Los amos del coroto

Por: Alberto Aranguibel B.

Ahora que, después de tanto revuelo nacional e internacional, el tragicómico sainete de la autojuramentación llega a su fin, la gente no deja de preguntarse cuál será el nuevo escenario político venezolano y, muy especialmente, cuál será el destino del títere de la derecha que sirvió como actor principal en esa charada.

Juan Guaidó, como se ha dicho tantas veces, no surgió nunca de las luchas populares como un líder reconocido por el país como tal, sino que apareció en medio de la debacle de una derecha cada vez más destartalada y atomizada como la última carta en un juego de ensayos y errores en el que las figuras más relevantes de la oposición ya habían sido jugadas previamente sin éxito alguno.

Fue un interminable torneo de fracasos en el que la oposición fue descartando progresivamente a sus más importantes cuadros políticos, empezando por Salas Rómer, Enrique Mendoza, Manuel Rosales, hasta llegar a Enrique Capriles, Henry Ramos Allup, Julio Borges, y Henry Falcón, entre muchos otros de una larga lista de cuadros que fueron siempre considerados líderes indiscutidos, y que invariablemente terminaban execrados, uno a uno, por sus mismos seguidores como las peores lacras de la política.

Guaidó, que no logró escapar a esa dinámica perversa, sale sin embargo de la escena con un rasgo diferente en ese perfil del fracaso sostenido de la derecha. Sale con miles de millones de dólares obtenidos de diversa manera, en unos casos birlados a la nación mediante el robo de los activos de Venezuela en el exterior, y en otros a través del trasego de dineros supuestamente destinados al rescate del pueblo venezolano de una miseria que la misma oposición generó a lo largo de años de desestabilización, violencia, inducción de crisis económica y solicitud permanente de sanciones e intervención militar extranjera en el país.

No fue jamás un político inteligente o con algún talento, sino todo lo contrario. Fue una ficha perfecta para esa oposición delincuencial y pendenciera, precisamente por lo idiota y lo inepto para articular incluso la más insignificante idea. Algo muy preciado para quienes, por haberse ganado el repudio de sus propios seguidores, tenían que operar detrás de bambalinas para no soltar lo que en el argot adeco se conoce como “el coroto”.

@SoyAranguibel

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