El antichavismo como excusa opositora

Por: Alberto Aranguibel  

A William Izarra, In Memoriam

Luego de casi tres décadas de aquel evento que convulsionó el escenario político venezolano, retumban todavía en las catacumbas del partido COPEI las rabietas que llevaron al Dr. Rafael Caldera a abandonar las filas de esa organización política, fundada por él mismo cincuenta años antes, para irse a montar tienda aparte cuando sus bases decidieron mayoritariamente cederle los espacios del liderazgo a otras figuras que desde hacía mucho tiempo pugnaban por surgir entre sus propias filas.

Exceptuando quizás la primera división de Acción Democrática en 1960 (llamada “la división de la juventud de AD”, que dio origen al MIR), y la excisión de la juventud del partido comunista venezolano (PCV)que dio origen a finales de los años sesenta al socialdemócrata partido MAS, producidas ambas como resultado de auténticos debates internos por divergencias ideológicas, gestos de destemplanza de tipo mas bien personalistas como el que protagonizaba Caldera en contra de su propio proyecto político han sido el factor más constante en la historia de las crisis partidistas de la derecha venezolana, aún cuando siempre se les haya querido disfrazar de ideológicos.

El proyecto político basado en la preeminencia de una gran figura pública ha tenido mucho más vigencia como formulación en la construcción del partido político de derecha en Venezuela que la razón ideológica, precisamente por el carácter individualista, elitesco y sectario, que signa ancestralmente a la cultura conservadora en general. Un sectarismo de inspiración autocrática perfectamente contrario a la vocación societaria del ser humano recogida en la teoría universal de la democracia a través de los siglos.

De tal manera que el desprecio actual de la derecha venezolana a las formas democráticas es algo que le viene dado desde sus orígenes, es decir; desde mucho antes de arribar al poder la Revolución Bolivariana. Su comportamiento usualmente reñido con la voluntad popular no es un constructo de pragmatismo propiamente ideológico, tal como ella presenta su lucha contra el chavismo, sino el resultado de una concepción de la actividad política como medio de control y aseguramiento del poder, en lo cual la participación colectiva de la sociedad es todo un acto de contravención de las leyes del universo tal como ella las concibe.

Engreída y arrogante como es por excelencia dada su extracción de (auténtica, o pretendida en algunos casos) naturaleza oligarca, la derecha entiende la lógica competitiva del ritual electoral no como la fórmula idónea que es para garantizar la preeminencia de la voluntad común de las mayorías en la escogencia del modelo de país y de sus gobernantes, sino como un proceso de enajenación del poder que degrada su clase social al nivel de aquellos a quienes asume como inferiores. 

Visto así, el persistente desconocimiento de la derecha a la norma democrática del voto como expresión de la voluntad popular, e incluso de la Constitución y las Leyes que regulan el pacto social, termina siendo un acto de redención de los derechos de las clases hegemónicas con características casi bíblicas, que debe cumplirse a cabalidad sin discusión ni dilación alguna.

Por ello en la derecha el voto es entendido como legítimo solamente cuando se pronuncia en favor de la alternativa que encarne al sector hegemónico dominante y, por supuesto, ilegítimo cuando éste se decante claramente por cualquier opción de izquierda, o tan siquiera medianamente progresista, quedando entonces reducida la democracia a un sistema válido exclusivamente para la reafirmación y perpetuación del modelo de las clases dominantes, en el cual toda adversidad en su contra será presentada ya no como auténticas derrotas electorales sino como violaciones a los principios universalmente aceptados de la democracia como se la conoce desde los orígenes mismos de la teoría política.

Para esa derecha, la elección es un ritual riesgoso que solo muy eventualmente (cuando se ve obligada a resolver ante la opinión pública la evidente contradicción que plantea el tener que presentarse como demócrata en virtud del inmenso poder de convocatoria que tienen entre la gente los valores a los que se asocia el modelo democrático, cuando en realidad doctrinariamente son todo lo contrario) considerará válido. Con lo cual su rol en la política termina siendo una suerte de dilemático drama existencial al mejor estilo del Dr. Jekyl y Mister Hyde, que en ocasiones le llevará a aparecer en escena con toda la furia guarimbera  posible y en otras con la mesura y la ponderación del demócrata serio y responsable, sin que medie la más mínima turbación o vergüenza por la farsa ideológica que esa ambivalente conducta expresa.

Para ella todo cuanto haga deberá ser visto ya no como una lucha política convencional, sino como la infatigable búsqueda del restablecimiento de esa predestinación violentada, tal como lo plantea, por ejemplo, el falso modelo de democracia promovido por Estados Unidos en el mundo, que luego de casi un siglo de justificar desde su óptica ultraderechista su confrontación con el comunismo soviético por ser supuestamente la peor amenaza para la humanidad, continúa hoy catalogando a la poderosa potencia asiática como el principal enemigo, cuando, después de tres décadas de la extinción del bloque soviético, ya no hay vestigio alguno de comunismo en esa nación. Lo que deja perfectamente claro, como lo deja igualmente claro la oposición venezolana con su falso discurso antichavista, que su verdadera preocupación en la demencial lucha que libra contra los regímenes comunistas en el mundo no fue nunca de verdadera naturaleza ideológica, sino que su motivación ha sido en todo momento y de manera exclusiva la necesidad de asegurar y perpetuar su hegemonía política y su control sobre la economía global usando el comunismo simplemente como excusa.

De modo que el factor ideológico no es lo determinante para la derecha venezolana, sino mas bien el “contra ideológico”, si cabe la expresión, porque su conducta se orienta en realidad ya no a la construcción de una fuerza capaz de gerenciar eficientemente el Estado, como lo demuestra irrefutablemente su estruendoso fracaso en la administración de los activos de la República en el exterior de los que se adueñaron ilícitamente bajo el amparo del imperio norteamericano, sino a eliminar de su camino cualquier opción que atente contra sus posibilidades de acceder al poder, independientemente de si se trata de una opción de izquierda o de derecha. Algo en lo que se diferencia (no muy sutilmente, por cierto) de la antipolítica como doctrina propiamente dicha, que asume la lucha por la despolitización de la sociedad como una herramienta para generar apatía y desmovilización social en función de un orden establecido, sino que va mucho más allá en términos de inconsecuencia e irresponsabilidad política incluso frente a sus propios seguidores. 

En medio del inmenso logro chavista que significa haber rescatado el país de las garras de la violencia opositora y reconducirlo con el mayor tino político por la senda de la democracia popular, inclusiva, participativa y protagónica que impulsa hoy la Revolución Bolivariana, el festín de opositores compitiendo insaciables por miles por cargos de elección popular, es un evento de la mayor trascendencia histórica, que no deja, sin embargo, de estar signado por la misma fatalidad de la inconsecuencia ideológica de una derecha para la cual resulta perfectamente natural y completamente válido volteársele a su “presidente” autojuramentado para irse a reconocer al estado de derecho, al Presidente Constitucional de la República, Nicolás Maduro y al Consejo Nacional Electoral con todas las de la ley, mediante el acto de participación electoral que hoy los reúne en un mismo evento junto al chavismo que hasta ayer desconocían.

Estos líderes opositores de hoy, descendientes directos de aquellos ególatras liderazgos del pasado, se comportan con la misma inconsistencia ideológica que signó desde siempre a la derecha porque jamás estuvo en su mente actuar en consonancia con los valores de la verdadera política de altura, que respondiera en verdad a las necesidades del pueblo y a los requerimientos del país como nación soberana e independiente, con un auténtico sentido de responsabilidad y de entrega.

Su antichavismo no es sino su ancestral odio visceral a todo aquello que le impida hacerse del poder como un botín más de las clases explotadoras en contra del bienestar del pueblo.

@SoyAranguibel

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