El glamour añorado por una clase social en decadencia

Por: Alberto Aranguibel B.

Si alguna falla debe reconocérsele a la izquierda, es la facilidad con la que asume que la derecha se rige exclusivamente por razones ideológicas o, en el mejor de los casos, por intereses meramente capitalistas.

De tanto regodearse en la ventaja que para ella representa que la derecha no disponga de un sustrato teórico denso y profuso (al menos en la profundidad y extensión del instrumental del que dispone el pensamiento revolucionario), termina la izquierda desconociendo y hasta despreciando la sola posibilidad de la existencia de constructos ideológicos, no necesariamente políticos, de alguna significación en el ámbito de la razón contrarrevolucionaria.

Uno de esos constructos, sin lugar a dudas, es el de la lógica clasista como fundamento no solo de su conducta frente al resto de los mortales, sino de su manera de pensar en relación con todos los aspectos más inimaginables de la vida.

Por supuesto que la ideología capitalista (o lo que la derecha asuma como tal) es un referente de especial significación en la vida del contrarrevolucionario común. Pero no es de ninguna manera usual que la influencia que ella pueda llegar a tener en el comportamiento cotidiano del individuo capitalista sea ni siquiera de mediana relevancia. En ello, el peso de la lógica clasista (en una gran proporción de rasgos desclasados más bien, es decir; de la proyección ascendente por encima de su propia clase, del desprecio a la idea comunitaria del colectivo, de odio al sentido de solidaridad y del amor al prójimo) es, antes que ningún otro el factor, el desencadenante de las fuerzas más poderosas del alma capitalista.

Las llamadas “páginas sociales” de los diarios de la prensa burguesa, fueron desde siempre expresión de la importancia que la burguesía le ha otorgado a la ascendencia social en su vida. Aparecer en esas páginas se convirtió en la razón de ser de quienes consideraban que el dinero no tenía el más mínimo sentido si su valor no se traducía en un poder real que los colocara por encima de la demás gen- te, incluso (y muy particularmente) por encima de los de su propia clase.

La casi totalidad del espacio asignado en los diarios a la sección de sociales, está destinado principalmente a la fotografía. De acuerdo a la regla universal de dicha prensa, el texto no debe exceder jamás una octava parte del total de la reseña, y el mismo será siempre para identificar a los asistentes más destacados del evento (graduación, matrimonio, quince años, etc.) y exaltar de la manera más concisa posible su glamour y significación. La fotografía es el medio que realiza y le da concreción tangible a esa ascendencia social que se pretende excepcional y trascendente en el ámbito de la burguesía.

En el caso venezolano, ningún poder se colocaba en esas páginas por encima del poder del acaudalado burgués que montaba el evento. Oligarcas prominentes, artistas de renombre, intelectuales, embajadores, encumbrados jerarcas de la iglesia, ministros y hasta jefes de Estado, solían ser las personalidades que los fotógrafos de sociales buscaban con el mayor frenesí en esas lujosas recepciones.

Que la hermosa hija de un gran banquero celebrara sus quince años bailando con el presidente de la República el vals más importante de la noche, solo era superado por la inmensa emoción que causaba encontrar reseñado al día siguiente ese momento en las páginas sociales, con una gran foto central en la que el presidente apareciera brindando con los padres de la joven y el resto de los asistentes aplaudieran alborozados en un gran círculo de admiración y regocijo en torno al mandatario.

Esas fotos darían vuelta durante meses por los más encopetados círculos de la alta sociedad, encadenando un evento con otros en equiparaciones infinitas sobre la importancia que habría adquirido tal o cual apellido por el solo hecho de haber sido en algún momento asociados a la más alta investidura del poder en esa suerte de tête à tête de fraternidad y francachela entre los ricos y su presidente.

Todo ese glamour, que llegaba a eclipsar las más de las veces la noticia económica del día y solía ocupar mayor volumen que la sección de sucesos (y hasta la deportiva) de sus periódicos, se acabó con la sola llegada de Hugo Chávez a la escena política a finales del siglo XX.

Chávez, que el único daño que le causó a la burguesía fue hacerle inaccesible el poder político ganándole elecciones persistentemente, no asistió jamás a ninguno de esos ágapes de notoriedad burguesa. Nicolás Maduro tampoco. Con ello las páginas de sociales, quedaron vaciadas en su esencia fundamental por casi un cuarto de siglo, sin perspectiva alguna de recuperar su antiguo glamour presidencialista. Por más esfuerzo que hizo la prensa del jet set criollo retratando ricachones en infinidad de cocteles e inauguraciones intrascendentes, no hubo nunca desde que llegó la Revolución Bolivariana la más mínima posibilidad de rescatar aquel deslumbramiento que generaba una foto con el presidente en las páginas sociales.

Veinte años sin aquel roce social con el poder, es toda una eternidad para una clase tan arrogante como la burguesa. Su encono, su odio visceral contra el chavismo, tiene en esa falencia un detonante del más alto poder por encima de cualquier otra razón o ideología. Sus carencias en bienestar y confort no son tales, ni su interés por el padecimiento de los pobres tampoco. Jamás lo han sido.

Su angustia más lacerante es haber padecido durante tanto tiempo ese distanciamiento del poder, que les ha impedido usufructuar a su antojo la inmensa riqueza petrolera del país que han considerado siempre como suya, y que han creído tan fácil de apoderársela como desalojar a un presidente chavista del poder con unas cuantas marchas y unos cuantos muertos en las calles. Pero también lo es la falta de esas fotos tan valiosas para el abolengo familiar burgués.

De ahí la urgencia y el enfermizo desespero por encontrar donde sea y a como dé lugar un sustituto en la presidencia de la República, ya no para que le asegure de ninguna manera alimentación o medicinas a los pobres, sino para que les permita recobrar de alguna forma la vieja sensación de pertenencia de ese poder que un día los realizó y los hizo tan felices.

Para esa clase en decadencia, tener un presidente propio, con el que puedan palmotearse y compartir tragos cordiales en los grandes salones del Country Club o de La Lagunita, es más que un sueño toda una necesidad de tipo existencial que trasciende lo que para ellos es la banalidad de lo económico o de lo patriótico (que en definitiva ven como asuntos que ellos pueden solventar mediante una que otra inversión de capitales allá o aquí, o con el simple esfuerzo interventor del amo imperial al que hoy le ruegan porque les haga realidad su tan largamente postergado sueño de poder).

Tienen perfectamente claro que nadie puede resultarles tan balurdo e insignificante como político (y como persona, incluso) como Juan Guaidó. Saben que su falta de carisma, su origen humilde, su condición de segundón de Leopoldo López, su tez morena, sus ademanes de desquiciado y su psicótico empeño en decir mentiras a diestra y siniestra, no les permite digerirlo como líder. Pero es la única opción a la mano para tener por fin un presidente suyo con el cual figurar de tú a tú en las páginas de sociales que tanto evocan para darle de nuevo la preeminencia que le suponen justa a su clase social.

Quizás no pase de ser lo que un día le escuché a una opositora espetarle a alguien que le preguntaba “¿Y si Chávez sale de Miraflores, a quién van a poner ustedes de presidente?”, a lo que ella, jactanciosa y altanera, respondía: “¡Cualquier cosa, hasta un cerdo que pongamos, es mejor!”.

Probablemente, aunque todavía no lo reconozcan en público, para ellos Guaidó no es más que un cerdo. Pero, en medio de la profunda recurrencia en el fracaso en todo lo que hacen, ese cerdo es la única esperanza, quimérica, sí, pero deslumbrante al fin, de ese enfermo en irreversible estado terminal que es la oposición venezolana.

Es la eventual posibilidad de salir por fin de la eterna amargura que los consume, a través de aquella clara distinción capitalista entre ricos y pobres que prevaleció en el pasado, que haga renacer el esplendor del dinero como instrumento de poder, y sus dueños, los acaudalados capitalistas, puedan volver a entrar en Miraflores (y a todos los demás palacios sedes de los poderes del Estado) como Pedro por su casa sin que ningún “pata en el suelo” pueda tildarlos nunca más de “infiltrados” o de simples “enchufados” en la administración pública, como lo son en realidad todos ellos hoy en día, sino como “la superiorísima gente del poder” que ellos consideran que deben ser.

@SoyAranguibel

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