Argentina: la tragedia oculta que está a la vista

Por: Alberto Aranguibel B.

El absurdo modelo de justicia que impera en la Argentina desde la llegada de Mauricio Macri a la presidencia de la República, comprende la persecución y encarcelamiento de todo aquel funcionario o empresario que haya trabajado o cooperado de alguna manera con el gobierno de Cristina Kirchner, sin que exista ninguna prueba que lo comprometa en delito alguno.

Las víctimas de tal modalidad, sometidas por lo general a diabólicos procesos judiciales que se llevan a cabo no en los tribunales sino en las salas de redacción de los poderosos medios e comunicación al servicio del modelo neoliberal que promueve el gobierno, no pueden declararse inocentes porque, de hacerlo, su condena será definitivamente inevitable y cada vez más severa.

Como resultado de esa infernal violación de los derechos humanos, que consagran universalmente la inocencia de todo individuo hasta tanto no se le compruebe fehacientemente lo contrario, los enjuiciados optan por declararse “arrepentidos” de haber trabajado alguna vez con algún Kirchner y dispuestos a firmar toda aquella declaración (redactada arbitrariamente por el juez de turno) que involucre a la expresidenta Cristina Fernandez como implicada en hechos de corrupción.

Al frente de la jauría contra la exmandataria está el juez Claudio Bonadio, acusador ensañado contra ella desde hace más de un cuarto de siglo, cuando, siendo ésta diputada, lo señaló a él de ser el autor de una burda manipulación de un acto de terrorismo que estremeció a Argentina hace 27 años, conocido como ”el atentado a la Amia”, en el cual Bonadio se convirtió en obstructor de la justicia al calificar de traición a la patria la cooperación entre el gobierno argentino de entonces con el gobierno iraní, llevada a cabo a través de una solicitud que hiciera el parlamento en su momento (conocida como “el memorandum de la investigación”, aprobado en su momento por parlamentarios de casi todas las toldas políticas).

Con ese precedente (que en cualquier otra parte del mundo obligaría al juez a inhibirse) y bajo la presión de esa demencial figura de los arrepentidos, más parecida a una venganza personal de Bonadio contra Cristina Kirchner que ninguna otra cosa, han aparecido “arrepentidos” verdaderamente pintorescos, como el exchofer de la casa presidencial que declaró que llevaba una relación escrita (en simples cuadernos de escuela sin ningún carácter oficial) de todas las encomiendas que se le hacían, en los cuales habría anotado las veces que llevó de un lugar a otro unas supuestas bolsas negras (cuyo contenido el juez presumió arbitrariamente que se trataba de grandes sumas de dinero, pero sin prueba alguna de ello) y que hasta hoy no han aparecido por ninguna parte.

Dichos cuadernos (como las supuestas bolsas de dinero) no existen, pero el juez ha aceptado como “válido” el recurso de su “reconstrucción” mediante el ejercicio de rememorización al que es sometido el exchofer así como cualquier otro exfuncionario que el juez Bonadio considere imputable.

Ahora todos los sospechosos de ser colaboradores de la expresidenta, son “invitados” a hacer sus aportes a los cuadernos para encontrar así, por fin, la fundamentación de la causa en la que se señala a Cristina como corrupta.

De esa forma, a partir de los descabellados testimonios de los llamados “arrepentidos”, Argentina experimenta uno de los procesos de falseamiento de la realidad más descomunales e insólitos que jamás se hayan conocido en el mundo. A medida que incrementa el show mediático en la búsqueda de “arrepentidos” que testifiquen contra la exmandataria, el ocultamiento de la ruina y la miseria económica en la que está cayendo el país se hace cada vez más grande.

Un proceso de negación de la realidad que ha conducido a la nación austral a ser una de las más pobres del continente en apenas dos años de gobierno macrista, pero en la cual muy poca gente culpa al verdadero causante de su padecimiento, es decir al presidente que ha acabado con el bienestar social que por primera vez en décadas llegó a tener esa potencia suramericana durante los gobiernos peronistas de Néstor y Cristina Kirchner, y que ha aplicado en apenas pocos meses los severos ajustes neoliberales que hoy castigan a la población argentina, llevándola a tener una de las más altas inflaciones de la región y a una de las tasas de crecimiento de pobreza más elevadas del continente.

De acuerdo a las cifras presentadas esta misma semana por el Indec, organismo del Estado encargado de las estadísticas oficiales, la pobreza en Argentina alcanza hoy a casi trece millones de argentinos, colocándose en un 32% del total de la población. De esa inmensa cantidad de personas que han sido orilladas a la miseria en el corto periodo en el que ha transcurrido el gobierno macrista, dos millones setecientas mil son indigentes. De lo cual se concluye que lo que más ha crecido en Argentina en todo este proceso de reinstauración del neoliberalismo es el desempleo, la falta de acceso a los alimentos y a los servicios de salud y la mendicidad en la calle.

Decenas de mendigos que pueblan hoy las calles de las principales ciudades argentinas, son vistos hurgando a todas horas las entrañas de los depósitos de basura que se distribuyen a lo largo de las aceras, en busca de algún mendrugo de pan que les permita medio sobrevivir. La pestilencia a orine rancio en las calles, producto de la falta de sanitarios que padecen esos miles de indigentes que tienen las aceras como vivienda, convierte el aire de las ciudades en una suerte de bruma insalubre cada vez más irrespirable.

El índice Indec presentado arroja un crecimiento del 25 al 32 por ciento de pobreza en apenas un año, que equivale a dos millones seiscientos cincuenta mil argentinos que se agregan en ese lapso a la lista de pobreza urbana de más de 12 millones de argentinos, en el cual la indigencia pasa de un 4,8 a 6,7 por ciento, pero de la que se excluye la cifra de pobreza rural. De ser incluida, las estimaciones cifran la pobreza total en Argentina cerca de los 14 millones de habitantes.

Solamente en el llamado “conourbano bonaerense”, las cifras del reporte son alarmantes; del 25% que ostentaba el año pasado la estadística de pobreza urbana en la capital, ha pasado hoy a un escandaloso 35,9%. Lo que equivale a decir que pasó de tener 3.542.639 habitantes en condición de pobreza a 4.356.189, incrementándose la indigencia en la ciudad del 6,2% al 8,5% (1.031.257 mendigos que duermen en la calle).

Pero esa inmensa tragedia padecida hoy por el pueblo argentino, no entra en las deliberaciones de la OEA, porque su orientación no está centrada de ninguna manera en el logro del bienestar para pueblo alguno. Su propósito, mientras ese organismos esté regido por los mandatarios de la naciones del continente plegados a los designios neoliberales hegemónicos del imperio norteamericano, no será nunca otro que el de hacer todo lo que esté a su alcance para impedir el avance de las luchas populares por la justicia y la igualdad social.

Mucho menos el mal llamado Grupo de Lima, único organismo nacido con el expreso propósito de agredir a una nación hermana que solo ha promovido la hermandad y la cooperación entre los pueblos del continente y del mundo.

Bajo el auspicio de esos organismos, los medios de comunicación de la derecha putrefacta que hoy apoya el genocidio neoliberal en nuestro continente suramericano, continuarán llevando a cabo la atrocidad informativa de la estulticia, la desinformación, la tergiversación y el falseamiento de la realidad que llevan a cabo en países como Argentina, donde la creciente miseria que está a la vista  no se ve porque es ocultada con el odio que se le inocula a la sociedad contra quien en verdad construyó el único bienestar que ese pueblo ha tenido a lo largo de casi un siglo.

@SoyAranguibel

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