Serenata, a medio siglo de su luz

Por: Alberto Aranguibel B.

La gente buena puede ser fácilmente diferenciada de la mala por su caudal de amigos. Cuando se tienen muchos, con toda seguridad la existencia de un alma noble lo explica todo. Cuando no, no hay necesidad de explicaciones porque de las almas solas jamás quiere acordarse nadie.

Me precio de pertenecer a ese inmenso caudal de amigos de Serenata Guayanesa que hoy son todas y todos los venezolanos, no nada más porque haya ocurrido alguna vez en mi vida la afortunada ocasión de conocer en persona el alma noble de sus integrantes, lo que celebraré eternamente como uno de los eventos de mi más grata recordación, sino por la emocionante circunstancia que ha sido siempre para mi, como para todo el país, el disfrute inagotable que transmite esa perfecta expresión de la sonoridad venezolana tan auténtica y maravillosa.

A lo largo de ese transcurrir que hoy alcanza medio siglo, ha sido infinita la persistencia de una emoción bonita que desde los primeros días de Serenata nos arrancaron la fuerza de aquel fabuloso cuatro del inolvidable Hernán, rasgado sin tropiezos tonales ni descuadres de ningún tipo; los profundos graves de César que tanto motivan a los entusiastas del calipso como género particular y fabuloso de nuestro folclor; esa aguda pero inquebrantable sutileza canora de Mauricio; ese fraseo sereno de Miguel Angel con el que logra llegar a los más recónditos rincones del alma; y ni qué decir de esa asombrosa capacidad de Iván para convertir en amable y brillante a la vez el atronador torrente de esa voz desgarradora tan suya, que, según los más serios conocedores del asunto musical venezolano, es quizás, con el perdón de todos los cantores que Venezuela aprecia, la más perfecta y afinada voz masculina de la música popular del país.

Son, pues, los de Serenata Guayanesa, entrañables amigos de la vida no precisamente porque desde sus primeros días caminen junto a uno en el cotidiano andar que los mortales de esta tierra de gracia transitamos, sino por el abrigo de su hermosa música y, muy sobretodo, por la belleza eterna de ese excepcional proyecto de profunda vocación no solo artística sino hondamente humana y venezolanista que tanta alegría despierta entre nuestro pueblo, en particular entre las niñas y niños de la Patria, y tanta admiración a la vez entre los ilustres del país y del mundo que saben de la buena música popular.

Por ellos, mis amigos de Serenata, seguiré brindando siempre por la perdurabilidad de ese canto maravilloso del que jamás dejaremos de sentirnos inmensamente orgullosos como venezolanos.

@SoyAranguibel

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