Imperialismo: el discurso del poder en una sola imagen

Por: Alberto Aranguibel B.

En la legendaria película de Sidney Lumet “Poder Que Mata” (1976), Howard Beale, un prestigioso presentador de noticias, encarnado por el genial Peter Finch, pierde la cordura frente a las cámaras y se lanza a predicar en vivo contra los medios de comunicación y su pernicioso poder alienante. Frente a ese insólito hecho de claro corte anti stablishment, el rating de la televisora sube de manera inusitada rompiendo todos los records de audiencia, ante lo cual el presidente de la mega corporación mediática ordena que Beale sea llevado a su despacho para hablar personalmente con él y evitar así que su prédica redentora haga tambalear el negocio.

Sorpresivamente, en vez de recibirlo en su lujosa oficina ordena que la reunión se lleve a cabo en la majestuosa sala de conferencias de la empresa, ambientada solamente con una larga mesa de más de veinte puestos, al final de la cual, en el extremo opuesto a la silla del presidente, es sentado el presentador.

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En medio de ese sobrecogedor ambiente, en el que la figura del magnate de la corporación (personificado por Ned Beatty) es visto como un deslumbrante destello luminoso recortado sobre el fondo oscuro de la habitación, se desarrolla una de las más impactantes escenas del film. En ella el jefe le dice al empleado en una vehemente disertación, que resume cabalmente la filosofía del neoliberalismo, que tiene que entender que ya las cosas no son como antes. Que ya ni las naciones ni el derecho internacional existen a lo largo y ancho del planeta, sino las corporaciones y sus filiales. Que las grandes empresas han acabado con toda noción de Estado y han desplazado definitivamente a los políticos. Que el nuevo referente del mundo es ahora el dólar y que así debe él entenderlo.

Presa del intimidante influjo del implacable discurso, el disminuido presentador dice, casi en estado de éxtasis, que le parece haber sentido la presencia de Dios. A lo que el dueño de la corporación responde: “Eso creo”.

Esa misma imagen, extraída de la iconografía religiosa (no solo de la cristiana, quizás la más profusamente desarrollada desde que la pintura se convirtió en el medio fundamental para la expansión de la fe católica, sino de todas aquellas que de alguna manera han representado a sus deidades como figuras luminosas o bañadas de la luz celestial de la que se presume han surgido y con la cual se supone que iluminan al mundo) es exactamente la misma que usa el gobierno norteamericano para anunciar el asesinato del General de más alto rango de la República islámica de Irán, ordenado personalmente nada más y nada menos que por el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

En una inusual rueda de prensa, en la que el presidente es esperado durante más de dos horas por los medios de comunicación en una inmensa sala de la Casa Blanca, diez militares del más alto rango del Pentágono, así como el Vicepresidente y los secretarios de Estado y de Defensa, son distribuidos cual apóstoles en una reproducción casi exacta de “La última cena”, de Leonardo da Vinci, frente a una gran puerta blanca doble hoja flanqueada por dos columnas de mármol pulido de doble altura, sobre la cual ha sido colocado en forma prominente el escudo de la presidencia de los EEUU, en clara alusión al lugar del altar usualmente destinado por todas las religiones al enaltecimiento de la figura o deidad del templo.

En el momento crucial del evento, la gran puerta es abierta con expectante parsimonia bañando la sala con un deslumbrante contra luz del cual emerge solemne hacia el podio en el centro de la escena la silueta del primer mandatario, en una estampa de grandiosidad que perfectamente podría haber sido la misma que imaginaron los ilustradores bíblicos originarios para recrear la reveladora visión de Moisés en el Monte Sinaí o el momento mismo de la elevación de Jesús al cielo después de la resurrección.

Se presenta así como un acto de Justicia Divina un brutal asesinato, el del General Qasem Soleinami, líder de las fuerzas Quds de la Guardia Revolucionaria iraní, y no como el crimen por el cual el primer mandatario norteamericano tendría que rendir cuentas ante los tribunales ordinarios toda vez que él mismo acepta públicamente en esa rueda de prensa ser el autor intelectual de tan abominable hecho de trasgresión a las leyes y al derecho internacional para el cual, por supuesto, no está facultado de ninguna manera ni como individuo ni por su investidura como presidente de una nación.

Se busca transmitir al espectador mediante esa escena, perfectamente fabricada con un claro propósito de amedrentamiento subliminal, que el poder de la religión islámica no es algo que pueda intimidar en modo alguno al líder de un imperio cuya fuerza se fundamenta en la fe católica que le dio su origen.

Fiel a sus creencias fundamentalistas, la sociedad norteamericana no deja nunca de lado el carácter religioso de su narrativa imperialista, por encima incluso del interés meramente capitalista que la inspira y la orienta desde todo punto de vista. “God bless America”, es el santo y seña que consagra en todo evento oficial el carácter unicelular de la religión y la política en EEUU.

Vladimir Acosta sostiene en su excepcional trabajo sobre la sociedad norteamericana, El monstruo y sus entrañas (Editorial Galac, 2017), que “el peso que el fundamentalismo cristiano tiene en ese país es realmente descomunal […] En fin, que en esa sociedad, que pretende ser modelo superior y excepcional de modernidad, de separación de Estado e Iglesia, el dominio de la religión y de la Biblia es total y del mismo participan todas las corrientes y sectas propias del protestantismo.”

De ahí que no sean pocos los presidentes de esa nación que hayan declarado categóricamente en algún momento haber sido enviados por Dios mismo para llevar a cabo la labor de “saneamiento” del mundo para la que se sienten predestinados. El profesor Acosta lo resume así en su texto: “Desde el propio George Washington en adelante los Presidentes de Estados Unidos empezaron a demostrarlo y a incluir la religión cristiana protestante en sus discursos y mensajes […] ya que todos ellos siendo políticos laicos actúan como líderes religiosos, todos dicen actuar en nombre de Dios, aseguran hacer la política que Dios les manda y justifican sus actos y sobre todo sus crímenes como ordenados por el propio Dios, que a menudo habla con ellos.”

Solo que hoy el relato religioso no es ya el recurso retórico ancestralmente usado por el poder político norteamericano para bendecir en los templos las atrocidades que ese imperio comete a lo largo y ancho del planeta en nombre de la libertad, y de Dios, sino que es descarada y abiertamente convertido en el discurso mismo, como lo vemos en esa meticulosa conceptualización de la imagen televisiva fabricada por los asesores comunicacionales de la Casa Blanca para decirle al mundo que su presidente ya no es el ser humano de carne y hueso susceptible de cometer errores y, por ende, de ser juzgado por los tribunales terrenales, sino que es un ser luminoso que viene a imponer la justicia inexorable y definitiva que solo los dioses pueden imponer y que la humanidad entera debe acatar.

Si algún momento debía ser considerado oportuno por esos asesores comunicacionales para poner a funcionar esa modalidad discursiva de la escenificación religiosa como símbolo del poder de la mayor potencia capitalista en el mundo, tenía que ser definitivamente el de una presidencia liderada por un magnate multimillonario, supremacista, engreído y delirante, que desprecia al ser humano sin importarle en modo alguno las formas, y para quien no existen naciones sino países competidores, en los que lo que prevalecen no son las leyes del Estado y de la democracia, sino los intereses corporativos de las trasnacionales y del imperio en sí.

Exactamente como lo visualizara Lumet hace casi medio siglo. Solo que aquí, lamentablemente, no se trata de una ficción, sino de una cruda realidad que amenaza y abochorna a la humanidad entera.

@SoyAranguibel

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