la consolidación del modelo capitalista hegemónico que hoy impera en el mundo. Su interés no fue nunca la reinstauración de la democracia en Europa, sino el secuestro de esa democracia para ponerla al servicio del gran capital.

¿Que Hitler aplicó sistemáticamente la fórmula del exterminio contra el pueblo judío durante aquellos cinco años de la segunda guerra?

¿Cuánta gente inocente no ha perdido la vida por efecto de las invasiones arbitrarias que EEUU ha llevado a cabo en más de treinta y dos naciones desde el fin de esa guerra hasta hoy? La barbarie con la que el ejército norteamericano ha asolado naciones enteras durante este periodo, incluyendo el uso de armas bacteriológicas, químicas y atómicas nunca usadas por ningún otro ejército, ha sido practicada por EEUU de manera ininterrumpida por más de siete décadas; catorce veces más tiempo del que ocupó la Alemania nazi en su vorágine antisemita; cientos de miles de muertos más; así como billones, varios billones más, de dólares invertidos en esas interminables y devastadoras guerras.

Captura de Pantalla 2019-02-17 a la(s) 7.13.44 p. m.Captura de Pantalla 2019-02-17 a la(s) 7.16.31 p. m.conflicto irakiv flota

Una barbarie que en el discurso de las grandes potencias que lo dieron todo por el exterminio del nazismo tenía que ser eternamente inaceptable para la humanidad. A partir de lo cual todo lo que se hizo para acabar con Hitler y borrar todo vestigio de nazismo se consideró perfectamente justificado y hasta glorioso.

¿Por qué entonces Donald Trump, que construye muros infamantes contra las naciones, que ordena sanciones hambreadoras contra los pueblos, que secuestra niños y los enjaula como animales, que promueve el racismo en su propio país, que humilla con su ejército al mundo, que está a punto de desatar la tercera guerra mundial a punta de prepotencia y arrogancia, no solo no está tras las rejas, sino que no es ni siquiera cuestionado someramente por aquellos que se dicen defensores de la libertad y la democracia, si en efecto todo cuanto se propone en términos de la dominación planetaria, como lo han sostenido todos los gobernantes norteamericanos desde hace más de medio siglo, es mucho más violatorio de los derechos humanos, del derecho internacional y de los principios de la libre determinación de las naciones que todo lo que llegó a hacer jamás ningún otro mandatario contra el resto del mundo en términos de su extensión y su crueldad?

El sistema capitalista, que se ha ufanado por décadas de haber exterminado con la eliminación del nazismo la peor amenaza contra la humanidad, exalta hoy en día con un aparato comunicacional mil veces más poderoso que todo cuanto haya podido utilizar Hitler, a los presidentes de una potencia cruel y sanguinaria como los Estados Unidos, cada vez que estos dictan sentencias injustas y arbitrarias contra las naciones que no se arrodillan a sus designios imperiales y lanzan sobre ellos la furia devastadora del ejército norteamericano para imponer por la fuerza la tiranía del capital. Pero ahí, antes que repudiable, la manipulación comunicacional se presenta justa, correcta y pertinente.

La amenaza que se cierne sobre Venezuela en este momento, cuya base de sustentación real son las campañas de difamación contra nuestro pueblo llevadas a cabo hoy por los medios de comunicación pro imperialistas del mundo, es una prueba más de cómo toda esa maquinaria de propaganda, la más poderosa de la historia, sirve a los propósitos de la dominación y no de la democracia.

@SoyAranguibel

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Un comentario sobre “La mentira de la propaganda como herramienta de los nazis

  1. ¡Excelente! artículo, espero que los lectores no vayan a criticarlo por la comparación, que está bien ajustada, al clima actual mundial. Gracias

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