Censura mundial; el renacer y la globalización del macartismo

Por: Alberto Aranguibel B.

En la película “El Testaferro” (Ritt, 1976) se recrea el que quizás termine siendo el más bochornoso momento en la historia de los Estados Unidos de Norteamérica, durante el cual se llevó a cabo una de las más brutales arremetidas contra los derechos civiles de la población de ese país, a la vez que se desataba la mas demencial “cacería de brujas” que se haya conocido en la época moderna bajo la excusa de la lucha contra el comunismo, emprendida a mediados de los años cincuenta del siglo XX por un siniestro senador republicano, Joseph McCarthy (1908-1957), quien encontró en los vastos sectores ultra conservadores, anticomunistas, delatores o simples oportunistas norteamericanos, el apoyo perfecto para lanzarse a una cruzada en la que acumuló un poder inusitado para un funcionario de su categoría precisamente por la efervescencia que estaba generando en ese momento entre la población norteamericana la llamada “guerra fría”.

Con el macartismo, los artistas y creadores de Hollywood fueron objeto del más vergonzoso acto masivo de injusticia y de infamia que una sociedad pueda soportar, porque además del vejamen al que eran sometidos en su gran mayoría, estaba el bochorno de la cobardía que dejaban al descubierto quienes aceptaban convalidar con su silencio los atropellos de los que sus colegas eran víctimas, o peor aún, de la inmoralidad que significaba delatar a alguien para salvarse de caer en las listas negras de la fascista política del Estado norteamericano, o simplemente para regodearse en el más ruin conservadurismo, tal como lo hicieron de manera impúdica Gary Cooper, John Wayne, Ronald Reagan, Walt Disney, Cecil B. DeMille y Robert Taylor, entre otros.

Obras como Robin Hood y Espartaco, formaron parte de los más de 30.000 libros e historias que fueron prohibidos arbitrariamente por la Comisión de Actividades Antinorteamericanas del Congreso estadounidense, cuyo delirante anticomunismo le llevó a incluir en la lista de organismos censurados nada más y nada menos que a la Asociación de Consumidores de Estados Unidos, por su intensa labor contra los productos de mala calidad que se fabricaban en ese país, lo cual era considerado por McCarthy como una aviesa operación desestabilizadora orquestada por los soviéticos. Una brutal política de censura y de persecución al libre pensamiento que ni siquiera en la Alemania nazi se vio jamás en tal dimensión, aunque tal vez sí con la misma intensidad y furia.

En “Trumbo” (Roach – 2015) Hollywood retoma de nuevo el vergonzoso tema para aquella sociedad, colocando esta vez en tono de drama la oscura historia del macartismo que durante años signó la vida de ese país, en lo que, al igual que El Testaferro, se presentaba como una denuncia tardía de la industria cinematográfica norteamericana a una política de Estado convertida en cultura a lo largo de todo aquel periodo de la postguerra, en la que el terror anticomunista a través de las pantallas de cine y de televisión eran la norma, hasta que el Pentágono y el propio presidente John F. Kennedy se percataron de la grave equivocación que cometían colocando como su enemigo no solo a buena parte de la sociedad de su propio país, sino a la más poderosa máquina de propaganda jamás creada por el hombre en vez de utilizarla como verdadera arma de guerra contra la tan temida Unión Soviética. 

En Estados Unidos, el poder de los medios de comunicación, particularmente el cine y la televisión, está en manos de los mismos dueños del poder de fuego del ejército, es decir, de la industria bélica que se alimenta de las guerras. Por eso el Pentágono es quien toma la iniciativa de reorientar el sentido del irracional anticomunismo que ya estaba instalado en la sociedad norteamericana, asumiendo que no tenía por qué erradicarla en modo alguno, sino que, por el contrario, podía ser aprovechada repotenciándola y explotándola al máximo a través del mismo cine que en un momento asumió como el mayor peligro para el imperio, y al que desde entonces le ha sacado el mas grande provecho que ninguna otra potencia le haya sacado jamás a la propaganda.

De ahí en adelante, esa maquinaria, entendida hasta entonces por la élite política del imperio como un simple instrumento para la generación de contenidos alienantes a la lógica del consumismo y, en definitiva, como un poderoso medio de desmovilización social a través de la narrativa de la banalidad y la frivolidad como discurso fundamental, fue usada para tratar de modificar aquella cultura que veía en su propia población al enemigo a vencer, para convertirla en la herramienta dedicada a la generación del odio hacia todo aquello que pudiera perturbar desde el exterior la paz y la seguridad del país, principalmente las fuerzas progresistas y antiimperialistas del mundo y, por supuesto, todo aquel movimiento de izquierda que promoviera la independencia y la soberanía de las naciones.

Pero, aquel fabuloso esquema propagandístico y de estigmatización política que resultaba de la estratégica reconversión mediática adelantada por el imperio terminó siendo eficaz solo por un breve periodo, que culminó con la caída del bloque soviético y el derribamiento del muro de Berlín, momento a partir del cual el discurso anticomunista (dirigido casi exclusivamente contra Rusia por esa misma maquinaria propagandística) aún estando vigente en la narrativa mediática occidental y en las mente del común de los norteamericanos, perdía progresivamente fuerza ante la falta del enemigo real y verdadero que hasta entonces había sido el gigante ruso, que en la nueva realidad post soviética pasaba a formar parte de la esfera capitalista del orbe. Algo que el imperialismo presentó como un gran logro y un significativo avance del auto denominado “mundo libre”.

Por eso ha resultado siempre tan contrahecho e insustancial el relato de la rusofobia a lo largo de las últimas tres décadas, plagadas de contenidos mediáticos que explotan todavía hoy la vetusta lógica anticomunista, mientras en la Rusia actual se encuentran por doquier signos reveladores de una realidad completamente capitalista, como los enormes (y muy insultantes) parasoles rojos de Coca-Cola protegiendo las largas colas de visitantes a la tumba de Lenín en la Plaza Roja, o las inmensas vallas de Revlon y Max Factor que reciben a la gente en el Palacio de Pedro El Grande.

En su lucha por la dominación del mundo, el imperio requería desesperadamente un activador que le permitiera utilizar a fondo ese inmenso poderío mediático del cual hoy dispone, ampliado con la descomunal fuerza de control que encarnan las nuevas tecnologías de comunicación vía internet, y ese activador no podía ser mejor que una escalada militar llevada a cabo por la potencia que desde siempre le vendió al mundo como la gran amenaza para la humanidad.

Frente al surgimiento de nuevas potencias económicas más allá de Canadá y la vieja Europa (Inglaterra, Alemania, Francia, España, Portugal e Italia, que constituyen la esfera de control de EEUU) como China, Rusia, Irán, India o Turquía, al avance de un nuevo bloque económico capaz de acabar con la hegemonía del dólar como moneda de reserva mundial y ante la recomposición del cuadro geopolítico internacional con el surgimiento de nuevas formas de inter relación y cooperación entre las naciones, particularmente con América Latina, el gran reto de EUU tenía que ser lograr posicionarse comunicacionalmente en el menor lapso posible y con la mayor solidez como el líder indiscutible y absoluto del mundo libre, vista la larga cadena de reveses sufridos en al menos las últimas tres décadas no solo an lo económico sino principalmente en el ámbito militar. De ahí la persistente insistencia y el cerco tendido a Rusia por EEUU y la OTAN para obligarle a entrar en guerra contra Ucrania.

En todo ello la reedición de la vieja doctrina macartista de férreo control social a través del medio de comunicación, tan hondamente enraizada en la cultura norteamericana, viene a ser la tabla de salvación para un imperio que domina más que nadie en el planeta el mayor y mas avanzado complejo mediático logrado hasta hoy por el ser humano, orientado ya no solo a la venta de ideas y conceptos propagandísticos, sino a la creación de sociedades sumisas perfectamente manipulables a través de una narrativa prefabricada de terror y de miedo que convierte al ser humano en actor pasivo de la dominación.

El objetivo de ese pavor a Rusia es sembrar rechazo a toda noción de soberanía fuera de las fronteras estadounidenses. Crear afecto hacia la lógica de la extraterritorialidad de las leyes (norteamericanas) como sistema superior de legalidad en el mundo. Repudio hacia todo modelo independiente fuera de la fórmula de democracia neoliberal promovida por EEUU. Por eso el tenue velo del falso respeto a la libertad de expresión y de información que hasta ahora había enarbolado el imperialismo como un derecho inherente al modelo neoliberal capitalista, se ha corrido impúdicamente dejando al descubierto la verdadera naturaleza totalitaria e intolerante de ese inmoral sistema.

Con la rusofobia desatada a nivel mundial por la mediática occidental contra Rusia y, muy en particular, contra su presidente, Vladimir Putin, con la estigmatización y el cierre de medios supuestamente al servicio del Kremlin, el cierre de perfiles prorusos en Redes Sociales a la vez que se promueve el odio hacia todo lo que tenga que ver con ese país, incluso en el ámbito de la cultura o del deporte, el mundo asiste al relanzamiento del macartismo en su modalidad globalizada. 

Falta saber cuál va a ser la reacción de la humanidad ante tan brutal atropello.

@SoyAranguibel

Un comentario sobre “Censura mundial; el renacer y la globalización del macartismo

  1. El elevado concepto que estoy seguro muchas personas tenemos de usted, se ratifica una vez màs con este artìculo. Las palabras sobran. ¡¡ mil felicitaciones amigo Aranguibel!.¡Sigue asì, cada dia mejorando, si ello es posible.

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