Ucrania: expresión suprema del anticomunismo sin comunismo

Por: Alberto Aranguibel B.

En entrevista exclusiva con el canal RT en Español, el periodista australiano Julian Assange, perseguido por el imperio norteamericano por publicar documentos clasificados a través del portal Wikileaks, declaraba en 2011 que uno de los más reveladores descubrimientos que había hecho con su trabajo como periodista de investigación era que la mayoría de las guerras de los últimos cincuenta años, al menos, han sido producto de las mentiras de los medios de comunicación. Es decir, que no surgen de las diferencias o confrontaciones entre las naciones, sino de la desinformación o manipulación de la realidad llevada a cabo de manera sistemática por las agencias informativas expresamente orientadas a provocar dichas confrontaciones.

Las grandes corporaciones de la información se desarrollaron a lo largo de más de medio siglo bajo esa lógica, impuesta desde las cúpulas del poder político dominante en el mundo occidental, encabezado por los Estados Unidos, que desde hace más de cien años, desde mucho antes incluso de la primera guerra mundial, ha utilizado la herramienta comunicacional como el instrumento esencial indispensable para el desarrollo de su poderío como imperio, tal como lo registra la historia del manejo mediático que hicieron los grandes diarios norteamericanos con guerras como las de Filipinas y de Cuba en 1898, sin contar la infinidad de manipulaciones que se produjeron en el mismo sentido con las guerras protagonizadas desde entonces no solo por EEUU sino por las potencias europeas que ya utilizaban el método de la distorsión de la realidad a través de sus titulares de acuerdo a su conveniencia en la promoción y justificación de sus guerras.

La idea de la“guerra necesaria”, evolución de la llamada “guerra justa” desarrollada por el cristianismo en la edad media, es quizás el más antiguo concepto sobre el cual se sustentaron siempre a través de la historia las grandes conflagraciones humanas, en particular aquellas que se hacían supuestamente para llevar civilización a los pueblos que, según los imperios, debían ser sometidos.

La creencia ancestral en cuanto a que las guerras eran necesarias para preservar el temor entre los pueblos y acrecentar la respetabilidad y el apego a las instituciones del Estado, dio origen (después de siglos de reflexión al respecto) al concepto de guerra incuestionable. Según pensadores como Maquiavelo o Ayala, si el Estado se encuentra al servicio del bien común, su concepción de la guerra es tan justa como su objetivo.

De esa idea de la guerra justa, de la que ya hablaban Aristóteles en la antigua Grecia (“la guerra es justa cuando se contiende contra hombres que por naturaleza deben ser gobernados y no quieren someterse”) y más adelante Cicerón para adversar a los sistemas políticos dictatoriales y promotores de la injusticia en la Roma imperial, se ha nutrido a través de la historia el discurso que les ha servido a los grandes imperios para justificar sus guerras. Un debate en el que filósofos y pensadores de todas las ramas sociales y políticas llegaron a plantear hipótesis de la más variada índole (principalmente en el debate entre el legalismo y el reformismo), concluyendo en algún momento que la legitimidad de las guerras estaba determinada por el carácter supremo de las mismas, por encima del interés individual de un ser humano (así fuese un gobernante) siempre y cuando obedeciera al interés del Estado por preservar el bien sobre el mal.

Es así como, después de haberse fundado como Estado soberano e independiente a partir del reclamo de los derechos del individuo a las libertades que recogían no solo su Constitución sino la mayoría de las Constituciones que aparecieron luego de esa (como la surgida de la Revolución Francesa), Estados Unidos llega a la utilización invariable de la vieja teoría de la inobjetabilidad de las guerras que decidan desatar los Estados en nombre del bienestar de la sociedad y de la preservación de los intereses o valores que la rigen.

Por eso el más recurrente recurso utilizado por el imperio norteamericano es el del temor inducido a la sociedad con la supuesta amenaza que se cierne sobre la humanidad a la que solo él, como imperio, junto a “aliados” que cumplen siempre más el papel de alabarderos que de socios, está llamado a contener. Si la lucha es por el bien de la humanidad, entonces sus razones para ir a la guerra deben ser  aplaudidas e incuestionables.

De ahí que para EEUU haya tantos “enemigos” diferentes como conflictos se han desatado en el mundo en los que su participación aparece siempre como fundamental y necesaria.

Durante décadas, el discurso del anticomunismo sirvió como relato frente a los aterrados ciudadanos del mundo occidental para quienes la sola posibilidad de la llegada de las tropas soviéticas a suelo americano se había convertido en la peor y más asfixiante pesadilla gracias a la prolífica producción de contenidos mediáticos atemorizantes de los que fueron víctimas.

Una vez caído el bloque soviético y derribado el muro de Berlín, la narrativa se quedaba entonces sin contenido ni razón alguna de ser, por lo que el imperio se vio obligado a apelar a una nueva figura para impartir terror contra la potencia Rusa que todavía seguía existiendo a pesar de la caída del comunismo. Fue ahí donde nació la burda guerra de intoxicación mediática con la idea de que Rusia, la nueva Rusia democrática capitalista, no era un Estado soberano sino una estepa mugrosa e invivible tomada por bandas de mafiosos, delincuentes y traficantes, de la peor estirpe.

Una especie mediocremente urdida que tampoco tuvo posibilidad de sostenerse en el tiempo, por su escasa capacidad de repercusión e impacto social en el mundo, en virtud de lo cual EEUU tuvo que modificar sucesivamente su estrategia mediática, para intentar posicionar cada vez nuevos «enemigos de la humanidad», desde la figura del narcotráfico que utilizó durante la década de los 80 y 90 para derrocar gobiernos como el de Noriega, en Panamá, pasando luego por la figura del terrorismo con la que justificó buena parte de sus guerras del siglo XXI, hasta llegar a la de las supuestas dictaduras de hoy en día a las que, luego de haberse erigido durante décadas en el gran promotor de las dictaduras en la mayoría del mal llamado tercer mundo, atribuye ahora todos los males contemporáneos, lo que le sirve para imponer sus arbitrarias sanciones y bloqueos económicos a su buen saber y entender bajo el mismo viejo pretexto de la defensa del bien sobre el mal que justificó desde siempre las guerras.

Y es justo en ese contexto en el que la ebullición de noticias que anuncian de la noche a la mañana la inminencia de una invasión a Ucrania por parte de Rusia, sin indicios ciertos de algo ni siquiera semejante, negada de plano desde un primer momento por el propio presidente de la Federación Rusa, por su Canciller, por sus altos mandos militares, hasta por el propio presidente de Ucrania, que le ha pedido a los medios que presenten pruebas de lo que tan infundadamente sostienen, pero muy principalmente por la realidad misma que da cuenta de que no existe ninguna potencial invasión en curso, deja en evidencia que solo se trata de una nueva estrategia comunicacional del imperio norteamericano para tratar de rehacer su maltrecha imagen ante el mundo.

Una estrategia perfecta en la que, si Rusia invade, quedará como la amenaza cierta de la cual ha advertido EEUU desde siempre. Y si no invade, entonces será porque EEUU le obligó a retroceder, apareciendo de nuevo como el salvador del mundo.

Sin embargo, el retorno a la vetusta y desgastada narrativa de “ahí viene el lobo” para tratar de asustar al mundo con la delirante tesis de la amenaza que representaría hoy en día la Federación Rusa para la humanidad, es solo signo de un grave problema de desgaste del poderoso músculo manipulador que en otros tiempos llegó a tener la maquinaria mediática de propaganda anticomunista.

Más que eso, evidencia el agotamiento de un modelo de comunicación, basado desde siempre en la mentira, que hoy tiene que apelar al relativo poder de convencimiento que tuvo en el pasado, con la sola diferencia de que hoy en día el comunismo no es, ni con mucho, ni la fuerza política que gobierna en Rusia ni la que moviliza a la sociedad de ese país.

En un mundo en el que la casi totalidad de las protestas sociales se producen hoy contra el modelo neoliberal capitalista, el discurso anticomunista contra un país en el que no existe el comunismo desde hace décadas, resulta cada vez más cavernario de lo que siempre fue.

Por eso, salvo sus propios medios de comunicación, nadie le compra a Biden su desquiciada guerra de invasión de Rusia a Ucrania.

@SoyAranguibel

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