Guerra es guerra

Por: Alberto Aranguibel B.

Llegué por primera vez a Cuba a mediados de los años setenta, y me tocó alojarme (gracias al ICAIC) en el magnífico Hotel Nacional, ícono turístico emblemático de la isla, donde me topé con uno de los más llamativos acontecimientos que me encontré en aquel inolvidable viaje.

Fue que en los jardines del hotel que dan hacia el Malecón de La Habana, además del conjunto de cañones de los tiempos de la conquista española que siempre han adornado aquel fabuloso ambiente, el ejército revolucionario tenía emplazada en el mismo lugar una batería de cuatro unidades de artillería antiaérea apuntadas hacia el mar.

En un primer momento me extrañó la aparición de aquel intimidante equipo en medio de un espacio turístico. Pero, al levantar la mirada y otear hacia lo profundo del horizonte hacia el mar, me percaté de que apenas a unas noventa y dos millas náuticas en esa dirección se encontraba el más poderoso enemigo que proyecto revolucionario alguno podría tener; el imperio norteamericano.

De inmediato comprendí que cuando se está en guerra con un enemigo tan peligroso, como lo está Cuba desde hace más de medio siglo, la estrategia defensiva invade todos los espacios sin distingos ni convencionalismos, en resguardo y aseguramiento de la vida de la población y, por supuesto, de la soberanía e independencia de la Patria.

La doctrina militar, cuyo compendio acumula el conocimiento de los ejércitos a través de los siglos, establece de manera irrefutable, además de perfectamente lógica, que la posición dominante en cualquier planeamiento estratégico de guerra, es la posición de altura.

Por eso hasta el sol de hoy no he logrado entender por qué razón, siendo que la capital de la República Bolivariana de Venezuela, enclave de las más importantes empresas del país y sede de todos sus poderes públicos, ubicada en un valle rodeado en toda su extensión por un auténtico collar de colinas de gran elevación, no cuenta, en medio de la más severa amenaza de guerra que jamás haya tenido lugar en nuestro suelo, con una estrategia militar de dominio de las posiciones altas de la ciudad, sino que ellas son usadas por los ricos para ubicar sus grandes mansiones de lujo y por los malandros para montar sus galleras para las narco rumbas y sus garitas de resguardo paramilitarista.

No lo entiendo.

@SoyAranguibel

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