La muerte aliada

Por: Alberto Aranguibel B.

La frustración opositora, truncada en odio sempiterno por la persistencia en la derrota frente al chavismo, es solo un lado de una moneda que por la otra cara tiene el rostro de la mayor suma de felicidad posible. Pero no la que Bolívar estableció en el congreso de Angostura como norma fundacional de la República y que el comandante Hugo Chávez elevara en su momento al rango de luminosa consigna revolucionaria.

Esa otra mayor suma de felicidad es la que experimenta el opositor de a pie cada cinco años (en promedio) cuando por alguna sorpresiva y siempre inusitada circunstancia la voz del ansiado triunfo antichavista se pone de moda en las filas de la oposición ante el surgimiento de un nuevo mesías contrarrevolucionario, y comienzan a batirse entre ellos las ínfulas de supremacía que con tanta arrogancia y desparpajo destilan hasta por los poros de las orejas, hinchados de la satisfacción  como todo un César entrando a Roma después de acabar con los espartanos.

“¡Ahora sí!”, se gritan entre ellos mismos, ya no como el convencional consuelo de miserables al que se han acostumbrado, sino como el clarín que anuncia el logro de la conquista definitiva del Olimpo.

“¡Ya están listos!”, se gritan en medio de una tísica euforia, y acotan dichosos de la narcosis emancipadora: “Vamos bien!… Tic, tac… Tic, tac…” cuando en realidad lo que han hecho es fracasar de nuevo.

No importa si ya lo dijeron infinidad de veces y después no pasó nada. La alegría llega a ser tan palpitante que el infortunio que siempre le sucede al arrebato no tiene la menor importancia.

Nadie, absolutamente nadie comentará jamás en las filas opositoras el fracaso, la desilusión reiterada, el desengaño sobrevenido. Ninguno aceptará tan siquiera la posibilidad de haber fallado en pronóstico alguno. Todos se harán los locos y seguirán su camino como si nada, hasta que, por alguna razón, otra vez inesperada y sorpresiva, un nuevo mesías asome en su maltrecho paisaje de sempiternos derrotados.

Al final, su felicidad más perdurable ha sido la muerte.

La muerte del comandante Chávez.

La muerte de los jóvenes que ellos mismos mandan a incendiar las calles.

La muerte de quienes queman vivos para usarlos luego como horroroso argumento político por el mundo.

Por eso ansían tanto las miles de muertes que causaría una invasión extranjera.

En su disociado delirio han llegado al extremo de celebrar la posibilidad de una guerra contra nuestro país, porque calculan (otra vez erróneamente) que la muerte solo alcanzará a los chavistas, porque serían estos los únicos que acudirían a enfrentar al enemigo en la frontera.

Como si las guerras se circunscribieran solamente al ámbito fronterizo de los países que los imperios asolan a fuego y plomo.

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Es decir, aceptan sin titubeo alguno que ellos ni de vaina entregarían jamás la vida en defensa de la Patria. Que por ellos, como candorosamente dice la periodista de Globovisión, que los marines entren hasta dónde les venga en gana, saqueando, destruyendo, violando mujeres y niñas (como hacen invariablemente en todos los países que invaden) y asesinando toda forma de vida a su paso.

Que con solo quedarse en sus casa contemplando todo a través del Whatsap es mas que cómodo y seguro. Porque, según ellos,  la muerte de las guerras no llega a las casas de la gente “decente”.

Vista así, con ese odio tan visceral y recalcitrante de los antichavistas, la muerte es una aliada entrañable y refulgente.

 

@SoyAranguibel

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