¿Por qué hay xenofobia contra los venezolanos en Latinoamérica?

Por: Alberto Aranguibel B.

“El hombre no es razón pura, como creen la ciencia y el pensamiento ilustrado. Es razón pura, pero además es sin razón.”
Ernesto Sábato 

 

Un fenómeno tan complejo como el de la xenofobia que en tiempos recientes ha proliferado en Latinoamérica contra los venezolanos, no puede seguir siendo visto solamente como producto de los ataques políticos y mediáticos contra nuestro país en el continente.

Obviamente la campaña adelantada por factores interesados, empezando por la de la dirigencia opositora que de buenas a primeras se erigió en promotora del odio hacia los compatriotas que emprendían su viaje hacia el exterior (en particular Julio Borges, quien alarmaba desde hace tres años a la comunidad internacional con la amenaza que según él ese exilio representaba para los pueblos del mundo) tiene sin lugar a dudas un carácter detonante en esa ola antivenezolanista.

Países con igual o mayor cantidad de emigrantes no son objeto de tal xenofobia, empezando por aquellos en los que el desprecio hacia los venezolanos es mucho más frecuente o intenso, principalmente porque no han sido víctimas de una campaña brutal de desprestigio como la que ha montado la derecha internacional contra nuestro país. La xenofobia es solo una de las facetas del terrible daño que le ha causado al pueblo venezolano esa guerra de estigmatización y fomento del odio en su contra.

Por supuesto que la presión y las acciones ejercidas desde el Departamento de Estado norteamericano en ese sentido, particularmente a través de su “brazo armado”, representado en esta confabulación antivenezolana por la OEA, así como por el Grupo de Lima, han sido mucho más que determinantes. Se trata de un descomunal plan perfectamente articulado por las fuerzas más oscuras del imperio y de la ultraderecha continental y mundial para destruir una de las más sólidas democracias del continente y asaltar así las ingentes riquezas que tiene bajo su territorio, con el claro objetivo de paliar de alguna manera la crisis terminal de un neoliberalismo agotado y sin posibilidades de sobrevivencia para el más inexorable mediano plazo.

Más allá de todo eso, existen sin embargo razones de tipo cultural asociadas a una noción de nacionalismo que en cada uno de esos países existe, que difieren de manera sustantiva de la idea que sobre ese mismo concepto tiene hoy el grueso de los emigrantes venezolanos, la mayoría de ellos opositores, que se sienten en la necesidad de abandonar su país en un momento determinado para probar fortuna en otras latitudes.

Siendo que casi todos los países suramericanos son de alguna manera sociedades signadas por el consumismo voraz que colocó a todas nuestras economías al servicio de aquella operación de saqueo mundial que los neoliberales denominaron eufemísticamente “globalización”, Venezuela terminó siendo, con mucho, el país que más se rindió a ese esquema de la economía de puertos que hace ya ocho décadas exigía el modelo consumista que se nos impuso desde los orígenes mismos del llamado rentismo petrolero.

Una pequeña pero muy elocuente muestra de ese comportamiento diferenciado en la cultura consumista dependiente pudiera ser lo que sucedía hace poco cuando Bolivia obligaba a recular al más grande emporio de comida rápida del mundo (MacDonald) en virtud de la incompatibilidad de su cocina con los sabores de la ancestral comida típica del altiplano, mientras que en Venezuela sectores de la clase media contrarrevolucionaria expresaban su repudio a la posibilidad de sustituir con yuca, el tubérculo más autóctono que se conoce en nuestro país desde mucho antes de la llegada de los conquistadores, las famosas papas fritas del payaso Ronald que la cadena de comida amenazó en algún momento con sacar de su oferta en el país.

Si algún proceso ha determinado el surgimiento de las fuerzas populares que emergieron con el principio del siglo XXI en la región suramericana, ha sido sin lugar a dudas el del retorno a la idea de naciones soberanas, que marcó el común de las causas sociales en el continente a lo largo de todo este periodo. Ese proceso, a todas luces contrario a la propuesta de naciones sin fronteras ni barreras que promueve el neoliberalismo, ha estado presente en nuestros pueblos desde mucho antes de la colonia, la mayor parte del tiempo de manera infructuosa, es verdad, en razón del peso que ejerció siempre la lógica capitalista de la dominación sobre nuestras sociedades.

En una fenomenal entrevista del entrañable Joaquín Soler Serrano en 1977, Ernesto Sábato se refiere a esta idea. “La parte más importante del hombre es irracional -decía- Estamos sufriendo en esta época las consecuencias de una filosofía estrictamente racionalista y tecnológica que ha llevado a la cosificación del hombre. Un hombre abstracto, que no existe en la realidad. El hombre debería tener siempre nombre y apellido. Lo que lleva a un tema de “nacionalidades” […] Yo estaba en París, en el año 1938, cuando la escisión del átomo de uranio. Y me aterró, filosóficamente hablando, porque empecé a comprender que la física iba a dominar el mundo y que la tecnología iba a arrasar con el hombre. Esto comenzó en el “renacimiento”, con la ciencia positiva. La ciencia positiva y la técnica, permitieron al hombre esta aventura prometeica; la conquista del mundo y la conquista de las cosas, el mundo natural. Pero a un precio paradójico y trágico. El hombre conquistó el mundo de las cosas, pero con un gran riesgo para su alma. Ha terminado por cosificarse. Él mismo se transformó en cosa […] Las sociedades primitivas, del África o la Polinesia, quizás tendrían lepra, que en definitiva es una enfermedad. Pero no tenían psicoanalistas. Y yo no sé qué es peor; si leprosos o alienados.”

Concluye Sábato: “…el hombre instintivamente siente que debe reaccionar contra el hombre generalizado y cosificado, y debe volver a ser lo que era. El hombre es el país. Y el país era su aldea. Hay que volver a eso, porque ese es el hombre verdadero. Con nombre y apellido. Que cuando no existe el pan le pide al vecino. El hombre que padece las tribulaciones de su comunidad.

Una percepción adelantada que se expresa hoy en el despertar de los movimientos sociales latinoamericanos que han marcado (con avances y retrocesos importantes, no hay que negarlo) la impronta política del inicio del siglo XXI en la región. De ahí que la reacción de la derecha mundial se haya concentrado con mayor furia contra la revolución bolivariana, de donde surge en gran medida la inspiración de esa búsqueda emancipadora.

Quienes emigran hoy, víctimas del engaño y el terror que promueve la guerra contra todo lo que tenga que ver con Venezuela, creen que más allá de nuestras fronteras el mundo es uno solo, próspero e indivisible, y que su país, por el solo hecho de ser una sociedad mayoritariamente revolucionaria, comete el equívoco de estar a espaldas de esa prodigiosa realidad universal y homogénea que el neoliberalismo les pinta.

Lo cierto es que, habiendo hoy en la mayoría de esos países gobiernos de derecha cuya vocación entreguista y de abierta sumisión al imperio es innegable, no por eso sus pueblos dejan de tener un sentido de pertenencia y de amor propio por aquello que les corresponde en cada caso como nación, tal como se ve no solo en Latinoamérica, sino en Europa, Asia y en el resto del mundo.

Es esa la idea de identidad nacional, de preservación de lo propio, que expresan (ciertamente sin la más mínima conciencia de clase, pero con mucha fuerza) los grupos que rechazan a esos venezolanos abandonados a su suerte en el exterior por sus propios líderes.

Algo completamente incomprensible para un sector de la sociedad venezolana que ha sido adoctrinado por su mediocre liderazgo en la lógica del desarraigo y del repudio a toda noción de identidad nacionalista, de soberanía e independencia, porque fue esa la conducta sumisa que exigió por décadas el puntofijismo, y que en gran medida alcanzó a revertir Chávez con su propuesta de socialismo bolivariano.

Es precisamente ese desafecto hacia lo nuestro entre nuestra propia población lo que más necesita lograr hoy el Departamento de Estado norteamericano para perforar la infranqueable barrera de contención que es esa gran mayoría cívico/militar cohesionada hoy en Venezuela en defensa de la Patria, y que cada día cohesiona y consolida más nuestro valiente presidente constitucional Nicolás Maduro Moros.

@SoyAranguibel

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