Cuando la guerra es contra las ideas

Por: Alberto Aranguibel B.

Si algo revela de manera inequívoca el carácter insensato de la derecha es sin lugar a dudas el terror que ella le tiene al pensamiento revolucionario como si se tratara de una entidad corpórea a la que estaría obligada a vencer ya no en una confrontación de ideas; es decir, en el terreno del debate político, sino en un irracional combate cuerpo a cuerpo en el que solo uno de los contenedores debe quedar en pie al final de la pelea.

Aquella obsesiva persecución contra el programa “Aló Presidente”, emitido semanalmente a todo el país por el presidente Hugo Chávez, y contra cualquier otra alocución televisiva del entonces Primer Mandatario, las llamadas “cadenas presidenciales”, no fue otra cosa que el franco reconocimiento de esa derecha cavernaria al inmenso poder que tiene hoy por hoy un instrumento, el medio de comunicación de masas, que ella misma ha utilizado desde siempre a su antojo para tratar de imponer en la sociedad la idea del capitalismo como única vía para asegurar la sobrevivencia humana, a pesar del sufrimiento, del hambre y la exclusión social que ese modelo genera entre casi un tercio de la población mundial, pero que el capitalismo trata de hacer aparecer como un instrumento pernicioso solamente si está en manos del Poder Popular.

Obsesión persecutoria contra las ideas que se reproduce en todas y cada una de las oportunidades que ha tenido esa derecha de ejercer de alguna manera algún mínimo control sobre los medios de comunicación, tal como lo hizo en su brutal ataque al canal del Estado, Venezolana de Televisión durante los sucesos de Abril del 2002, en los cuales el cierre de la planta televisiva estuvo entre sus primeras y más urgentes acciones.

El empeño en callar las ideas (exactamente igual a lo que hicieron en 2016 Henry Ramos Allup en Venezuela, con su destemplado intento de cerrar el canal ANTV y de desterrar las imágenes de Chávez y de Bolívar de la Asamblea Nacional, o el ultraderechista Mauricio Macri en Argentina, ordenando cerrar la señal de TeleSur como su primera medida de gobierno) no es solo porque son las ideas del pueblo, es decir; aquellas que se orientan en la dirección de promover la justicia y la igualdad social, sino porque son formas de expresar un pensamiento estructurado de manera coherente. Algo de lo cual carece (y que repudia incluso) la derecha.

El eterno ir y venir de ese retardatario sector entre la posición que asume un día y exactamente la opuesta al día siguiente, como es su comportamiento más recurrente, evidencia el carácter irracional de su ancestral y nunca satisfecho propósito de hacerse del poder a como dé lugar, sin importar de ninguna manera el más elemental respeto al concepto de acuerdo o pacto social que sirve de base a la democracia, ni mucho menos a la idea de cordura o de sensatez que debe prevalecer en todo momento en el complejo y delicado ejercicio de la política, en el cual el sentido de responsabilidad (no solo hacia el pueblo sino hacia uno mismo) tiene que ser definitivamente el factor determinante.

De ahí que la contradicción entre la narrativa libertaria que le sirve de justificación a su pretendida lucha por el poder y su persistente empeño en callar la voz del pueblo a como dé lugar, como se ve en la manipulación que hacen los medios de comunicación con las pro- testas populares a lo largo y ancho del continente y del mundo, escondiendo en la forma más grotesca la inocultable realidad de la represión de los gobiernos neoliberales contra el pueblo, exaltando y justificando a la vez la labor represora de esos gobiernos lacayos del imperio y al servicio del gran capital, sea cada vez más bochornosa.

Poner de alguna forma cerca del poder a un miembro cualquiera de esa derecha cultora de la irracionalidad como dogma, de esa vocación represora de las ideas, de ese despropósito de la censura y el cercenamiento al pensamiento político, es exactamente lo mismo que acercar el más ignífugo combustible a la candela. Es ponerle dinamita a las bases mismas de la democracia, que tienen en el debate ideológico su activo más esencial y valioso.

Es eso, y ninguna otra cosa, lo que acabamos de ver en esa patética demostración de intolerancia que hace el señor Enrique Márquez, representante de la derecha en el Consejo Nacional Electoral (CNE), con su desquiciado intento por sacar del aire el programa de opinión de una de las figuras más emblemáticas de la actual política venezolana, argumentando algún supuesto uso indebido de un bien público en favor de alguna parcialidad partidista (irónicamente en el programa donde la mayor parte del tiempo es usado para mostrar no al partido de gobierno sino a la oposición, exactamente como ella es; con sus vicios, sus carencias y su persistencia en el fracaso) cuando en realidad ese programa (Con el Mazo Dando) es el medio a través del cual la opinión pública, no solo venezolana sino mucha de más allá de nuestras fronteras, se pone al día en la dinámica del tema que más importa hoy a las venezolanas y los venezolanos como lo es el de la política. Tema en el cual radica la mayor parte de la compleja coyuntura por la que atraviesa el país, en virtud de lo cual concita el inmenso interés nacional que despierta entre la audiencia.

Al mejor estilo de Pedro Carmona Estanga en su fugaz paso por el poder, del ejército nazi o del ejército español que hicieron de la quema de libros una política de Estado por órdenes de Hitler en Alemania y de Franco en España, el señor Márquez arremete desde su minúsculo y circunstancial espacio en el CNE contra la voluntad popular, lanzando su artero ataque contra un líder fundamental del proceso revolucionario y contra el espacio de opinión con mayor audiencia en el país, arrogándose facultades extralimitadas de aquellas para las cuales le fue asignado el cargo, funciones en las cuales no ha atendido hasta el día de hoy el trabajo de su competencia solo para darle prioridad desde el momento mismo de su nombramiento a la sesuda elaboración del expediente contra el programa de televisión. Lo que denota, sin lugar a dudas, cuál fue desde desde siempre su verdadera intención por hacerse de algún espacio de poder.

Márquez encarna cabalmente esa lógica derechista contra las ideas porque su accionar, que desconoce intencionalmente que el actor principal del programa es precisamente la oposición de la cual él mismo forma parte, es claramente irracional.

Sin ese programa, y su muy bien sustentada exposición del verdadero rostro de la oposición venezolana (que es vista en el programa hablando siempre con sus propias palabras, a través de sus mensajes en las redes sociales, en videos, en fotografías y en infinidad de declaraciones públicas) no habría en Venezuela análisis político de valor que contuviera la violencia que desataría en el país una oposición envalentonada por el apoyo de las grandes corporaciones nacionales e internacional de la comunicación al servicio del gran capital, que profundizarían cada vez más su inmoral trabajo de desinformación y distorsión de la realidad ocultando esa naturaleza delincuencial del liderazgo opositor para alentar así a vastos sectores de la sociedad a creerse mayoría cuando en efecto no lo son.

O a considerarse erróneamente del lado correcto de la historia con su ciego y hasta inocente apoyo a la banda de delincuentes y corruptos que es hoy esa dirigencia opositora y que el “Mazo”, como popularmente se le conoce, lo único que hace es mostrarlos a la opinión pública (cuyo derecho a la libre información es reconocido universalmente), usando para ello un bien público porque es precisamente ese un tema del más fundamental interés para todo el país, empezando por la misma militancia opositora que hoy, gracias a ese programa, cuenta con sólidos e irrefutables elementos de juicio para sustentar su punto de vista contrario al del chavismo, pero también contrario al festín de corruptelas y zanganerías de esa dirigencia opositora que invariablemente aparece en el programa.

Un afán censor de las ideas, el del señor Márquez, que no puede reducirse al ámbito de lo personal o puntual de un individuo contra la libertad de expresión y de opinión, como en este caso, sino que tiene que verse a la luz del comportamiento de la derecha mundial y de sus grandes corporaciones mediáticas plegadas como están a los pérfidos intereses de la barbarie capitalista, tal como se ve en la profusión de esa novísima modalidad de la manipulación mediática que hoy persigue institucionalizarse bajo pueriles sofismas de justificación, como el que encierra el aparentemente inocuo término “fake news”, o bajo las más perversas formas de condescendencia hacia la brutalidad represora de los gobiernos neoliberales, y la persecución salvaje hacia las vocerías o propuestas populares en cualquier parte del planeta donde éstas intenten expresarse.

Algo sobre lo cual lo más llamativo es sin lugar a dudas la impudicia de organismos ya no tan siquiera como la OEA, la Unión Europea o la propia CIDH, cuyo sesgo en la valoración de esa realidad es poco menos que bochornoso, sino de la misma SIP, históricamente tan activa en la denuncia contra las supuestas violaciones y atentando contra la libertad de expresión en los países cuyos gobiernos surgen de una clara vocación popular por la justicia y la igualdad, pero tan callada cuando se desata la furia de los gobiernos de derecha contra los pueblos e incluso contra los mismos medios de comunicación.

Se trata de una guerra, sí. Pero de una guerra contra el derecho del pueblo a pensar libremente. Una guerra contra las ideas.

@SoyAranguibel

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