La inexplicable pasión opositora por la irresponsabilidad

Por: Alberto Aranguibel B.

Si para algo sirve el destartalamiento del plan Guaidó montado por la derecha nacional e internacional bajo la directriz del gobierno norteamericano, es para demostrar, una vez más, que la tragedia de la oposición venezolana no está determinada de ninguna manera por el chavismo sino por sus propias carencias.

El desastre de ineptitud, inconsistencias, engaños y corrupción, de la que hace alarde hoy la cúpula dirigencial de ese sector de la vida política nacional, es infinitamente superior y mucho más bochornoso de todo cuanto pudiera haberse imaginado alguien jamás, incluso en las propias filas del antichavismo.

Los reveses y fracasos reiterados y recurrentes en la actuación opositora desde el primer momento de la alianza contrarrevolucionaria, por allá por el año 2000, han sido siempre en uno u otro sentido el resultado de errores cometidos por sus líderes, cuya persistencia en el desatino a la hora de tomar decisiones y emprender estrategias de cualquier naturaleza terminó decantándose indefectiblemente en la vía antidemocrática y violenta como única opción, para culpar luego de cada fracaso al chavismo.

La victimización forzada ha sido el recurso invariable en ese evasor comportamiento que busca culpabilizar siempre de sus propias deficiencias al otro, en la búsqueda de posicionar en la opinión pública fórmulas de lucha absolutamente contrarias al deseo mayoritario del país, que aspira a una vida democrática sin sobresaltos ni violencia.

En el obsesivo afán por hacerse del poder a como dé lugar, la aspiración del triunfo por el triunfo en sí mismo, que no mide trasgresiones ni sus consecuencias, lleva a la oposición  a perder toda conexión con los propios parámetros por los que dice regirse, llegando al extremo de celebrar impúdicamente todo hecho que atente contra esa paz que ansía la población, incluida la propia militancia opositora, sólo porque de esa forma se alimenta la ingobernabilidad y la desestabilización que desde ese sector se persigue como vía para alcanzar el poder.

A falta de un soporte ideológico consistente que le imprima sentido y direccionalidad a su lucha más allá de la inmoral sed de satisfacción personalista de sus dirigentes, la oposición cambia de discurso y hasta de objetivos políticos como una veleta, sin sentir ni el más mínimo bochorno por ello, como si lo único que garantizara (y justificara) el triunfo al que aspira fuese el deseo y no la forma de hacer las cosas o las razones que lo motiven.

Muestra de esa persistencia en el error y a la vez en la inconsistencia ideológica, es la insensata propuesta a la que arriba hoy con la supuesta fórmula de salvación nacional que ahora esgrime, después de fracasar en todas y cada una de las acciones emprendidas por quien hace apenas cinco meses presentaba como el luminoso redentor que jamás habría dirigido los propósitos triunfales del antichavismo en casi un cuarto de siglo, el inefable Juan Guaidó, que tantas esperanzas sembró en las filas opositoras y que hoy es más despreciado (y en mucho menor tiempo) que cada uno de los que le precedieron en ese dudoso honor de ser el Mesías de un sector tan depauperado como la oposición.

En consecuencia, y seguramente como una dolorosa expresión más de su impotencia, la oposición le explica hoy al mundo que los problemas nacionales se deben ya no a una profunda crisis económica, y ni siquiera al socialismo o a la invasión cubana que ellos de manera obtusa siguen vociferando que existe en el país, sino que se deben a la falta de una insurrección militar.

Que las fallas en sus intentos por asaltar el poder, en lo que no importa para nada la decisión soberana del pueblo, se deben a que los militares no se han rebelado contra el Estado de derecho ni han quebrantado su juramento de lealtad a la Patria. Que los irresponsables son, pues, los militares que obedecen la Constitución y las Leyes.

Pero se supone, en principio, que el interés supremo de los demócratas es todo lo contrario a la fórmula de facto que comprende la vía armada. Más aún cuando dicha acción armada no se presenta con la sola intención de control y desmovilización de los aparatos de seguridad del Estado (como en principio es el objetivo táctico de toda asonada militar), sino que se propone de entrada y en la forma más abierta y descarada el asesinato en masa de los integrantes del gobierno y de sus seguidores.

No es de ninguna manera civilizado pretender gloria alguna en el exterminio físico de todo aquel sector que se adverse en el terreno político, y mucho menos de una organización de naturaleza profundamente popular como la es definitivamente el chavismo. Pero es todavía menos glorioso si quien promueve tal barbaridad lo hace en nombre de la democracia.

Rómulo Betancourt, Rafael Caldera y Jóvito Villalba, lo tuvieron perfectamente claro a la hora de concebir aquel malhadado pacto de Punto Fijo, en el cual acordaban, entre otras cosas, el secuestro político del país para poner la economía nacional al servicio de las corporaciones norteamericanas a la vez de asegurar la continuidad del bipartidismo adecocopeyano en el poder para impedir la reversión de esa ominosa entrega al imperio.

En tal sentido el pacto establecía, palabras más palabras menos, que “La intervención de la Fuerza contra las autoridades surgidas de las votaciones es delito contra la Patria. Todas las organizaciones políticas están obligadas a actuar en defensa de las autoridades constitucionales en caso de intentarse o producirse un golpe de Estado, aun cuando durante el transcurso de los cinco años (que duraba entonces el periodo constitucional de gobierno) las circunstancias de la autonomía que se reservan dichas organizaciones hayan podido colocar a cualquiera de ellas en la oposición legal y democrática al Gobierno. Se declara el cumplimiento de un deber patriótico la resistencia permanente contra cualquier situación de fuerza que pudiese surgir de un hecho subversivo y su colaboración con ella también como delito de lesa patria.

Aún cuando dicho pacto no fue nunca propiamente escrito en tinta sobre papel (como lo ha querido presentar interesadamente la oposición en versiones apócrifas que ha sido adaptadas en la actualidad a los particulareres intereses del antichavismo) ni mucho menos notariado o registrado por instancia alguna, los conceptos centrales del acuerdo (verbal, según la relación que hiciera en alguna oportunidad el Dr. Ramón J. Velázquez como testigo excepcional que fue de aquel acontecimiento) sí puede decirse que expresaban las nociones y principios de aquellos jerarcas de la política nacional, porque su actuación pública (tan particular como arrogante en la mayoría de los casos) así lo corroboró a través del tiempo.

Tal concepción derivaba de una inequívoca noción de la política que, aún siendo contraria al interés de las grandes mayorías del pueblo hambriento y emprobrecido por la inmensa exclusión y la desigualdad social que el modelo puntofijista instauraba, era conciente del ineludible compromiso con la democracia representativa que tenía que defender ante el mundo, así fuese solamente de palabra, para sostenerse en el gobierno. Jamás hubiese nadie entendido (ni mucho menos aceptado) a una élite política que se pretendiera legítima si su discurso se hubiese fundamentado en la fuerza de las armas como sostén de la democracia que pregonaba, a pesar de la inocultable e inmisericorde masacre que significó a la larga el exterminio sistemático llevado a cabo durante la vigencia de dicho pacto contra todo vestigio de disidencia política.

El país supo en todo momento a qué atenerse con ellos, y de ahí que el riesgo de la evaluación popular de la que fueran objeto, tanto por sus convicciones como por su comportamiento, lo asumieron siempre con la mayor arrogancia e intolerancia, pero principalmente con un innegable sentido de seriedad, responsabilidad y consecuente compromiso con sus ideas.

La gran diferencia entre aquel denso liderazgo político y el lamentable estamento de mediocridad e ineptitud que hoy presenta la oposición como tal, es la carencia de esa solidez ideológica y de principios consistentes que es tan indispensable en el ámbito de la política, sea cual sea su orientación.

A esa seriedad, y a ese inquebrantable sentido de la responsabilidad con su propia ideología, es a lo que se refirió siempre el comandante Chávez cuando clamó por una “oposición con moto propia”.

Como la clama hoy el presidente Nicolás Maduro.

Y como claman el país y el mundo entero.

@SoyAranguibel

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