El virus que desnudó al terrorismo mediático

Por: Alberto Aranguibel B.

“Los muertos sí salen” Voz popular

Erigida en “cuarto poder” desde los tiempos de Edmund Burke, la prensa se ha arrogado la atribución de orientar a la opinión pública a su buen saber y entender, convirtiendo el universal derecho de la libertad de expresión y de información en propiedad privada de exclusivo uso de los dueños de los medios de comunicación.

Fue así como la humanidad se habituó a la lectura cotidiana de una realidad filtrada, que no necesariamente se correspondía con los hechos verdaderos, pero que resultaba confortable para la comprensión de aquella gente que se formaba bajo los esquemas de esa narrativa y que, en virtud de una autoridad arbitrariamente auto impuesta por el medio de comunicación, no necesitó nunca apelar a recurso alguno de constatación de lo que se le decía en los grandes titulares de la prensa. La verdad es lo que dicen los medios y punto.

En una guerra de terrorismo mediático como la que ha azotado a Venezuela a nivel nacional e internacional, la distorsión de la realidad, la mentira y el infundio convertidos en armas para desacreditar al país, han logrado posicionar matrices sucesivas y recurrentes que obedecen de manera antojadiza a los particulares intereses de una derecha fracasada en sus intentos de hacerse del poder, y en las cuales mucha gente ha creído de una u otra manera precisamente porque en su reconfiguración esas mentiras descaradas y abiertas de las que son víctimas tienen la misma estructura y la misma apariencia a veces de la verdad que la gente siempre ha conocido.

El tema de la muerte como fenómeno resultante de la violencia que imperaría en el país, fue quizás el que con mayor recurrencia fue utilizado por los medios de comunicación privados contra la Revolución Bolivariana. Desde el arribo de Nicolás Maduro a la presidencia de la República, en el años 2013, la matriz más intensamente promovida por esos medios tuvo como su principal fuente noticiosa a la morgue de Bello Monte, desde donde se reportaban a diario los ingresos de cadáveres por decenas. Los grandes titulares se referían invariablemente a estadísticas de horror que daban cuenta del supuesto incremento del riesgo de la población a ser víctima de secuestros, de asaltos, o de asesinatos en la vía pública, generando un insoportable clima de angustia entre la gente que los medios consideraban conveniente a los advenedizos planes de la derecha.

¿Qué pasó con esa morgue? ¿Por qué no es ya una fuente diaria para los titulares? Pues, que los medios están orientados por otra estrategia de generación de matrices. La de exaltar las supuestas cualidades redentoras de un autojuramentado.

Luis Britto García nos lo explica de esta forma: “En 2012 Juan José Rendón (el mismo JJ Rendón del contrato de Guaidó con los mercenarios golpistas de 2020. Nota nuestra) decretó que la campaña opositora debía centrarse en un solo tema: “Inseguridad”. La oligarquía la enfocó en la Guerra Económica, que se le quedó fría; no tiene más remedio que obedecer a su asesor en Guerra Sucia. Síntoma de ello, la aparición en Caracas, Barquisimeto, Mérida y otras ciudades, de tabloides exclusivamente dedicados al amarillismo. Vuelven las portadas horrendas con sangre y los titulares que no reportan noticias sino estados de ánimo”. (Luis Britto García, Otra vez la inseguridad. Enero de 2014)

Cifras descabelladas eran presentadas a diario como auténticos estudios científicos en los que se afirmaban disparates como “El riesgo a morir a manos de secuestradores se ha incrementado en más de 150%”, “Aumentaron los homicidios y el hampa fue más violenta”, “Una investigación de campo establece que la resistencia a denunciar ha ido en aumento. Los casos no registrados llegan a 85% en Mérida y a 67% en la Parroquia Sucre de Caracas. El mayor incremento criminal se reportó en Nueva Esparta, Barquisimeto y Valles del Tuy” (El Nacional, viernes 27 de diciembre de 2013).

¿Cómo se elaboraba esa estadística? ¿Midieron en verdad el porcentaje de “riesgo a ser secuestrado”? ¿Cómo se mide ese riesgo, y a qué factor es atribuible? ¿Entrevistaron a quienes se negaban a denunciar? ¿Denunciar qué; homicidios no llevados a cabo? ¿Cómo llegaron a ellos si no habían hecho denuncia alguna? ¿De dónde salía entonces las cifras de Mérida y Caracas si eran casos no registrados? ¿Cómo supieron que en Margarita, Barquisimeto y Valles del Tuy hubo un mayor incremento de casos no denunciados? Todo sonaba a falso anuncio apocalíptico más que a noticia de hecho cierto y comprobable. Pero esa era la matriz urdida y había que publicarla a como diera lugar.

Como siempre por aquellos días, las más alarmantes cifras eran las referidas a la muerte: “Al menos 471 cadáveres fueron ingresados a la morgue de Bello Monte en lo que va de mes” (El Nacional, viernes 27 de diciembre de 2013).

Independientemente de la avieza manipulación que significaba la omisión del desglose de causas por las cuales esas personas habrían fallecido, incluidas las causas naturales, los infartos, los crímenes pasionales, los accidentes automotrices, etc., que jamás se mencionaban, estaba la desproporción de una cifra imposible de alcanzar sin que tal nivel de mortandad se hiciera evidente más allá de los simples titulares de la prensa.

Hoy el coronavirus nos trae a la vista la contundencia e irrefutabilidad de un hecho que de ninguna manera puede ocultarse tras las cuatro paredes de una pequeña edificación como la morgue de Bello Monte. En Ecuador, apenas aparecida la pandemia del Covid-19 en marzo de este año, lo primero que empezó a aparecer fueron los cadáveres en las calles, a plena luz del día, porque ni los organismos forenses del Estado ni las funerarias privadas se daban abasto para atender tal número de muertes en un mismo lugar y en un mismo momento.

De ahí en adelante, hasta los países más desarrollados y con la mayor capacidad de respuesta a una contingencia de tal magnitud, como Estados Unidos, Brasil, España e Italia, se vieron forzados por la avalancha de cadáveres a cavar gigantescas fosas comunes como nunca antes se había visto en la historia, porque, además de resultar indispensables por razones de salubridad pública, en realidad era que no tenían cómo llevar a cabo tal cantidad de entierros en la forma convencional que todo sepelio exige.

El mundo capitalista comenzó a tambalearse con esa demoledora verdad que ni el inmenso poder de manipulación de los medios de comunicación, al servicio del gran capital como lo están, pudo falsear o adecuar en ningún momento a su particular discurso. El virus no solo desnudó de un solo golpe la incapacidad del capitalismo para resolver los problemas de la gente, sino la naturaleza desalmada de su liderazgo, que subestimó a la pandemia en todo momento.

Tal como sucedió en la Alemania nazi, en la Colombia de Alvaro Uribe, en el México de Vicente Fox y de Peña Nieto, en la España de Franco, en la Argentina de Vilela, en el Chile de Pinochet, y en la Venezuela de la 4ta república, las fosas comunes son hechos reales incontestables que denuncian siempre la atrocidad de la muerte producida en masa.

La pandemia que hoy padece la humanidad impuso en el siglo XXI la modalidad de las muertes en masa producto de una afección contra la cual no existe cura conocida. Lo que puso también de manifiesto, de la manera más cruda y lamentable, que centenares de muertos son imposibles de ser escondidos.

Queda así definitivamente al descubierto la burda manipulación que hicieron durante años los medios de la derecha venezolanos con el tema de la muerte violenta, cuando inventaban escenarios sobredimensionados y pavorosos que hablaban de cientos de cadáveres en un mismo pequeño depósito, con los que perseguían obtener beneficio político simplemente porque hasta entonces hacer afirmaciones escandalosas con base en cifras, pero no en realidades, era suficiente para engañar e incluso para convencer.

Mintió siempre esa guerra mediática con las cifras de muertes violentas, tal como ha mentido con el número de opositores que supuestamente los apoya; con la cantidad de emigrantes que dicen que se han ido del país; con la verdadera condición delincuencial de los presos por ellos llamados políticos. Y con todo lo que denigran del inmenso esfuerzo que libra la Revolución Bolivariana por alcanzar el bienestar y la independencia plena del país.

@SoyAranguibel

3 comentarios sobre “El virus que desnudó al terrorismo mediático

  1. Apreciado amigo Aranguibel:

    Soy uno de tus miles de seguidores y admiradores; por eso te recomiendo que revises en tu enciclopedia las palabras “abrogar” y “arrogar”, porque tengo la impresiòn de que empleaste mal la primera de ellas en tu exposiciòn de hoy sobre el virus.

    Con mucho respeto, chamo, te aprecio.

    Cruz Linares
    PD: Disculpa, no tengo otra manera de comunicarme contigo.

    Le gusta a 1 persona

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