¿Qué debe esperar el país del diálogo en México?

Por: Alberto Aranguibel B.

Más allá del ámbito de lo político, donde por lo general hay una comprensión más o menos clara de lo que implica un proceso de conversaciones entre actores tan antagónicos como lo son la oposición venezolana y el gobierno revolucionario, existe un amplio sector de venezolanas y venezolanos cuya principal y más impostergable preocupación es la de la asfixiante crisis económica que desde hace ya varios años azota al país, que considera que sentarse una vez más a intentar alcanzar acuerdos que hasta ahora no han sido posibles por esa vía entre ambos sectores sería por lo menos una pérdida de tiempo y un sin sentido frente a la apremiante situación de la economía nacional.

Esas venezolanas y esos venezolanos merecen de la Revolución una respuesta más detenida y fundamentada que todas cuantas aparecen en los medios y en las redes sociales (la mayoría de los cuales, a favor o en contra de dichas conversaciones, son simples puntos de vista personales de quienes los colocan y no la posición oficial del gobierno) que les ayude a comprender de mejor manera la importancia que ellas tienen en la recuperación efectiva y el aseguramiento perdurable del bienestar al que aspira el país.

Ciertamente la mayoría de los intentos previos del diálogo impulsado desde el primer día de su mandato por el presidente Nicolás Maduro han terminado sin arrojar los resultados que se querían, en términos de la superación del conflicto planteado por la oposición venezolana que arbitrariamente ha pretendido desconocer durante años la legitimidad del gobierno nacional, creyéndose entonces con derecho a asumir el poder en el país por encima de la voluntad popular expresada en las urnas electorales. Algo que la mediática y los organismos internacionales de la derecha han posicionado en la opinión pública mundial como “la grave crisis venezolana”, cuyo rasgo fundamental es que tal situación sería producto del carácter supuestamente antidemocrático de una cruel e inhumana dictadura que, según esa narrativa artificialmente impuesta, se mantendría en el poder mediante el terror, la persecución y el exterminio físico de toda disidencia política.

Sin ese posicionamiento internacional (que hoy podemos reconocer responsablemente como el único gran logro de la oposición venezolana) sería definitivamente imposible el bloqueo económico contra el país, porque ninguna nación del mundo, empezando por los Estados Unidos, se expondría al escarnio internacional y a las repercusiones que ello tendría si intentara la más mínima agresión contra alguna democracia reconocida y aceptada mundialmente como tal.

Son muchos los países que, sin siquiera saber muchas veces ni dónde queda Venezuela, se vieron forzados inicialmente a plegarse a ese plan contra el país no por considerar obligatoria o inevitable su participación en la estrategia de bloqueo económico y político de la derecha nacional y del imperio norteamericano, sino por el costo político que les representaba a sus gobiernos frente a sus propios electores incluso la neutralidad en la movilización emprendida contra la supuesta dictadura venezolana, tal como la estaba posicionando la derecha en la opinión púbica internacional.

De lo cual se desprende que, sin lugar a dudas, el primer gran problema a resolver si se pretende superar la difícil situación económica que agobia a las venezolanas y los venezolanos, es precisamente ese de la imagen distorsionada que la derecha le ha creado internacionalmente a nuestro país y que tanto sufrimiento le ha causado a la población venezolana en términos de imposibilidad de acceso de nuestros productos fundamentales al mercado internacional y del impedimento de nuestra economía para operar en el sistema financiero mundial.

Pretender resolver esas distorsiones que tanto daño le han infligido a nuestro pueblo sin eliminar de raíz el origen del problema, es decir; sin desenmascarar la infamia de la supuesta crisis humanitaria sobre la cual ha montado la oposición golpista su afán de hacerse del poder por encima de la voluntad popular; sin darle a conocer al mundo la verdad del excepcional esfuerzo de superación de la violencia y del logro de la paz social alcanzado desde 2017 por Venezuela; sin demostrar el carácter ilegal e inhumano de sanciones arbitrariamente impuestas por el imperio con el único propósito de tomar el control de nuestra economía y hacerse de nuestras riquezas y recursos naturales violando expresamente el derecho internacional y nuestra soberanía, sería definitivamente un desperdicio de tiempo, esfuerzo e incontables recursos económicos que dilapidaría el país si el mundo no se convence primero de esa inobjetable e irrefutable verdad y no cambia entonces de posición frente al injusto e ilegal bloqueo económico y político impuesto.

Por eso, en principio, el diálogo no debe ser entendido de ninguna manera como un bastardo escenario para la innecesaria pérdida de tiempo, ni mucho menos para la negociación de los objetivos del Plan de la Patria, ni de los grandes logros alcanzados por la Revolución Bolivariana en inclusión social y avances en la construcción del modelo comunal participativo y protagónico que la inspira. Pero tampoco como la  prodigiosa instancia plenipotenciaria orientada a la emisión de improvisados decretos y normas con capacidad de resolver de la noche a la mañana y como por arte de magia la crisis económica que agobia al país, a cambio de prebendas políticas de ningún tipo.

De ahí la importancia de llevar a cabo dicho diálogo en el exterior, con intermediación de países y organismos internacionales cuya seriedad y neutralidad sea inobjetable para el concierto de las naciones, más que oportuno para todas y todos las venezolanas y los venezolanos por igual, porque el propósito central de esa reunión no es (ni debe ser) el inconducente intercambio de insalvables puntos de vista entre las delegaciones, que como ya se ha visto, en virtud de la arrogancia y la impertinencia de una oposición que ha jugado hasta la saciedad al saboteo permanente de toda posibilidad de diálogo de altura, no hay manera de poder de acuerdo, sino develar ante el mundo con pruebas irrefutables sobre la mesa ese carácter inmoral, irresponsable y criminal de una oposición que ciertamente pudo haber logrado en algún momento colocar a su favor a la opinión pública internacional gracias al inmenso poder de manipulación, de desinformación y de desvirtuación de la realidad, del cual dispone con la concertación contrarrevolucionaria de organismos y gobiernos poderosos, grandes corporaciones mediáticas al servicio de los intereses de la derecha y, por supuesto, del inmenso poder de los grandes capitales que se mueven detrás de ellos en la búsqueda de mejores oportunidades para el modelo neoliberal capitalista, pero que jamás ha logrado reunir ninguna prueba con la cual sustentar de algún modo creíble y fehaciente su terca y obtusa guerra contra el gobierno revolucionario y contra el pueblo de Venezuela.

A medida que la narrativa opositora de la supuesta tiranía que habría en Venezuela se viene abajo con las demostraciones palpables que el mundo va constatando sobre la verdadera realidad que se vive hoy en el país, el relato contrarrevolucionario se va revelando como una auténtica infamia sin fundamento alguno. Y con ello, van derrumbándose los apoyos que en algún momento llegó a tener más por natural reacción política instintiva que por solidaridad sincera de esos países con el golpismo.

Ya son muchos de los llamados “influencer” internacionales (cuyo perfil es el de visitar personalmente los países en conflicto para dar a conocer al mundo a través de sus cuentas personales el rostro de esas realidades sin la intervención y manipulación falseadora de las corporaciones mediáticas), intelectuales y pensadores progresistas del mundo, así como representantes de organismos internacionales que visitan Venezuela, que han venido dando cuenta de esa verdad insoslayable de tenacidad con la que el pueblo venezolano se está sobreponiendo a la adversidad impuesta, lo que de ninguna manera se ajusta al posicionamiento catastrofista con el cual esa oposición fracasada, apátrida y corrupta como ella sola, ha logrado abrirse un espacio de notoriedad y significación entre buena parte de la opinión mundial, demostrándose de esa y de muchas otras formas que ciertamente una vía impostergable y necesaria para superar la coyuntura de dificultades económicas del país es la de desenmascarar ese infame discurso en todos los ámbitos internacionales donde la verdad de Venezuela pueda ser escuchada con seriedad y detenimiento de boca de los voceros calificados que el gobierno revolucionario responsablemente designe a tal efecto.

Algo perfectamente lógico si se considera que es en el exterior donde esa oposición ha creado una falsa imagen de lo que pasa en nuestro país. Porque hacia lo interno, tal como lo han reafirmado más de veintiséis procesos electorales, es perfectamente claro que la oposición no tiene de ninguna manera el apoyo mayoritario del pueblo, como lo cree la mal informada opinión pública internacional en este momento.

Como siempre, la falsedad y la ineptitud de la oposición quedará en México al desnudo. Y el gobierno del presidente Nicolás Maduro se anotará un triunfo más en su admirable lucha por conquistar la paz que garantice el bienestar y el progreso perdurable de todas y todos los venezolanos por igual, en el marco de la independencia por la que el comandante Chávez entregó hasta su vida y de la cual podamos sentirnos todas y todos eternamente orgullosos.

@SoyAranguibel

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