La quimera del oro

Por: Alberto Aranguibel B.

En su proverbial pero muy mordaz e incisivo lenguaje mudo, Charles Chaplin parodiaba en 1925 la avaricia y las trágicas consecuencias que la fiebre del oro podía generar en el ser humano, porque desde siempre el hombre del mundo capitalista fantaseó con la vana ilusión de alcanzar el medio más expedito para enriquecerse y, a partir de ahí, gozar del confort y de los lujos más deslumbrantes y maravillosos.

Esa fantasía de la felicidad individual alcanzada a través de la riqueza fácil, y no mediante el esfuerzo creador de los trabajadores como fuerza productiva, fue lo que impulsó la engañosa promesa del capitalismo en la sociedad contemporánea.

Desde esa óptica, el trabajo como base del bienestar ha sido siempre desdeñado. Las fórmulas maravillosas que el poder hegemónico logró imponer a través de la cultura del dinero, fueron aquellas que colocaban a la empresa privada como generadora por excelencia de la riqueza y al ser humano apenas como una herramienta accesoria del proceso de producción de la misma.

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Según esa narrativa hegemónica, como la del cine de ficción, por ejemplo, el oro en manos del individuo común es solo un objeto de enajenación y de perdición. Se inocula a la sociedad la sed del “vil metal”, como se le llama, pero se transmite a la vez que su obtención, cuando se trata de la gente normal, es producto del crimen, del asalto a los blindados, a los bancos, etc.

Desde la más remota antigüedad, el oro fue siempre sinónimo de poder más por su escasez que por ninguna otra razón. Arrancado de las entrañas de la tierra, su valor surgía del inmenso costo de la esclavitud usada para obtenerlo. De modo que quien lo poseía no podía ser solo un gran potentado, sino un gran imperio.

Por eso su precio (como el del acero, el hierro, el aluminio, y tantas otras materias primas) no se decidió jamás donde se produce, sino en las grandes metrópolis imperiales. Solo la arbitraria asignación de importancia desde los centros hegemónicos fue lo que le imprimió el valor relativo que fue adquiriendo en el mundo.

De ahí que el empeño de esos imperios fue siempre apropiarse de un oro que no es suyo (porque no lo producen, sino que se lo despojan al mundo) y hacer con él lo que les venga en gana según sus intereses.

Un afán de saqueo contra el cual se levanta hoy un pueblo digno, como el venezolano, que jamás se rendirá ante el descarado robo de más de treinta toneladas de oro que forman parte substancial de las reservas del Estado venezolano, a través de una operación de vulgar asalto al erario público de nuestro país que el vetusto imperio británico pretende hacer aparecer como una acción apegada al derecho.

Son los mismos piratas, los mismos asaltantes de siempre, que envueltos en los mismos engañosos atavíos de la nobleza, quieren hacerle creer al mundo en una rectitud y una decencia que jamás han tenido.

@SoyAranguibel

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